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Pasquino, la estatua romana que hablaba para criticar al poderTurismo de Roma

Picotazos de historia

Pasquino, la estatua romana que hablaba para criticar al poder

Pasquino sigue cumpliendo su función de escaparate de la opinión de los romanos, pero, para facilitar las cosas y que no sufra la anciana escultura, se ha colocado junto a ella un tablero

En el año 1501, mientras se llevaban a cabo unas excavaciones durante la renovación del palacio Orsini (actualmente conocido como palacio Braschi), en la que hoy se conoce como plaza de Pasquino y que entonces se llamaba plaza de Parione, se la encontró.

Se trataba de un fragmento de un grupo escultórico de estilo helenístico y datado entre los siglos III y II a. C. La escultura completa se cree que debía de representar a Menelao sosteniendo al moribundo Patroclo. Esta fue una obra del escultor Antígono, de la que se hicieron numerosas copias, algunas de las cuales nos han llegado.

El dueño del palacio que se estaba renovando era el poderoso e influyente cardenal Oliviero Carafa. Enterado del descubrimiento, se empeñó en que se conservaran los restos (que entonces se juzgaron de poco valor y nulo interés). Ordenó que se colocaran en el lugar que hoy ocupan y encargó que se labraran sus armas, surmontando una cartela que narrara el descubrimiento y la voluntad del cardenal.

Al poco tiempo de instalarse los restos surgió en Roma una curiosa costumbre: la de colgar de la escultura un cartel con versos ingeniosos, a la par que muy ofensivos la mayoría de las veces, contra algún personaje importante. A la escultura el pueblo romano había dado en llamarla Pasquino, lo que, por derivación, daría nombre a la plaza (plaza de Pasquino) y a los carteles satíricos y críticos (pasquines/pasquín). Era una manera que había creado el pueblo romano de criticar, de forma anónima —ya que era Pasquino el que hablaba—, las actuaciones y a los miembros de sus clases rectoras.

Cuenta la tradición que el Papa Adriano VI (un neerlandés, llamado el «Papa bárbaro» por los romanos y último papa no italiano hasta san Juan Pablo II) odiaba en tal medida a Pasquino y lo que representaba que ordenó que fuera arrancado de su pedestal y arrojado al río Tíber. In extremis, los cardenales de la Curia consiguieron convencerle de que revocara la orden, argumentando que el atentado contra Pasquino provocaría una reacción violenta e impredecible entre los romanos.

Urbano VIII, miembro de la poderosa familia Barberini y que reinó entre 1623 y 1644, ordenó que se fundieran estatuas antiguas y refuerzos de bronce del Coliseo para conseguir material para la fundición del gran baldaquino que estaba levantando el maestro Bernini. A los pocos días de emitida la orden, un cartel colgaba de Pasquino exponiendo la anónima opinión del pueblo de Roma: «Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini».

La costumbre del pasquín ya estaba plenamente consolidada y era, además, muy querida por los habitantes de Roma, así que cuando el Papa Inocencio X (el que retrató Velázquez) ordenó que se pusiera vigilancia en torno a la escultura para identificar a los autores de los pasquines, empezaron a aparecer otras «esculturas parlantes». Y es que Pasquino ya había alcanzado el estatus de celebridad dentro de la ciudad. Cualquier frase que empezara con un «Pasquino dice…» captaba inmediatamente la atención de cuantos estaban alrededor.

Pasquino, la estatua romana que hablaba para criticar al poder

Pero con la fama llegaron los enemigos. Las víctimas de la ironía de Pasquino se rebelaron, como fue el caso de Inocencio X o de Benedicto XIII (1724-1730), que emitió un edicto por el cual se amenazaba a cualquiera que colgara pasquines con penas de infamia (pública deshonra), confiscación de bienes e, incluso, con la pena de muerte. Todo ello en función de a quién se atacara y de la naturaleza de la sátira y de la acusación.

Como defensa contra estos ataques aparecieron nuevas esculturas parlantes. En total llegó a haber seis en Roma y, les aseguro, se despacharon a gusto. Las esculturas fueron: Pasquino, Marforio, Madama Lucrecia, Abate Luigi, Il Babuino y la conocida como Il Facchino. Para hacerlo más interesante podía suceder —y no era extraño— que se mantuvieran conversaciones entre distintas esculturas, lo que daba pretexto para hermosas y vitriólicas críticas contra lo que fuera menester, siendo muy celebradas las más ingeniosas y aquellas cargadas de mayor mala leche.

Las conversaciones entre Pasquino y Marforio (gran escultura que se cree que representa al río Tíber y que se encuentra en el patio del Palazzo dei Conservatori, en la plaza del Campidoglio) se consideraban las más ingeniosas y agudas y, por lo tanto, las más celebradas.

La actitud crítica de Pasquino descendió mucho con la desaparición del poder temporal de los papas (los reyes-papas), pero resurgió con fuerza a partir de la visita que realizó Adolf Hitler a Roma en 1938. Ya durante la guerra, la actividad de Pasquino y sus colegas fue tanta que pasó de ser un incordio a convertirse en una amenaza para el Obersturmbannführer Herbert Kappler, quien, desde su sede en la Vía Tasso, llevó el terror a la ciudad.

En estos tiempos modernos la escultura ha sido recientemente restaurada y eliminada la capa de porquería que la cubría, producto de los tubos de escape de los automóviles. Pasquino sigue cumpliendo su función de escaparate de la opinión de los romanos, pero, para facilitar las cosas y que no sufra la anciana escultura, se ha colocado junto a ella un tablero para que en él se cuelguen los pasquines.

A día de hoy, aunque las teorías y cuentos son numerosos y de toda laya, no se tiene certeza respecto a cuándo y por qué se bautizó a la escultura con ese nombre, ni el motivo que determinó que se la eligiera para representar tan curioso papel: el de portavoz de las críticas populares.

A pesar del tiempo transcurrido y de los modernos turistas, que han sustituido a los antiguos viajeros y peregrinos por una masa de condescendientes individuos que buscan el selfie, Pasquino continúa señalando y haciendo burlona crítica de quien se lo merezca. Y los romanos lo aman por ello.