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Los Tuatha Dé Danann tal y como aparecen representados en la obra de John Duncan «Los jinetes del Sídhe»

Ni ciudades ni césares: el complejo mapa político de la Irlanda que evangelizó San Patricio

Sin ciudades, ni bajo el dominio de Roma y gobernada por reyes, druidas y guerreros, así era la sociedad tribal que San Patricio transformó en el gran faro cultural de la Europa medieval

Irlanda nunca fue conquistada por los romanos, pero sí que construyeron un número de fortalezas considerable en la costa de Gales y el sur de Inglaterra para defenderse de los piratas escotos del sur de Hibernia (nombre latino de la isla).

Los romanos conocían a los celtas, lo que facilitaría unas relaciones en pro de la cristianización, que partiría del cristianismo niceno. Fue un proceso de sincretismo muy especial, en el que el mundo celta y el cristiano se descubrieron mutuamente gracias a San Patricio, a partir del siglo V.

La organización social y territorial no cambió demasiado con la llegada del cristianismo. Aunque históricamente Irlanda se había organizado en túathas, una especie de condados de menor tamaño, la isla, en pleno siglo V, estaba dividida en cinco provincias: el Ulster (Ulaid) en el nordeste, Connacht (Connaech) en el noroeste, Meath (Mide) en el centro-este, Leinster (Laigin) en el sudeste y el Munster (Mumu) en el sudoeste de la isla.

Como en cualquier sociedad, existían centros políticos y religiosos en esa Irlanda precristiana, como Emain Macha (Navan Fort), destruido en el siglo V por la guerra que enfrentó a las familias Uí Néill y los Uí Briúin. Por entonces ya existía la famosa colina de Tara, un lugar que se convertiría en centro espiritual, sede del Gran Rey de Irlanda a partir del año 900 y un lugar sagrado que todavía hoy se puede visitar.

En Hibernia no existían zonas urbanas importantes; la sociedad se organizaba en un sistema rural tribal de gens o familias que dirigían estos territorios, donde los celtas habitaban pequeñas aldeas y se dedicaban a la agricultura y al pastoreo. Entre ellas compartían la misma lengua gaélica, costumbres y religión. Cada territorio estaba liderado por un rey (rí) y unos jefes tribales.

La hegemonía real o el intento de crear una monarquía irlandesa unitaria fue, desde los inicios de los celtas, algo imposible. Por ello, se realizaban pactos entre familias y relaciones de vasallaje.

Una escena que muestra un banquete ofrecido por un jefe irlandés, probablemente la escena más famosa de 'La imagen de Irlanda'

El segundo nivel territorial, de menor tamaño, estaba dirigido por reyes menores, figuras de gran relevancia para el control territorial y para la cristianización iniciada por San Patricio. Este sistema era una excepción si se compara con el resto de los reinos bárbaros coetáneos. Dicho poder real se sustentaba en una jurisprudencia muy avanzada respecto a otros territorios, que se recogía de forma fragmentada en diversos textos legales como los Bretha Nemed o los Senchas Már.

Druidas, señores y monjes

Cuando llegó a la Isla Esmeralda, San Patricio se encontró con una nobleza encabezada por esos reyes y señores territoriales guerreros (flaithi), un segundo nivel bastante amplio de hombres libres (aire), y un tercer nivel formado por la clientela servil, no esclava (mug/cumal). Dentro de esta estructura, siguiendo un orden piramidal, en primer lugar se situaba el rí, el jefe tribal. Cada rí solía tener su consejo formado por sabios y eruditos que, entre otros asuntos, se encargaban del bienestar de la tribu y de su educación.

Pero el verdadero corazón de la cultura celta eran los aes dána, la clase intelectual. Aquí se encuadraban los breitheamh (juristas), los seanchaí (historiadores) y los filí (poetas líricos), aunque fueron los monjes cristianos los que pusieron por escrito gran parte de esta tradición oral.

Los druidas incitan a los britanos a oponerse al desembarco de los romanos, de la Historia de Inglaterra de CassellPicasa / Wikimedia Commons

Ahora bien, ¿qué pasa con los famosos druidas? Desde un prisma cristiano, los druidas eran sacerdotes paganos que se encargaban principalmente de organizar la adoración de los dioses celtas y presidían los festivales en su honor. Cuando se les solicitaba, ofrecían consejo sobre temas jurídicos y políticos. Incluso estaban exentos de pagar impuestos y participaban en campañas militares.

En muchos casos, los druidas eran más poderosos que los propios señores y reyes locales. Varias crónicas y textos que redactaron después los monjes cristianos relatan «combates» entre San Patricio y algunos de estos druidas.

Pero lo más sorprendente de este relato social es que no solo los rí se convirtieron al cristianismo, sino que muchos antiguos druidas vieron en San Patricio y su forma de evangelizar similitudes que facilitaron su conversión. Algunos de ellos pasarían a la vida monacal, constituyendo un modelo único que se conocería como cristianismo celta, diferente al del continente.