Grandes gestas españolas
La gesta más insólita de dos reyes: Toda de Navarra y Sancho I de León
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Hoy, en una época tan hipersensible a las connotaciones del lenguaje, resultaría impensable apodar a un monarca «el Craso», es decir, «el Gordo». Pero en la Alta Edad Media nadie se escandalizaba por ello. Es más, les parecía normal. Lógico. Sancho I de León llegó a pesar casi un cuarto de tonelada. Y lo cierto es que, pese al mote indecoroso, pocos reyes pudieron presumir de haber reinado dos veces en el territorio cristiano más poderoso de la Península Ibérica y uno de los más influyentes de Europa: el Reino de León. Aquel reino del que se independizarían sus vasallos Portugal y Castilla, que reconquistaría media península y que, por la identificación casi primigenia de sus reyes con la idea de «ser españoles», cimentarían el sentimiento hispánico e ideológico de la Reconquista.
Sin embargo, cuando evocamos a Sancho I de León, su apodo y vicisitudes han eclipsado casi todo lo demás. Su figura ha quedado reducida a una caricatura que no refleja la complejidad de su vida, ni la turbulencia del tiempo que le tocó gobernar. Su cuerpo —convertido en argumento de Estado— sirvió para justificar su caída, pero también como veremos, para narrar su regreso. Y en ese vaivén se esconde una de las historias más fascinantes de la Edad Media hispánica.
'Dos reyes de España', obra de Alonso Cano. El rey de la izquierda representa a Sancho I de León, llamado «el Craso», y el de la derecha, seguramente representa a su hijo Ramiro III
El siglo X: un tablero político en ebullición
Para comprender el devenir de Sancho, hay que situarse en el convulso siglo X, cuando la Península Ibérica era un mosaico de poderes en tensión permanente. El Reino de León, considerado heredero de la legitimidad visigoda, era la cabeza del mundo cristiano peninsular. Pero esa grandeza convivía con una nobleza poderosa, difícil de someter, y con fricciones entre Galicia, León y Castilla. La monarquía dependía en exceso del prestigio militar del rey y de sus habilidades políticas, aunque los reyes leoneses seguían avanzando hacia el sur, ganando in crescendo territorios para la cristiandad.
Castilla, aún condado, caminaba hacia una autonomía de hecho. Su conde, Fernán González, estratega formidable, aspiraba a convertir su territorio en un poder independiente. Navarra, bajo la extraordinaria reina Toda —abuela de Sancho—, jugaba un papel diplomático decisivo. Entre grandes potencias, manejaba alianzas matrimoniales y pactos con una habilidad que la convertía en pieza clave del equilibrio peninsular. Y frente a ellos se alzaba Córdoba, convertida ya en califato por Abderramán III: rutilante, poderoso, pero también una monarquía con tensiones internas que en pocas décadas desembocarían en fragmentación.
Toda y Sancho
La caída del rey: el cuerpo como argumento político
Sancho I subió al trono en 956, pero pronto se ganó enemigos entre la nobleza. El más peligroso: Fernán González. A ello se sumaba un problema acuciante que sus contemporáneos describieron con una mezcla de morbo y desprecio: su obesidad extrema. Comía cinco veces al día, menús de diecisiete platos, y acumulaba tal cantidad de grasa que llegó un momento en que no podía vestir armadura, blandir armas ni montar a caballo —no había montura capaz de soportarlo—. Se calcula que llegó a pesar 240 kilos. En una época en la que el rey debía encarnar la fuerza física y el liderazgo militar, aquello era inadmisible. Incluso se cuestionaba su capacidad para yacer con mujer, o lo que es casi lo mismo, cumplir con la obligación dinástica de engendrar herederos.
Sancho I de León
Dos años después, todos se conjuraron para deponerlo. Incapaz de reunir las cualidades que se exigían a un monarca, Sancho fue expulsado de León y abandonó la ciudad acompañado por unos pocos fieles rumbo a Pamplona, para refugiarse en la corte de su abuela, la reina Toda. En el trono le sucedió Ordoño IV, apodado «el Malo», cuyo sobrenombre l dice todo.
