Howard Carter examinando el tercer ataúd de Tutankamón, el de oro macizo
Una carta de Howard Carter revela que la maldición de Tutankamón fue un invento de un periodista
La muerte de Carnarvon fue aprovechado por Weigall para difundir la idea de que quienes perturbaban el descanso de un faraón quedaban expuestos a desgracias, enfermedades o incluso la muerte
Una carta firmada por el arqueólogo Howard Carter, responsable del hallazgo de la tumba de Tutankamón en noviembre de 1922, arroja nueva luz sobre el origen de la conocida «maldición de los faraones». El documento sugiere que esta creencia no surgió de fenómenos inexplicables, sino de la actuación interesada de un periodista.
El texto, fechado en enero de 1934 y dirigido a Helen Lonides, recoge las impresiones personales de Carter sobre el egiptólogo y corresponsal Arthur Weigall. En él, el descubridor de la tumba atribuye directamente a este la invención del mito. Según relata, en una ocasión Weigall presenció cómo Lord Carnarvon, mecenas de la expedición, accedía a la tumba con actitud jovial y comentó a otro periodista: «Si baja con ese ánimo, le doy seis semanas de vida».
Pocas semanas después, Carnarvon falleció a causa de la picadura de un mosquito. Este hecho fue aprovechado por Weigall para difundir la idea de que quienes perturbaban el descanso de un faraón quedaban expuestos a desgracias, enfermedades o incluso la muerte. De este modo, una coincidencia fue presentada como prueba de una supuesta maldición ancestral.
Sin embargo, Carter rechaza de plano esa interpretación en la carta, donde califica dicha creencia como «carente de fundamento» y advierte de que suponía «una amenaza para la arqueología». A su juicio, este tipo de relatos sensacionalistas dañaban la labor científica y fomentaban una visión distorsionada del trabajo arqueológico. En esa misma línea, criticaba la actitud de Weigall, al que acusaba de elaborar historias «para obtener excitación y diversión momentáneas a expensas de otros».
El documento, de tres páginas y con membrete de Curna, en Luxor (Egipto), ha salido recientemente a la luz tras ser subastado. La pieza fue adjudicada el pasado 18 de marzo por un importe superior al previsto, alcanzando las 12.530 libras esterlinas, equivalentes a 16.643 dólares, en una puja celebrada por la casa RR Auction en Boston.
Arthur Weigall
En otro pasaje de la carta, Carter insiste en desmontar la narrativa construida en torno a la supuesta maldición y afirma de forma tajante que «la maldición de Tutankamón fue invención suya». Asimismo, subraya que Weigall «nunca estuvo presente en la inauguración del descubrimiento». Es más, según detalla «fue el último de los corresponsales en llegar, varios minutos después», restando así credibilidad a su testimonio.
Desde la propia casa de subastas han aportado contexto sobre el ambiente de rivalidad que rodeó la cobertura mediática del hallazgo. Según explican, Lord Carnarvon había concedido a The Times la exclusiva informativa a cambio de una compensación económica: «Lord Carnarvon, el patrocinador financiero de la búsqueda y excavación de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, había concedido a 'The Times' acceso exclusivo a cambio de 5000 libras esterlinas más el 75 por ciento de las ganancias generadas por la historia del rey Tutankamón», dijeron.
Este acuerdo permitió financiar los trabajos arqueológicos, pero también generó malestar entre otros periodistas y entre las autoridades egipcias, cuya prensa quedó al margen. «Si bien esto ayudó a financiar el trabajo, generó resentimiento tanto por parte de otros periodistas —en particular de Weigall, un egiptólogo que cubría la noticia para el 'Daily Mail'— como de las autoridades egipcias, cuya propia prensa también fue excluida», advirtió la casa de subastas.
Carta de Howard Carter
En ese contexto de competencia informativa, la frase pronunciada por Weigall cobró especial relevancia tras la muerte de Carnarvon. Con el paso del tiempo, esta historia se consolidó en el imaginario colectivo, pese a las objeciones de Carter y a la ausencia de pruebas que la sustentaran.
El propio arqueólogo falleció en 1939, años después de haber dejado por escrito su rechazo a una leyenda que, según defendía, nunca tuvo base real. Su testimonio, recuperado ahora, contribuye a reinterpretar uno de los episodios más conocidos de la egiptología moderna y plantea interrogantes sobre el papel de los medios en la construcción de ciertos mitos históricos.