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Grandes gestas españolas

La gesta de Muros: los dos Álvaros de Bazán, victoria y bautismo del más grande

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En aquellos días en los que Carlos I de España y V de Alemania esgrimía el Plus Ultra como bandera y parecía sostener el mundo con una sola mano, había un hombre para quien ese poder casi omnímodo era mucho más que una espina clavada: Francisco I de Francia. No solo había visto frustrado su sueño de ceñirse la corona imperial alemana, que quedó en manos de su rival, sino que, tras su humillante derrota en Pavía hubo de soportar el escarnio de ser capturado por tres españoles —Pita da Veiga, Dávila y Urbieta— y tras ello, permanecer prisionero en Madrid durante casi dos años. Y aunque juró fidelidad para recuperar la libertad… el felón faltó a su palabra en cuanto cruzó la frontera. Y, entre otras venganzas, fue un esposo cruel con Leonor de Aragón, hermana del propio emperador, que —como era costumbre en las mujeres de la época— tuvo que aguantar lo indecible.

Prisión de Francisco I en Madrid

Dos naciones enfrentadas

La guerra siempre sobrevolaba entre las dos naciones. Francisco alentó a todo enemigo posible de Carlos: turcos, protestantes ingleses, príncipes alemanes. Y aunque el emperador encadenaba triunfos —el último, el de Túnez—, el desastre de Argel en 1541 hizo creer al monarca francés que había llegado su oportunidad. No le importó violar la tregua pactada, la Tregua de Niza. Sabía que las flotas españolas estaban centradas en el Mediterráneo y en el Golfo de Vizcaya, la presencia era mínima, e intentó aprovecharlo y atacar. Así ordenaba preparar una escuadra en El Havre y a la vez, encargaba al vicealmirante De Burye armar una segunda que reclutó tripulaciones en los puertos de Bayona, Burdeos y San Juan,

Carlos I y V, y Francisco I

El emperador, que tenía un buen plantel de espías en todas las cortes, estuvo informado de estos movimientos y por ello ordenó a don Álvaro de Bazán, conocido más tarde como «el Viejo», Capitán General de las galeras de España, que se trasladara al Cantábrico y reuniera allí una flota capaz de frenar el ataque francés. Bazán se puso a ello con naves de Guipúzcoa y Vizcaya y de la Hermandad de las Cuatro Villas (San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales). En poco tiempo reunió cuarenta naves, de entre doscientas y quinientas toneladas, con base en Laredo desde donde podía acudir a cualquier punto amenazado de la costa cantábrica.

Captura de Francisco IFerrer-Dalmau

Una orden inaplazable

Pero entonces llegó una orden inaplazable: debía transportar un cuerpo de infantería a Flandes. Obligado a dividir su escuadra, partió con quince naves y desembarcó las tropas en Brujas a finales de junio. Pero justo en ese momento, los franceses habían concluido sus preparativos y zarpado rumbo a las costas españolas con treinta naves y cuatro mil tripulantes y el refuerzo de más de medio millar de arcabuceros; y al mando, el mejor marino de Francia: Jean de Clamorgan. Y poco tiempo después apresarían y se incautarían de dos naves más: dos barcos mercantes vizcaínos que se dedicaban al tráfico de lana. Pero esto supuso un error fatal, pues se enteró el gobernador de Fuenterrabía, Sancho de Leiva, que al percatarse de lo que se avecinaba envió mensajeros urgentes a Bazán.

Victoria en las Azores de Álvaro de Bazán

En ese momento, Bazán había dejado parte de su armada y de los soldados en Flandes y, raudo y veloz, se apresuró a reclutar hombres para completar sus dotaciones: pero apenas contó con mil soldados. Pidió refuerzos, y el gobernador le envió 500 arcabuceros veteranos de su tercio. Mientras Bazán trabajaba contrarreloj para aprestar sus naves, el 10 de julio de 1543 la escuadra francesa, con el pirata argelino Hallebarde como segundo al mando, pasaba delante de ellos por aguas de Laredo. No se percataron de la presencia de la flota española. Bazán decidió no intervenir porque aún no había recibido los refuerzos que había solicitado y los dejó pasar.