Pero para Toda la obesidad no era un argumento legítimo para desposeerlo de su condición y lo tuvo claro desde el primer momento: haría lo imposible para restaurar a su nieto. Y tomó una decisión audaz: acudir a Córdoba conocedora de las facultades médicas de Hasday ibn Shaprut, judío jienense, médico del califa, pero también, diplomático y consejero que sería en la historia la primera personalidad hispanojudía cuya vida y obra se conoce con cierto detalle.
Hasday ibn Shaprut
Desde la batalla de Simancas las relaciones de Toda con Abderramán III eran tensas, pero había algo más fuerte que la política: la sangre. Toda y el califa eran parientes por parte de la madre de Abderramán, una cristiana cautiva navarra de la que heredó su fisonomía: los ojos claros y el cabello pelirrojo que teñía con henna para parecer más árabe.
Toda, ya octogenaria, no puso objeciones en viajar a Córdoba. Sabía que tenía un as en la manga y el califa no podría negarse. Le llevaría algo que ansiaba en demasía: la última hoja perdida de su lujoso Corán. Tras la huida precipitada en Simancas, Abderramán había perdido dos de sus objetos más preciados: su cota de malla de oro y su Corán. El rey Ramiro I, tras la victoria, en un alarde de generosidad, repartió las hojas entre sus caballeros, que se hicieron ricos vendiéndolas al califa por sumas astronómicas. Pero faltaba una. Y Toda la tenía.
Abderramán III
En Córdoba se entrevistó con Hasday ibn Shaprut que tras escuchar a Toda, concluyó que solo podría tratar a Sancho si era trasladado a Córdoba.
Abderramán III comprendió de inmediato el valor político de la situación. Ayudar a Sancho reforzaría el papel del califato como árbitro peninsular. Exigió a cambio diez fortalezas de la frontera. Toda aceptó con dos condiciones. Se las daría solo si su nieto adelgazaba y en ese caso, debería darle las tropas necesarias para restaurarlo en el trono. El pacto estaba sellado.
Monumento a Hasday ibn Shaprut situado en la plaza del Rastro de Jaén. Obra del escultor Santiago Cano León
El asombroso periplo del viaje a Córdoba
En 958, la reina Toda, Sancho, su esposa Teresa Ansúrez y su hermana Elvira afrontaban la logística del viaje a Córdoba y el traslado de los 240 kilos del lustroso cuerpo. Primero intentaron construir una torreta móvil para transportarlo, pero los caminos pedregosos y los ríos lo hicieron imposible. Luego idearon unas parihuelas gigantes tiradas por animales. Finalmente, Hasday propuso una solución ingeniosa: una tienda de lona especial, arrastrada por cuatro mulas, sobre la que se colocaría al rey Sancho. Así recorrieron 800 kilómetros, un auténtico desafío. Pero llegaron, aunque no se tiene constancia de cuanto tardaron, y fueron alojados con todos los honores en Medina Azahara.
Toda de Navarra
Allí comenzó el segundo calvario: el tratamiento. Hasday sometió a Sancho a una dieta durísima. Durante más de cuarenta días solo podía tomar líquidos: zumos, verduras, hierbas medicinales y purgantes. Pero no había manera. Apenas bajaba de peso… hasta que descubrieron que sobornaba a los criados y comía a escondidas.
La decisión tuvo que ser drástica: coserle literalmente la boca y alimentarlo con una pajita durante cuarenta días, Lo vigilaron día y noche y sufría diarreas constantes y vómitos y los esfuerzos comenzaron a dar resultado. Empezaron a darle pequeñas porciones de comida, preferiblemente fruta —a la que se aficionó y que, irónicamente, sería su perdición final—.
Ilustración hecha con IA que simula la boca cosida con un banquete medieval al lado
La grasa empezó a desaparecer. Perdió casi la mitad de su peso. Lo sometían a baños y vapores, y cuando pudo moverse, idearon un sistema para obligarlo a caminar tirado por caballos. Para evitar que la piel colgara, lo masajeaban a diario y golpeaban sus carnes con recias paletas de madera. La combinación de dieta estricta, ejercicio supervisado y cuidados médicos avanzados, obró el milagro.
