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Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Nuño de Guzmán, esclavista y enemigo de Cortés, condenado por sus abusos en la Nueva España

Diego Pérez de la Torre, enviado expresamente por la Corona para investigarlo, lo encontró gravemente responsable, logró apresarlo y lo llevó a la Ciudad de México cargado de cadenas

Nuño de Guzmán en la región purépecha de Michoacán

El presentismo tan en boga, convertido en doctrinario del indigenismo más politizado, el wokismo yanqui y la izquierda patria, de juzgar, condenar y exigir perdones a naciones y sus actuales ciudadanos, aplicando criterios y modas del siglo XXI a lo acaecido siglos y siglos y hasta milenios antes e incluso al Homo habilis, es la aberración más estúpida y delirante de nuestros días. Y eso tiene siempre que ir por delante como respuesta inmediata a tales ignaros.

El Imperio hispano tiene, además, una excepcional diferencia con el resto, los llamados coloniales: el nuestro no lo fue, sino una expansión a la romana, que se demuestra simplemente con la evidencia trascendental del mestizaje.

Los porcentajes de indígenas y mestizos en las zonas bajo dominio español son abrumadoramente superiores, alcanzando ratios por encima del 90 % en varios países, que se contraponen a los de los EE.UU., anglófilos, que se quedan en un estremecedor 1 %. Vamos, que los exterminaron y no se mezclaron ni cruzaron con ellos.

Desde el comienzo, la reina Isabel, con su prohibición de esclavizarlos, y las sucesivas leyes desde las de Burgos en 1512 y la santificación legal y eclesiástica del matrimonio interracial en 1514, dejó muy claro el intento de la Corona de dar protección y amparo a los indios. Eso es un hecho evidente y trascendental. Y refulge. Un orgullo y un honor para España poderlo decir en voz alta ante quienes mienten o callan.

Pero tampoco hay que ocultar, para nada, que una cosa eran las leyes y otra, el que al otro lado del mar se respetaran. Hubo abusos, atrocidades, actos y comportamientos terribles y repulsivos, fuera cual fuere el código de conducta que se quiera aplicar. Y, siendo como somos, y denunciadas en muchos casos por los propios españoles y, en particular, las diferentes órdenes religiosas, quedaron escritas y documentadas.

Sin embargo, y es otra diferencia notable, tales excesos no pocas veces, sino bastantes, fueron ya entonces perseguidos, juzgados y castigados. Y, como ejemplo de todo ello, traigo ahora entre estos Hijos de España a este sujeto que lo fue también, para oprobio suyo y nuestro. Que, encima, es paisano mío, o sea, natural de mi Guadalajara natal y fundador de la que ahora es populosa Ciudad de México: Beltrán Nuño de Guzmán, paradigma de lo que aquí se expone de principio a fin. Pues, al cabo, su castigo tuvo.

El conquistador Nuño Beltrán de Guzmán según está pintado en el Códice Telleriano Remensis

Enemigo jurado de Hernán Cortés, al que odiaba con toda su alma, contrapuso a su política de alianzas, matrimonios y búsqueda de coexistencia la mayor crueldad y violencia y el esclavizar a cuantos más indios pudiera para venderlos y hacerse de oro.

Nacido en 1490, descendiente de nobles hidalgos, su padre, Hernán Beltrán de Guzmán «el Viejo», fue alguacil de la Santa Inquisición en Guadalajara, nombrado por los Reyes Católicos. Llegó a la Nueva España como gobernador de Pánuco en 1527.

A su llegada a esa zona del Golfo de México, la única villa española que existía era «Santiesteban del Puerto» y sus instrucciones eran las de ejercer un cierto contrapeso a Cortés y limitar su poder, algo que llevó al peor de los extremos. Pero donde vio su gran oportunidad fue en el comercio de esclavos, permitido desde 1500 con la condición de que estos fueran prisioneros de guerra, o sea, indios alzados. Guzmán los daba por alzados a todos y listo.

Pronto convirtió a Santiesteban en el principal puerto de la zona en el comercio de esclavos con las Antillas e hizo subir el precio a 4 pesos de oro por cabeza. Su avidez de riquezas y absoluta falta de escrúpulos y de respeto a las leyes que él debía hacer cumplir, pues a su nombramiento se añadió al poco el de presidente de la recién creada Real Audiencia de la Nueva España, con autoridad en todo el territorio bajo dominio hispano. Con ello, su codicia no hizo sino aumentar y su objetivo no fue otro que saquear todo lugar por el que pasara y herrar a todo indio al que pudiera echarle el guante.

El tenebroso personaje entró muy pronto en conflicto con el gran conquistador y, en cuanto pudo, utilizó el cargo recién estrenado de presidente de la Audiencia para quitárselo de encima. Lo acusó de haber asesinado en Cuba a la que fue su primera mujer antes de iniciar su aventura mexicana, Catalina Suárez, y lo obligó a dejar México e ir a España para responder de los cargos que le imputaba.