Los franceses hacia Santiago y el brazo de San Guillermo

La escuadra francesa formada por las 30 naves, las dos vizcaínas y más de cuatro millares de soldados desembarcaba en la costa gallega. Aunque el rey galo rey se proclamaba «cristianísimo», ni su actitud ni la de sus huestes lo parecían. Junto al objetivo militar estaba el económico, y el golpe maestro era dirigirse a Compostela, y tras profanar la tumba del apóstol, robar su magnífico tesoro. Las autoridades gallegas, precavidas, habían priorizado defender Santiago, pero esto dejó indefensas a las villas de la costa y comenzaron los asaltos a Laxe, Corcubión y Finisterre, que fueron atacadas con violencia y saqueadas sus viviendas y templos.

San Guillermo de Aquitania

De Finisterre, Clamorgan solo quería llevarse un objeto a su nave capitana: una valiosísima reliquia imbuida de misterio: el relicario de plata con el brazo de San Guillermo que no solo tenía valor como joya. El santo había destacado en la lucha por Barcelona contra los musulmanes y aunque el mismísimo Carlomagno lo invistió Duque de Aquitania, se había negado a toda recompensa: «No quiero honores, ya que nada más cumplí con mi deber. Como los árabes han sido definitivamente rechazados de nuestras tierras, quiero ponerme ahora la armadura de Dios». Decidió hacer como purificación el Camino de Santiago, pero allí, su rastro se perdió. Con el tiempo, San Guillermo de Aquitania se convirtió en un símbolo de los caballeros cruzados en Tierra Santa. Los templarios a finales del siglo XII habían traído a Galicia una reliquia de su cuerpo, un brazo, y erigieron en Finisterre un santuario para albergarlo por una misteriosa razón, probablemente relacionada con la fuerza telúrica del fin de la tierra. Y allí peregrinaban los templarios y se atribuían a la reliquia curaciones milagrosas.

Restos del Santuario de San Guillermo

La situación era crítica. Bazán, con todos los buques y hombres disponibles, menos de una tercera parte de los franceses, se hizo a la mar. Navegó a toda vela, con la determinación de quien sabe que la historia puede decidirse en unas horas. Entre sus oficiales viajaba su hijo un joven de su mismo nombre. Pero el problema fue que al llegar a la Costa de la Muerte, desconocían dónde estaban los franceses, pero providencialmente apareció un pequeño bote procedente de Noya que informó de su localización.

Guillermo de Aquitania peregrinando a Santiago

Ambas escuadras, al fin, se encuentran

La escuadra francesa, confiada tras sus saqueos y segura de que ningún enemigo podía alcanzarla, reposaba fondeada frente a Muros. Ignoraban que, a pocas millas, el destino avanzaba hacia ellos con velas desplegadas. Cuando las naves españolas aparecieron en la bocana, la sorpresa fue absoluta. Clamorgan comprendió demasiado tarde que había subestimado a su adversario. Curiosamente, en ese momento, se encontraba chantajeando a los vecinos de la villa y exigíéndoles 12.000 ducados por no arrasarla.

Y la flota española llegaba a Muros un día especialmente simbólico: el 25 de julio, día de la festividad del apóstol Santiago, del que tanto Álvaro de Bazán como su hijo eran Caballeros.

Bazán maniobró con la precisión de un cirujano. Ordenó formar línea de combate y avanzó sin titubeos hacia la escuadra francesa. Tenía el viento a favor. Las naves hispanas, más ligeras y mejor gobernadas, cerraron distancias con una rapidez que dejó sin margen de reacción a Clamorgan. Con las dos armadas en disposición, el choque fue brutal. Con su capitana, en la que viajaba su hijo, embistió a la capitana francesa, echándola a pique, e hizo fuego sobre otra francesa que trataba de socorrer a su jefe de escuadra y la rindió. Los arcabuceros veteranos que habían sido enviados por Leiva fueron distribuidos en los castillos de proa y popa y descargaron sus armas con una cadencia que desarboló a los franceses. Las cubiertas enemigas se convirtieron en un caos de humo, astillas y gritos y Bazán, dirigía la batalla con una serenidad desconcertante.

Los franceses aniquilados en dos horas

Una a una, las naves francesas fueron cayendo. Algunas ardieron, otras embarrancaron intentando huir, y varias fueron abordadas por los españoles, que lucharon con una ferocidad disciplinada. La superioridad táctica de Bazán era tan evidente que, en dos horas, habían tomado toda la flota enemiga y la escuadra francesa estaba prácticamente aniquilada. Solo una nao maltrecha, con el mástil partido por un balazo, escapó por la mar, y en ella huía Clamorgan, dejando tras de sí un reguero de destrucción y vergüenza.

