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Sarah Bernhardt en una adaptación cinematográfica de 1911 de 'Camille' ('La dama de las camelias')

Picotazos de historia

La trágica vida de la cortesana que inspiró 'La dama de las camelias' y 'La Traviata'

Marie Duplessis fue la inspiración para Marguerite Gautier, el personaje principal de la novela de 1848 de Alexandre Dumas hijo, uno de los amantes de Duplessis

En 1848 Alejandro Dumas hijo publicó una de sus más reconocidas novelas: La dama de las camelias. La obra del escritor francés se inspiraba en un romance que vivió el autor con una famosa cortesana, una gran dama del demi-monde parisino. Esta señora fue bautizada cuando nació como Alphonsine, hija de Marin Plessis y de Marie Deshayes. Más adelante cambiaría su nombre por uno más sonoro, Marie Du Plessis; sería condesa de Perregaux por matrimonio, pero el arte y la literatura le darían fama como la protagonista de La dama de las camelias y de la ópera de Verdi La traviata.

Nacida en la localidad normanda de Nonant-le-Pin, fue hija de padres separados. La niña quedó al cuidado de una tía, quien cuidaría de ella hasta que cumplió los doce años. Su madre, que había ido a París para trabajar, al tiempo que se alejaba del alcoholizado y violento exmarido, murió cuando la niña apenas tenía seis años. Cuando su tía tuvo su propia familia y ya no podía seguir ocupándose de ella, el padre aprovechó para «colocarla» en casa del pervertido señor Plantier, que tenía setenta años y una libido algo retorcida.

Marie Duplessis, obre de Édouard Viénot

Gracias a la mediación de su nuevo patrono, la chiquilla trabajó en el Gran Hotel de la población normanda de Exmes. Luego trabajaría de vendedora de paraguas en el departamento de Orne (Normandía). Cuando cumplió los quince años vio cumplido su sueño: llegar a París.

El primer trabajo que encontró fue como lavandera, pero esto duró muy poco. De hecho, en el verano de 1839 ya estaba instalada en un coquetón apartamento que le había instalado, en la rue de l’Arcade, el próspero dueño de un restaurante. El señor Noillet, viudo, fue inmisericordemente exprimido por la jovencita que se había echado como amante.

Tras dejar seco al pobre Noillet, lo sustituyó por un joven heredero al que dejó más tieso que una mojama. Un año después de haberse instalado en la rue de l’Arcade, debía abandonar la capital para dar a luz a la hija ilegítima de un joven vizconde al que había desplumado sin piedad alguna.

Recuperada tras el parto, y tras haber abandonado a la criatura al cuidado de unos desconocidos, regresó a París para continuar con una vida cada vez más enloquecida.

Su siguiente presa fue un nuevo logro. Esta vez la víctima fue el joven Antoine Alfred de Gramont, duque de Guise. Este era el heredero de los duques de Gramont, príncipes de Bidache. El joven contaba con unos ingresos propios más que abundantes, pero que se escurrirían como agua entre las delicadas manitas de la dama.

El joven duque de Guise no niega ningún capricho a su amante, pero también es un estricto educador que la hará tomar clases de música, danza, arte, dibujo… A estas lecciones se sumarán otras más prácticas para que la joven aprenda a desenvolverse con elegancia y seguridad en los salones: modales, protocolos, buen y mal gusto, etc.

La familia Gramont detecta rápidamente el posible peligro, por lo que organiza todo lo necesario para que nuestra joven heroína viaje a Londres y se instale allí en julio de 1843.

Marie, pues la chiquilla ha decidido cambiarse de nombre y ahora se hace llamar Marie Du Plessis, que suena más elegante. Como les estaba contando, Marie encuentra la capital inglesa aburrida, por lo que decide visitar Baden-Baden. En este prestigioso balneario despertará una pasión invernal en el viudo conde von Stackelberg, antiguo chambelán de la corte de la emperatriz Catalina II de Rusia y diplomático de este imperio en el Congreso de Viena.

El antiguo cortesano y diplomático pule este diamante para sacarle el máximo fulgor. Claro está que no será una labor barata, ya que la chiquilla gasta como si el dinero no fuera suyo. (¡Anda, si no lo es!). A principios de 1843 se instalan en París.

De la mano de von Stackelberg entra en todos los salones y en todos brillará por su belleza, inteligencia, ingenio y cultura. Un admirador dirá de ella: «Era incapaz de hacer enemigos». Todo el mundo quedó cautivado por la joven de negro pelo y brillantes ojos oscuros.

Por ello, al poco de instalarse en París, la jovencita se vio asediada por los más ricos e importantes prohombres de la nación, que se brindaban a darle apoyo y protección financiera a cambio del privilegio de su compañía.

Con todas las opciones que había, Marie se hizo amante de Jean Frédéric Perregaux, conde de Perregaux. Este señor era hijo y nieto de unos financieros enriquecidos y ennoblecidos durante el Primer Imperio (Napoleón I). Lamentablemente, la tercera generación venía representada por un ludópata que acabó con la fortuna familiar y, de paso, con los ahorros de Marie.

Furiosa, Marie le presentó un ultimátum: o se casaba con ella o no volvería a verla jamás.

Mientras Perregaux se decidía, ella tenía que hacer caja, pues las facturas crecían sin parar. El cariñoso conde von Stackelberg le monta a la niña un pisito en el bulevar de la Madeleine —julio de 1844— y la muy desagradecida se lía con Alejandro Dumas hijo, sin dar tiempo ni a terminar la decoración. Dumas acabaría dándole la inmortalidad por medio de su pluma.

Se ve que ahora estaban los artistas de racha, ya que a Dumas lo sustituyó el compositor Franz Liszt, quien literalmente chochea con la joven. En enero de 1846, Perregaux claudica y acepta casarse con Marie, cosa que harán en Inglaterra en febrero. Para marzo Marie se ha deshecho de su marido, ya que anhela la respetabilidad que da el título, pero no le apetece cargar con el ludópata.

Durante los siguientes y últimos meses de su vida —Marie moriría el 3 de febrero de 1847, a los veintitrés años de edad—, tendría varios amantes más que le permitirían mantener su enloquecido tren de vida. Algunos de sus amantes fueron los médicos que le trataban la tuberculosis que estaba acabando lentamente con su vida. Viajó a los diferentes balnearios buscando un remedio que no existía.

Marie Duplessis en el teatro, acuarela de Camille Roqueplan

Marie Du Plessis falleció en su apartamento del bulevar de la Madeleine. Murió endeudada y sola. Tras su muerte, por fin pudo traspasar la puerta su marido, pues se le había negado la entrada a la casa. Perregaux presentó sus respetos al cadáver y rebuscó entre los muebles en busca del certificado de matrimonio y así poder reclamar los restos del naufragio económico.

Las posesiones de la famosa cortesana fueron puestas en pública almoneda para pagar los más de 20.000 francos que sumaban sus deudas. Quedó un remanente de 60.000 francos que fue a parar a una hermana de la difunta. Perregaux nada reclamó, al contrario. Enterado de que la tumba era una concesión de cinco años, compró otra a perpetuidad donde la enterraría y levantaría un sepulcro donde actualmente reposan sus restos.

Se dice que el escritor y poeta Théophile Gautier participó en la almoneda y que estaba muy ufano de haber adquirido las jeringas para enemas de la difunta por solo 12 francos.