La caída de Nueva Ámsterdam, obra de Jean Leon Gerome Ferris
Cuando los holandeses compraron Manhattan por 60 florines y sentaron las bases de Nueva York
A pesar del abrupto final, Nueva York conserva hoy día trazas neerlandesas a través de la toponimia, en lugares como Brooklyn, heredera de Breuckelen, ciudad próxima a Utrecht, o Harlem, que toma su nombre de la holandesa Haarlem
Se cumplen 400 años de uno de los momentos más curiosos y, a la vez, más relevantes de la historia de Norteamérica. Pierre Minuit establece la colonia neerlandesa de Nueva Ámsterdam y adquiere Manhattan por la irrisoria cantidad de 60 florines.
En 1609, Henry Hudson era ya un experimentado navegante de origen inglés al servicio de la neerlandesa Compañía de las Indias Orientales. Empecinado en encontrar el llamado Paso del Noroeste, que uniría las aguas atlánticas con las del océano Pacífico y, por lo tanto, con la India, emprendió un nuevo viaje a bordo del Halve Maen (Media Luna), con el objetivo de localizar el mítico camino marítimo que multiplicaría los ingresos de la Compañía.
Una vez llegados a Terranova, los 215 hombres del navío se dirigieron hacia el sur, adentrándose en cada estuario que encontraban a su paso, con la esperanza de dar con el fantástico hallazgo, objeto de su aventura. Así, arribaron a la bahía de Nueva York y remontaron el río que hoy lleva por nombre Hudson, en honor al inglés.
Vista de Nueva Ámsterdam (1664), cuadro de Johannes Vingboons
Fruto de esta expedición, los holandeses fundarían, años más tarde, Fort Orange, la actual Albany y capital del estado de Nueva York, así como varios asentamientos de índole comercial, como Hartford, Schenectady y Wiltwyck, que experimentaron un rápido crecimiento al abrigo de la recién consolidada Compañía de las Indias Occidentales, en 1621.
No fue hasta 1624 cuando los primeros colonos neerlandeses se establecieron en la actual ciudad de Nueva York. Como lugar de este asentamiento eligieron la minúscula Governor’s Island, aunque en la época era conocida como Isla de la Nuez, por la abundancia de nogales y castaños que allí encontraron.
Nueva Ámsterdam
En 1625, Pierre Minuit, recién nombrado director de la Compañía de las Indias Occidentales, decidió dar un golpe de timón a los asentamientos comerciales de Norteamérica, que conformaban la Nueva Holanda. Su objetivo era doble: establecer mejores defensas ante posibles ofensivas de otras potencias europeas (principalmente inglesas) y asegurar el desarrollo de las pequeñas comunidades al otro lado del Atlántico.
Dibujo de 1909 de La compra de la isla de Manhattan con Minuit presidiendo
Con este propósito, Minuit atrajo una importante cantidad de nuevos colonos de diverso origen y, con una población definitiva de alrededor de 300 personas, constituyó Nueva Ámsterdam. La expansión de la colonia viraba, de forma lógica, hacia la próxima isla de Manhattan. Lamentablemente, para Minuit, el territorio no estaba deshabitado y varias comunidades indígenas lo poblaban desde mucho antes de que los holandeses levantaran sus primeras edificaciones.
La compra de Manhattan
La relación con los indígenas hasta ese momento había sido diplomática. No resultaba conveniente para los colonos soliviantar a los pobladores originarios. La vida ya era lo suficientemente compleja para los primeros europeos de la zona como para combatir a los hábiles guerreros locales. Esto no hace que los asentamientos estuvieran exentos de conflicto ni que albergaran un especial respeto por los, por ellos llamados, «salvajes». Se trataba más de una decisión pragmática que pacifista.
Siguiendo la línea de actuación de sus antecesores, Minuit se aproximó a los indios lenape, pobladores de Manhattan en la época, con la intención de asegurar el establecimiento pacífico y la expansión de Nueva Ámsterdam.
Para ello, Pierre Minuit y los suyos ofrecieron a los lenape artículos valorados en unos 60 florines de la época (unos 1.000 dólares al cambio actual), que bien podrían haber sido hachas, espejos, calderos, azadas, cuchillos, telas y otros utensilios metálicos que los lenape encontraron prácticos en sus tareas diarias, a cambio de tolerar la presencia holandesa en el extremo sur de Manhattan.
La Compañía de las Indias Occidentales, sin embargo, entendió este acuerdo como una transacción definitiva que sustentaba la compra de unas 9.000 hectáreas de terreno a un precio simbólico. Para los lenape, en cambio, la simple propiedad de la tierra era un concepto que chocaba frontalmente con su sistema jurídico y su visión del mundo y de los espacios naturales. Sea como fuere, el acontecimiento aseguraba el porvenir de Nueva Ámsterdam. Los holandeses habían llegado para quedarse… o no.
La llegada de los ingleses
En 1664, la rivalidad marítima entre Gran Bretaña y las Provincias Unidas alcanzaba su cota más alta, derivando en la segunda guerra anglo-neerlandesa (1665-1667). En el seno de esta rivalidad, el rey Carlos II de Inglaterra otorgó a su hermano Jacobo, duque de York, un amplio territorio en Norteamérica que incluía Nueva Ámsterdam, como sutil invitación a su invasión.
Cuando los navíos ingleses se presentaron en la ciudad, la población local, de unos 1.500 habitantes y más interesada en sus intercambios comerciales que en la guerra, rindió las armas prácticamente de forma inmediata.
El posterior Tratado de Breda, de 1667, rubricó la legitimidad inglesa sobre el territorio. El traspaso de poderes al duque de York se hizo oficial en los días siguientes, así como su cambio de nombre, de Nueva Ámsterdam a Nueva York.
Última página del Tratado de Breda
A pesar del abrupto final, Nueva York conserva hoy día trazas neerlandesas a través de la toponimia, en lugares como Brooklyn, heredera de Breuckelen, ciudad próxima a Utrecht, o Harlem, que toma su nombre de la holandesa Haarlem.