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Escena de la batalla de Alcazarquivir, pintura romántica, c. XIX

La batalla que convirtió a Felipe II en rey de Portugal y alumbró la Unión Ibérica

Consciente de la popularidad de Antonio en ciertos estamentos, Felipe II no quiso arriesgarse y decidió la invasión militar del país. Para ello utilizó a dos de sus mejores hombres de armas

El rostro macilento y barbilampiño del joven rey se había transmutado en un rostro bermellón intenso por motivo del esfuerzo, por el castigador sol del agosto africano y por el efecto brillante de un sudor que se antojaba interminable.

Los hombres de Cristóvão de Távora le dieron un último respiro en una carga suicida contra la esquiva caballería ligera del sultán Abd el-Malik que, a esas alturas del pleito, ya había fallecido, así como pronto pasaría a mejor vida, también, el sultán pretendiente y aliado del monarca portugués, Muley Ahmed.

Sebastián comprendió, entonces, que la elección de aquella llanura como campo de batalla no había sido tan acertada. Se habían metido en una ratonera dejándose encajonar por el río Loukkos y su afluente el Majazín, que algunos traducían como el río de la muerte y otros, de la podredumbre; en cualquier caso, mal presagio, y los flancos ya estaban comprometidos por la yeguada mora.

El duque de Aveiro y otros nobles le aconsejaron rendirse. El imberbe, inexperto y atolondrado monarca sacó a relucir su orgullo. Mandó cargar al grito de «Muere, sí, pero muere despacio». Con aquella carga inútil concluyeron varias horas de lucha. La llamada batalla de Alcazarquivir, o de los tres reyes o, para ser más exactos, de los tres reyes fiambres. El cuerpo de Sebastián I de Portugal no pudo ser identificado tras la batalla. La mayoría de sus hombres sucumbieron o fueron hechos prisioneros. Era un 4 de agosto de 1578.

Tras el desastre de Alcazarquivir, el tío de Sebastián, el cardenal Enrique, de avanzada edad, le sucede en el trono. Apenas le sobrevivió dos años. De hecho, al encontrarse muy enfermo, había convocado unas cortes en Almeirim para designar un heredero. Al fallecer sin descendencia y sin que las cortes hubiesen llegado a un acuerdo, Felipe II, hijo de Isabel de Portugal, reclama la corona.

Sin embargo, hacerse con el cetro luso no fue una tarea sencilla. Existían otros candidatos, como Antonio, prior de Crato, hijo natural del infante Luis y nieto de Manuel I, que según algunas crónicas era el preferido de una parte del pueblo portugués que miraba a Felipe, el rey más poderoso de su tiempo, como un monarca extranjero que buscaría la anexión del hermano menor ibérico. Portugal no era tan importante como España, pero no dejaba de ser una gran potencia colonial y muy superior a otros países europeos de similar población (millón y medio de habitantes).

Antonio, prior de Crato

Aparte de mayor legitimidad dinástica que el prior, Felipe contaba con el apoyo de cuatro de los cinco gobernadores del consejo de regencia. La nota discordante la ponía el justicia mayor, João Telo de Meneses, partidario de una vía netamente portuguesa y que, por tanto, apoyaba a Antonio. Este último tampoco era el único candidato.

Incluso alguno podía exhibir una mayor cercanía dinástica como el duque de Parma, Ranuccio, hijo de Alejandro Farnesio y María de Portugal, pero a la muerte de Enrique I contaba con tan solo 11 años y, por otra parte, Alejandro, aliado y súbdito de Felipe, no tenía ningún interés en enemistarse con el Rey Prudente.

Otros candidatos fueron descartados por cuestión de género (asunto que no era menor en la época), como Catalina, duquesa de Braganza. Por tanto, al final, la corona se disputaría entre un hijo ilegítimo, Antonio, y un candidato extranjero, Felipe.

En cualquier caso, y consciente de la popularidad de Antonio en ciertos estamentos, Felipe II no quiso arriesgarse y decidió la invasión militar del país. Para ello utilizó a dos de sus mejores hombres de armas. El duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, encabezó a los 35.000 soldados que entraron por Elvas camino de Lisboa y el marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, se puso al mando de la flota de más de 95 navíos que zarparon de Cádiz.

Mientras tanto, el prior de Crato se proclamaba Antonio I en Santarém, siendo aclamado como rey en algunas localidades del país. El choque entre ambos pretendientes se decidió en la denominada batalla de Alcántara, localidad cercana a Lisboa.

Batalla de Alcántara

Sobre este enfrentamiento es interesante resaltar algunos datos, como la superioridad numérica de las tropas de Antonio frente a las del duque de Alba. Este último fue dejando a una parte de sus hombres como guarnición en las plazas que había ido tomando. En consecuencia, de las tropas que cruzaron la frontera más las de sus aliados portugueses, contaba con unos 18.000 soldados.

Antonio, sin embargo, disponía de unos 25.000 hombres. Además, tenía a su favor la orografía. Los españoles se encontraban en el margen derecho del Tajo y, aunque bajaba ligero de agua, por ser un 25 de agosto, no dejaba de constituir un notable obstáculo.

Aquellas supuestas ventajas no fueron suficientes y Alba destrozó a las tropas del prior. Los voluntarios y campesinos reclutados por Antonio, sin experiencia ni entrenamiento adecuado, no fueron rival para los tercios españoles, ni con el río de por medio. El prior dejó una quinta parte de su ejército en el campo de batalla entre muertos y heridos; el resto huyó en desbandada.

Lisboa caerá dos días después, aunque Antonio consiguió huir hacia el norte perseguido por el general Sancho Dávila, quien toma Oporto. Para finales de 1580, España controla todo el Portugal peninsular y las islas Madeira. En 1581, Felipe II es proclamado Felipe I de Portugal en las Cortes de Tomar.

No obstante, estas cortes marcaron unas limitaciones muy estrictas, que el rey acepta y que buscaban salvaguardar la autonomía y la dirección de la aristocracia portuguesa en sus instituciones. Es decir, Portugal mantendría soberanía, estructura de gobierno y privilegios, sin que pudiese producirse una homogenización administrativa y jurídica.

Antonio se refugia en las Azores y desde allí continuará su particular cruzada contra España algún año más. Incluso consigue que Francia le envíe una flota de guerra. En respuesta, el rey Felipe le enviará algo mucho peor: a su almirante invicto Álvaro de Bazán.

Entrada en el estuario del Tajo de la flota española al mando de D. Álvaro de Bazán. Uno de los frescos del Viso del Marqués

Con la Unión Ibérica, Felipe II pasó a acumular sobre su corona no solo un inmenso poder, sino también un amplísimo territorio en Europa, África, América, Asia y el Pacífico. Lo que conllevará unas políticas tremendamente agresivas y hostiles por parte de las potencias rivales, principalmente Francia, Inglaterra y los rebeldes neerlandeses, además de la siempre presente amenaza otomana, con la que los muy católicos franceses pactaban en ocasiones para perjudicar a España, y supondrá incrementar, hasta límites insospechados, la mayor campaña de desinformación de la historia en relación con un país, lo que desde Julián Juderías se ha llamado «leyenda negra». El coste de liderar un imperio «sobre el que no se ponía el sol».