Entre el estruendo de la batalla, un joven oficial, Álvaro de Bazán hijo, observaba, aprendía, combatía y vivía su bautismo de fuego. No sabía que su padre le estaba legando una herencia más valiosa que una victoria: una lección viva de estrategia, coraje y mando.

Veintitrés naves habían quedado rendidas, la capitana hundida. Murieron más de 3.000 franceses, mientras que en la armada de Bazán se contaron más de 500 heridos y 300 muertos ahogados -porque aunque parezca increíble pocos marineros de entonces sabían nadar- . Aunque esta vez la leyenda no cuenta que el apóstol se apareciera —como según la tradición ocurrió en tantas lides—, la victoria, como no podría ser de otra manera en un caballero español, se atribuyó al apóstol Santiago, pues era su día y era su tierra.

El primer mando militar de Bazán, hijo

Cuando el humo se disipó sobre la costa, sobre las aguas, aún agitadas por el combate, flotaban los cascos destrozados de las naves francesas. La villa de Muros, que había aguardado con el corazón en vilo el desenlace, nunca supo que acababa de ser testigo de un hecho extraordinario: la derrota de la mejor escuadra que Francia había enviado jamás al Atlántico norte.

Foto aérea de Muros

Álvaro de Bazán el Viejo, deber cumplido, ordenó recoger a los prisioneros, socorrer a los heridos y dejar asegurada la ría. Toda la escuadra apresada fue remolcada hacia el puerto de La Coruña. Allí se desembarcó un botín de 200.000 ducados y lo recuperado, ya que gran parte se quedó en el fondo del mar, se devolvió a las villas asaltadas. Bazán marchó a la corte a dar las noticias de la victoria y dejó al mando de la dotación a su hijo Álvaro que adquiría así su primer mando militar.

Santiago Apóstol en la victoria… y alguien más

Pero antes Álvaro el Viejo tenía que hacer algo: agradecer la victoria al apóstol, y acudió a la catedral de Santiago, donde fue recibido con honores y entregó su parte del botín como donativo. En la corte de Carlos I, el triunfo fue recibido con júbilo y la noticia corrió por Europa como un relámpago. En Madrid, en Bruselas, en Roma, se habló del almirante español que había salvado el Cantábrico con una flota improvisada y un genio innato para la guerra naval. En Francia, la derrota cayó como una losa sobre el orgullo de Francisco I, una humillación más en su larga pugna con el emperador. Hoy, historiadores consideran que la batalla de Muros inauguraba una nueva era: la supremacía española en el Atlántico norte-

Alvaro de Bazán 'el Joven'

La historia no certifica milagros, pero los hombres de aquella época vivían entre símbolos y creencias. Así lo interpretaron. En la festividad del apóstol Santiago, cuando las naves españolas alcanzaron la gloria, muchos vieron algo más que estrategia y viento favorable. Afirmaban que no solo el apóstol había velado por ellos. Tal vez también San Guillermo, cuyo brazo —arrebatado en Finisterre— permanece aún en las bodegas de la nave francesa, hundida en las profundidades del océano gallego.

Tumba de Álvaro de Bazán

No parecía extraño. Ambos santos habían luchado contra los sarracenos y ambos se habían convertido en mito: San Guillermo, héroe de las Cruzadas a Tierra Santa; Santiago, estandarte de la Cruzada española, la llamada Reconquista. Como un guiño del destino, siglos después Álvaro de Bazán el Joven levantaría un Palacio en Viso del Marqués que en la Guerra de la Independencia, también sería saqueado por los franceses. Entre el botín se llevaron un Tiziano que colgaba en la capilla. Y siglos después, la Armada Española sobre los restos de los Bazanes, padre e hijo, por su condición de caballeros de Santiago— decidía colgar en ese mismo lugar un cuadro del apóstol victorioso.

Fragata Alvaro de Bazán

Con el tiempo, Álvaro de Bazán el Joven llegaría a ser uno de los más grandes marinos de la historia naval mundial, invicto en 22 batallas. Y la de Muros, envuelta en símbolos y reliquias, se consideraría el primer latido de una leyenda que, con el tiempo, lo elevaría de hombre a mito: el amanecer de una vocación colosal, de un destino irrevocable escrito sobre el mar.