Ya con las manos libres para actuar a su antojo, Nuño de Guzmán se lanzó aún más a la rapiña y al pillaje. En Pánuco esclavizó, con el pretexto de ser indios alzados, a decenas de miles de ellos. «El aborrecible gobernador de Pánuco y quizás el hombre más perverso de cuantos habían pisado la Nueva España», escribió el historiador Vicente Riva Palacio, y el obispo de México, el vasco fray Juan de Zumárraga, estimó en 15.000 los esclavizados en tan solo un año.

Nuestro ya conocido Bernal Díaz del Castillo tuvo el disgusto de tener también que soportarlo y nos dejó de él este duro retrato: «La demasía licencia que daban para herrar esclavos, porque daban licencias a los muertos y las vendían los criados del Nuño de Guzmán, herrándose tantos que aún despoblaran aquella provincia. Y además de esto, como no residían en sus oficios ni se sentaban en los estrados todos los días que eran obligados, andaban en banquetes y tratando en amores y en mandar echar suertes. Si mucho duraran en el cargo, la Nueva España se destruyera».

No le duró mucho, por fortuna. Poco más de un año. Arribó a aquellas tierras quien vino a ser su primer virrey, Antonio de Mendoza, de la gran familia tan vinculada a las Alcarria, quien no quiso saber nada de paisanajes, aunque el pájaro lo intentara. Supo pronto de sus atrocidades y desmanes y nombró de urgencia a Sebastián Ramírez de Fuenleal, quien antes había sido obispo y gobernador de Santo Domingo y La Española, primero visitador general y luego ya como presidente de la Audiencia para poner coto a sus desmanes.

Este empezó a poner orden y designó «oidores que fuesen de ciencia y buena conciencia» y dejó sin efecto los repartimientos y encomiendas que don Beltrán había repartido entre sus próximos.

Pero además, Cortés había vuelto. En 1529, absuelto y nombrado capitán general de la Nueva España, y Guzmán, que le tenía un miedo cerval, y antes de que le alcanzara su castigo, abandonó la Audiencia y salió de naja hacia el norte al frente de una gran expedición militar de 500 españoles y 20.000 indígenas como tropas auxiliares, que recorrió Michoacán, Jalisco, Colima, Nayarit, Sinaloa, Potosí, Aguascalientes y Durango, causando tales estragos y quebrantos a los indígenas que hoy sigue siendo recordada y que acabaría por incubar rebeliones y guerras en toda la zona antes en calma.

Entre ellas, la cruel y dura Guerra del Mixtón, en la que pereció Pedro de Alvarado. Durante aquellos largos periplos fundó, en lo que se conoció como la Nueva Galicia, Santiago de Compostela, ahora Tepic, y Guadalajara.

Sus atrocidades contra los indios parecían no tener límites, llegando a torturar y asesinar a sus reyes y caciques, como sucedió con el de los michoacanos, Tangaxoan II, a quien, tras haberlo recibido este en son de paz y colmarlo de regalos, torturó para que le revelara dónde escondía sus tesoros y lo hizo ahorcar después. Sería este uno de los cargos más graves que acabarían por imputársele. Pero hasta que pudo juzgársele, se estableció en el territorio y allí creyó estar a salvo. Y lo estuvo hasta ya entrado el año 1534.

Cortés, que había intentado ser nombrado máxima autoridad del enorme territorio por él conquistado, pero hubo de conformarse con el título de marqués de Oaxaca y una pingüe hacienda, y aunque la decisión del rey fue nombrar virrey a Antonio de Mendoza, algo le picara, logró convivir sin excesivos desencuentros con Mendoza y en lo de don Beltrán estuvieron muy de acuerdo y al cabo lograron traerlo ante la justicia.

A las acusaciones contra él se uniría en su libro Naufragios el retornado y casi resucitado, tras nueve años desaparecido, Cabeza de Vaca, quien había sufrido el intento de sus tropas de hacer cautivos a centenares de indios que lo acompañaban.

El nuevo gobernador de Nueva Galicia, el licenciado Diego Pérez de la Torre, enviado expresamente por la Corona para investigarlo, lo encontró gravemente responsable, logró apresarlo y lo llevó a la Ciudad de México cargado de cadenas.

Tras un juicio que duró todo un año, fue condenado y devuelto engrilletado a España por sus muchos y probados crímenes. Repudiado hasta por su propia familia, murió en prisión en la Torre de Torrejón de Velasco (Toledo) el 26 de octubre de 1558. En la ciudad de Guadalajara hace mucho tiempo le pusieron su nombre a un pequeño callejón y preferimos que se le mencione cuanto menos.