La tumba con los restos de los cuerpos y el asentamiento de El Argar.
El Argar, la civilización de hace 4.000 años en España que rivalizó con Micenas y desapareció misteriosamente
Su desarrollo tecnológico fue tal que se dudó de que su población fuera originaria de la Península, proponiéndose en su lugar que fueran colonos venidos del Mediterráneo oriental
Entre los años 2200 y 1550 a. C. se expandió por el sudeste peninsular una cultura tan avanzada que en un principio se dudó de que fuera autóctona. La cultura de El Argar se extendió por las actuales provincias de Granada, Almería y Murcia, tocando también Jaén y Alicante, incluyendo el área de una cultura anterior: la de Los Millares.
El desarrollo tecnológico de El Argar fue tal que se dudó de que su población fuera originaria de la Península, proponiéndose en su lugar que fueran colonos venidos del Mediterráneo oriental.
Los análisis de ADN desmontan esta hipótesis, mostrando el origen autóctono de la población. Pero las diferencias entre la cultura de El Argar y la previa de Los Millares son tan grandes que no podemos hablar de continuidad, sino de ruptura: de las cenizas del colapso de Los Millares surgió la cultura argárica como algo nuevo.
A diferencia de culturas previas, que solo conocían el cobre, El Argar desarrolla un nuevo material: el bronce, con el que producen toda clase de herramientas y, especialmente, armas. La sociedad de esta cultura almeriense era guerrera y estaba fuertemente estratificada, como nos muestran sus enterramientos: mientras que otras culturas previas tenían tumbas colectivas, las gentes de El Argar eran enterradas en cistas, una especie de cajas hechas con piedras, en las que se colocaba al difunto con su ajuar, si lo tenía. Estas cistas no se situaban fuera del poblado, en una necrópolis, sino en el suelo de la propia vivienda, que alojaba así a vivos y muertos.
Paisaje representado por Luis Siret del antiguo curso del río Antas con El Argar al fondo (Siret y Siret 1890: lám. 22)
Las diferencias en las sepulturas nos muestran las grandes diferencias sociales que existían. Algunos pocos eran enterrados con multitud de objetos de lujo; serían los nobles, la clase dominante. En otras tumbas encontramos un arma, si el esqueleto es masculino, y normalmente una o dos joyas. Estas corresponderían a una clase guerrera.
Finalmente, la mayoría de los enterramientos carecen de objetos que los acompañen, mostrando la pobreza de la mayoría de la población, y cabe preguntarse si no había un estrato social aún inferior que no recibía ningún tipo de enterramiento.
El Argar. Ajuar funerario
A pesar de las diferencias de clases sociales, llama la atención que, guiándonos por el lujo de los ajuares, las mujeres gozaban de cierta estima social y podían haber ocupado posiciones de poder. Los análisis de ADN muestran también una curiosidad: mientras los hombres tendían a permanecer en su comunidad natal, las mujeres provenían de otras comunidades, dadas en matrimonio para forjar alianzas.
Aunque el yacimiento de El Argar, en Almería, es el que da nombre a esta cultura, no es el mayor de todos ellos. Hay múltiples núcleos urbanos, que podían superar el millar de habitantes, y ninguno parece haber logrado una posición predominante sobre los demás. En torno a estas protociudades se articulaba una red de asentamientos menores, que las abastecían.
Las viviendas varían mucho en tamaño: muchas son de reducidas dimensiones, pero otras superan los 300 metros cuadrados, con múltiples habitaciones. La mayor de todas las que se han hallado se encuentra en el yacimiento de La Almoloya, en Murcia, un auténtico palacio que cuenta con paredes decoradas con estuco pintado con motivos geométricos y una sala de 70 metros cuadrados, con bancos adosados a las paredes, estrado y podio. Esta sala, probablemente destinada a audiencias o a un consejo, es la primera evidencia de una construcción específicamente política en la Prehistoria europea.
Los asentamientos estaban rodeados también de murallas, siendo las más impresionantes las de La Bastida de Totana, también en Murcia, una ciudad fortificada de cuatro hectáreas y media con una muralla doble, salpicada de torres cuadrangulares de hasta seis metros, y rodeada de fosos y canalizaciones de agua.
Mapa de El Argar
Pero lo que más destaca de El Argar es su riqueza metalúrgica. Los argáricos dominaban la técnica de añadir arsénico al cobre, creando lo que se conoce como bronce de arsénico, que, aun siendo ligeramente inferior al de estaño, supuso un gran avance respecto al cobre y requería amplios conocimientos técnicos.
También destaca la abundancia de metales preciosos. En el suelo de la sala de audiencias del palacio de La Almoloya encontramos un enterramiento doble, un varón y una mujer. Ella debía de rondar entre los 25 y los 35 años, y su rico ajuar le ha granjeado el nombre de «la mujer de plata».
Los casi 250 gramos de oro de altísima calidad que suman los objetos de este enterramiento lo convierten en el segundo más rico de toda la Edad del Bronce en Europa, solo por detrás del mítico tesoro de Agamenón, en Micenas.
Pese a su extraordinario desarrollo, El Argar desapareció de pronto. En un espacio de apenas cincuenta años, sus principales asentamientos se van abandonando, mostrando signos de violencia, pero no presencia de ningún tipo de invasión externa. La civilización argárica simplemente colapsó, por motivos que siguen siendo objeto de debate entre los arqueólogos.