Grandes gestas de la Historia
La gesta de Pelayo, el niño mártir que resistió el acoso de Abderramán III
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El nombre Pelayo procede del latino Pelagius y está estrechamente ligado a la figura del rey Pelayo, quien encabezó la resistencia frente a la invasión musulmana en el siglo VIII. Desde entonces, el nombre ha quedado impregnado de un aura de valentía, defensa y espíritu guerrero en la historia de España.
Pelayo
Hoy en ciertos sectores se observa una tendencia creciente hacia la recuperación de aquellos nombres españoles que atesoran un trasfondo histórico y cultural. Entre las niñas, los medievales Jimena, Mencía, Inés o Blanca; y entre ellos Álvaro, Enrique, Hernán y, sobre todo, Pelayo, que ha experimentado un resurgimiento notable en las últimas décadas. Tanto que, en España, así se llaman cerca de 4000 personas y su edad media ronda los veinte años. Este patrón demográfico revela que el nombre de Pelayo vive una renovada popularidad en este siglo y encuentra mayor presencia en Asturias, Castilla, León y Madrid, lo que refuerza el vínculo con el norte peninsular y con la herencia histórica que lo acompaña.
Lo que pocos conocen —incluso posiblemente muchos de sus portadores— es que su uso como nombre no se debe al legendario monarca, primer rey de aquella diminuta España cristiana, sino a un santito gallego. El héroe de Covadonga nunca fue canonizado y solo gracias a este niño santo el nombre de Pelayo puede imponerse en los bautizos.
Covadonga
La batalla de Valdejunquera y el origen del cautiverio
Todo comenzó con la batalla de Valdejunquera, que enfrentó en el año 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica: Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abderramán III de Córdoba.
Durante los años previos, los reinos de León y Pamplona habían realizado incursiones exitosas en territorios de al-Ándalus, y Abderramán III decidió liderar personalmente una campaña de castigo. Según las crónicas islámicas, arengó a sus tropas en la mezquita de Córdoba, llamando a la guerra santa contra los «infieles del norte». Quería humillar a los reinos cristianos y recuperar las plazas perdidas.
Pelayo en prisión y conducido hasta Abderramán.
La batalla tuvo como escenario el valle de Guesalaz, entre los concejos navarros de Muez y Arguiñano. Abderramán venció causando una gran mortandad, y los reyes huyeron amparados por los montes. A la derrota siguieron tres días de saqueo y destrucción de pueblos y cosechas de los valles, y los musulmanes volvieron a Córdoba portando orgullosos una montaña de cientos de cabezas cristianas y un contingente de prisioneros, elegidos entre los de apariencia más notable para poder pedir rescate por ellos.
Entre los trasladados a Córdoba se encontraba Hermogio, obispo de Tuy, y su pequeño sobrino Pelayo. Las fuentes relatan que el obispo consiguió que se le permitiera regresar a territorio cristiano para poder reunir el rescate exigido, y dejó al niño como rehén.
Infancia de Pelayo y su formación religiosa
La vida de Pelayo podría haber sepultada en el olvido, pero dos obras de distinto origen recogieron su historia. Una hispana, por parte del presbítero Raguel, y la más sorprendente, la de la monja benedictina alemana Hroswitha de Gandersheim. una de las figuras más fascinantes de la literatura medieval. Fue una de las primeras escritoras en latín del Medioevo y en un periodo en el que las mujeres rara vez tenían voz en la cultura escrita, destacó por su erudición y por dedicarla, entre otras obras, a recoger la vida de Pelayo a miles de kilómetros del entorno del niño.
Pelayo, o Payo, había nacido hacia el año 911 en el municipio pontevedrés de Creciente, en el Reino de Galicia. Probablemente huérfano, creció en la órbita de la Iglesia y su tutor fue su tío Hermogio (o Hermigio), obispo de Tuy. Desde niño, Pelayo fue educado en un ambiente de profunda religiosidad, combinando la disciplina monástica con el aprendizaje de la liturgia, lo que desarrolló en él una temprana interiorización de la fe cristiana.
Creciente, en Pontevedra, es el lugar natal de San Pelayo
Cuando lo capturan tras la derrota de Valdejunquera tenía entonces unos diez años, pero su edad no le protegió y fue una moneda de cambio más en la diplomacia fronteriza. Su cautiverio, en un principio temporal, se convirtió en una condena prolongada: por razones desconocidas, el rescate nunca llegó a pagarse y Pelayo permaneció en la cárcel de Córdoba casi cuatro años. Muchos cautivos cristianos en al-Ándalus eran empleados como sirvientes, soldados o incluso en la administración, y sufrían condiciones duras. La tradición no narró cómo pasó su encierro, pero sí su crecimiento espiritual: era un niño que, en la oscuridad de la prisión, maduró su fe.
El encuentro con Abderramán III y el martirio
Pelayo había llegado a Córdoba siendo un niño, y su belleza aumentó al acercárse a la adolescencia, lo que llegó a oídos de Abderramán III. El soberano, con intenciones pedófilas, quiso verlo e impresionado quiso tener relaciones físicas con él, pero para su disfrute quería que fueran consentidas. Intentó atraerlo con promesas de libertad, riquezas y honores si además renegaba de su fe y abrazaba el Islam.
Pelayo no solo rechazó la propuesta, sino que llegó a ofender al monarca y a su religión. El rehén, sin poder ni recursos, se enfrentaba al gobernante más poderoso de la Península y eligió la castidad y la fidelidad a Cristo por encima de su propia vida.
Pelayo rechazando a Abderramán y recogida de sus restos.