El niño mártir encuentra su camino de la santidad
Mientras Sancho sufría, Toda negociaba con el califa la restauración del trono. Y su hermana Elvira, en contacto con los cristianos de Córdoba, conoció la historia de un niño gallego cautivo y martirizado por no ceder a los impulsos pedófilos del califa, ni renunciar a su fe. Los cristianos habían logrado recuperar sus restos del río. Elvira, conmovida, decidió llevarlos a León. Aquel joven acabaría siendo canonizado como San Pelayo, gracias a la acción de la infanta leonesa y se convertiría una de las advocaciones más importantes de la Alta Edad Media europea.
La restauración: un reinado complicado, pero con logros
Tras el tratamiento, en 958, Sancho pudo volver a León. Se cuenta que se le obligó a hacer el viaje andando para perder sus últimos kilos. Un ejército pamplonés-musulmán tomó Zamora en el 959 y en 960 León, restauró a Sancho I. Ordoño IV tuvo que huir.
En diciembre, ya conocido como Sancho, «el Restaurado», ya en plena línea física, convocó una asamblea en Sahagún, considerada una de las primeras cortes del Reino de León. Buscaba afianzar su poder y obtener el respaldo del alto clero y la nobleza, que consiguió. Su restauración fue un triunfo político, aunque muchos nobles lo consideraban un «rey del califa». Fue una acusación injusta: tras la muerte de Abderramán, Sancho se apresuró a incumplir el acuerdo. Aun así, sus últimos años estuvieron marcados por rebeliones nobiliarias y fricciones con Alhakam II el último califa cordobés.
Abderramán
En 966, Sancho fundaba el monasterio de San Pelayo, que no solo albergaba con gran dignidad la reliquia del mártir, sino que lo dotó de una institución sorprendentemente moderna: el infantado de san Pelayo, un lugar donde las viudas y solteras de la familia real —con el título de Dominas o Abadesas— podían vivir sin casarse ni tomar hábitos, con independencia económica y manteniendo sus propiedades.
San Pelayo
Pocos meses después Sancho moría en el monasterio gallego de Castrelo de Miño, víctima —según la tradición— de una saludable manzana. Eso sí, envenenada por el conde rebelde Gonzalo Menéndez. Y su recuerdo quedó reducido durante siglos a un apodo. Evidentemente, Sancho no fue un héroe de epopeya ni un conquistador victorioso, pero tampoco el personaje grotesco que la memoria guardó. Fue, más bien, un rey atrapado entre dos mundos: el de la tradición guerrera, que exigía fortaleza física, y el de una política tejida con alianzas, diplomacia y equilibrios arriesgados.
El legado de los reyes leoneses
Sancho habría pasado a la historia como un monarca destronado sin la gesta de su abuela Toda —una mujer octogenaria capaz de negociar con un califa, desafiar a los nobles y recorrer la península de Norte a Sur para defender la legitimidad de su linaje—. Su restauración en el trono fruto de la ciencia judía, la diplomacia navarra y el poder omeya, fue producto de su sólida determinación y constituye uno de los episodios más singulares de la Europa medieval. Y en el gobierno de Sancho, el Reino de León mantuvo su cohesión, contuvo las ambiciones castellanas y mantuvo la frontera del Duero, un límite que había costado generaciones consolidar y aseguró para la cristiandad.
Sancho I de León
Tras la muerte de este rey llegarían tiempos difíciles con los brutales ataques de Almanzor, pero el reino resistiría nunca mejor dicho, como un león. Sus monarcas seguirían avanzando hacia el sur, con logros artísticos y culturales como la difusión del románico y la brillantez del Camino de Santiago, impulsando innovaciones jurídicas como el primer fuero territorial, los derechos hereditarios de las mujeres y las primeras cortes documentadas del mundo. Y el Reino de León dejaría para la posteridad un importante legado que, aunque Castilla opacaría y la historia reciente tergiversaría, estuvo forjado en el valor de los reyes y reinas leonesas. A ellos se les debe el origen tanto de la identidad como de la configuración de España.