Tras el rechazo, Abderramán entró en cólera y ordenó que fuera torturado hasta conseguir sus deseos, junto a un doloroso proceso de humillaciones y presiones para que también abjurara de su fe. Como no cedió, se culminó con su condena.
Las fuentes describen dos versiones de su ejecución el 26 de junio del 925: una, que fue atado al «caballo de hierro» y torturado prolongadamente, descuartizándolo con unas tenazas; la otra, que fue colgado de una horca y desmembrado. En ambos casos, sus restos fueron arrojados al Guadalquivir. Los cristianos de Córdoba los recogieron y sepultaron en el templo de San Ginés.
Desmembramiento de Pelayo
Tenía trece años y murió con serenidad, proclamando su amor a Cristo hasta el final. Desde el punto de vista histórico, su ejecución encaja en un contexto real en el que la apostasía o la resistencia a la autoridad podían ser castigadas con la muerte, El relato cristiano convirtió ese hecho en un símbolo: un adolescente que prefiere permanecer casto y perder la vida antes que ceder a la presión dominante. Su memoria se consolidó rápidamente en las comunidades cristianas del norte, que vieron en él un modelo de virtud juvenil.
Las fuentes: Raguel, Hroswitha
La figura del joven mártir pronto trascendió a ámbitos insospechados, muy lejanos geográficamente. Las dos fuentes sobre su vida, una hispana y la otra en el entorno del Sacro Imperio, tienen una gran verosimilitud por el hecho incontestable de que se escribieron muy poco después del asesinato de Pelayo.
Una, la Passio sancti Pelagii, fue redactada por el presbítero Raguel, probablemente cordobés. Junto a los datos biográficos, lo presenta como un prisionero firme en la fe y en la castidad, que soporta la dureza de la cárcel sin renegar de Cristo. De forma independiente, la monja Hroswitha de Gandersheim compuso una versión de su historia, integrando a Pelayo en un repertorio de ejemplos para las comunidades religiosas femeninas.
Escultura de Pelayo
A partir de estas obras, la Edad Media edificó una biografía que fijó los grandes hitos de su vida: origen gallego, parentesco con un obispo, cautiverio en Córdoba, encuentro con el califa, negativa a apostatar y martirio. La hagiografía fijó su breve vida, aunque breve, en la memoria cristiana como la de un adolescente mártir que, en el corazón del que sería el califato más brillante de Occidente, eligió a su Dios por encima de la supervivencia.
La Iglesia fijó su festividad el 26 de junio, fecha de su martirio, y su culto se extendió por Galicia, León, Castilla y otros territorios cristianos. Iglesias, monasterios y parroquias tomaron su nombre. En Galicia, la advocación de San Paio se hizo frecuente, y en León y Oviedo su figura se integró en el calendario litúrgico. La versión de Hroswitha contribuyó a que su nombre circulara también en ámbitos monásticos del Sacro Imperio, alcanzando una dimensión europea.
Las reliquias: de Córdoba a León y de León a Oviedo
En esta época de confrontación religiosa, las reliquias eran símbolos de reafirmación de la fe. La historia de Pelayo no termina con su muerte. Sus restos se convirtieron en objeto de veneración. Su leyenda fue creciendo y, por gestiones de la monja Elvira, hermana del rey Sancho el Craso de León, en 967 se consiguieron trasladar los restos del niño mártir a León para darle sepultura en territorio cristiano.
Ante la amenaza del avance de Almanzor a finales del siglo X, Bermudo II se los llevó a Oviedo y los entregó al monasterio femenino que sería conocido desde entonces como «Las Pelayas». A finales del siglo XVII, las reliquias de san Pelayo fueron extraordinariamente codiciadas y a petición de las monjas, se pusieron barras de hierro y candados en el arca de plata en la que estaban guardados para impedir su salida del convento, lo que autorizó el propio Papa.
Arca de madera de las reliquias de San Pelayo
En 1810, los soldados napoleónicos arrasaron el monasterio. Ante la amenaza, Las Pelayas se habían marchado ya que nunca suele recordarse, que el saqueo no solo conllevaba el expolio, sino la agresión personal y sexual. Los franceses robaron el arca por la plata, pero tiraron los huesos en un gallinero cercano. Afortunadamente, poco después se encontraron envueltos en los tafetanes que los cubrían.
Después llegaría la Desamortización de Mendizábal de 1837, demoledora para el convento, y con ello, la pérdida de parte de los legajos en los que se relataba el itinerario de las reliquias. Hoy reposan en el monasterio en una urna de cuatro patas en forma de tortugas, con ángeles labrados tocando instrumentos musicales —entre ellos la gaita, un guiño a su origen galaico— en los laterales, y una imagen yacente del niño santo en la tapa.
Doble nombre para una doble gesta
Y así, entre los ecos de la historia, el nombre de Pelayo quedó tejido por un doble hilo del destino y por una doble gesta, aunque separada por el tiempo, unida por la misma firmeza ante el enemigo común.
San Pelayo
La del del niño, que murió por Cristo en el corazón de Al Andalus, y la del rey que, dos siglos antes, había encendido la primera llama de la Reconquista en las montañas de Covadonga. El pequeño Pelayo, sin espada ni ejército, resistió en soledad al poder absoluto de Abderramán III. El rey Pelayo, con apenas un puñado de hombres, resistió en los desfiladeros cantábricos al avance imparable de un imperio. El nombre sobrevivió, pero no por un solo héroe, sino por dos. Uno defendió su cuerpo y su alma; el otro defendió su tierra y su pueblo. Dos gestas y un mismo espíritu. Pelayo, fue rey y fue mártir. Por ello, cuando un niño recibe este nombre, aunque no lo sepa, homenajea a la vez la férrea fe y la determinación del guerrero que inició la Reconquista de España.