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Retrato del cardenal D. Henrique, pintura de 1579 de Domenico Robusti, en el Museo Nacional de Arte Antiguo

Retrato del cardenal Enrique I, pintura de 1579 de Domenico Robusti, en el Museo Nacional de Arte Antiguo

Enrique I el Cardenal, el rey de Portugal cuya muerte permitió a Felipe II ocupar el trono

El 31 de enero de 1580 moría el último rey de la casa de Avis, Enrique I. Antes de que la corona recayera en él, había sido regente, arzobispo y cardenal. Trató de tener un heredero, pero Papa no le dispensó de sus votos, dando lugar a una crisis sucesoria en el reino

En 1557 moría el rey Juan III de Portugal, tras 35 años de reinado. Juan era hijo de Manuel I el Afortunado y de la reina María de Aragón, hija de los Reyes Católicos. Durante su reinado, su hermano Enrique, que había sido nombrado arzobispo de Braga a los 22 años, fue uno de sus principales apoyos. Recibió la púrpura cardenalicia y se esforzó en mejorar las relaciones entre Portugal y el Papado, que en aquel momento tenía una fuerte influencia de España.

Cuando Juan III reforzó la presencia portuguesa en India y Brasil, su hermano Enrique abogó por contar con la presencia de la Compañía de Jesús, favoreciendo la labor crucial de los misioneros jesuitas en las colonias portuguesas, como la ciudad de Goa.

La sucesión de Juan III, sin embargo, no estaba asegurada. De los cinco hijos varones que tuvo con su prima Catalina de Austria, hermana de Carlos I de España, solo uno superó la infancia: el infante Juan Manuel, que murió a los 16 años. La sucesión pendía de un hilo: su viuda, Juana, hija de Carlos I, estaba embarazada. La corte portuguesa contuvo la respiración hasta que nació el príncipe heredero, Sebastián. Tan solo tres años después, murió Juan III y Sebastián subió al trono.

Por motivos evidentes, el rey, de tan solo tres años, necesitaba un regente. En un primer momento fue designada su abuela, Catalina de Austria, aunque después pasó a encargarse su tío abuelo Enrique, el cardenal. Su madre, por su parte, abandonó la corte cuando el bebé tenía apenas unos meses para encargarse de la regencia de España (su padre se había retirado al monasterio de Yuste y su hermano Felipe estaba en Inglaterra, casado con la reina María Tudor). El jovencísimo Sebastián quedó entonces huérfano de padre y alejado de su madre, en una corte dividida por las tensiones en torno a la regencia.

El rey había crecido bajo la influencia de los jesuitas y no mostró ningún interés en casarse. Poco después de alcanzar la mayoría de edad, con 22 años, concentró sus esfuerzos en organizar una cruzada contra Fez. Su tío Felipe II, ya de vuelta en España y coronado rey, se reunió con él en el monasterio de Guadalupe, en Extremadura, para disuadirle de su loca empresa, pero fracasó. Sebastián solo quería apoyo militar, que su tío le acabó proporcionando, aunque advirtiéndole de que no se pusiera en peligro en la lucha, dados los riesgos de la operación.

La aventura africana de Sebastián I acabó con la desastrosa batalla de Alcazarquivir (en árabe, al-Ksar el-Kebir), también llamada batalla de los Tres Reyes: el portugués, su aliado el depuesto sultán de Marruecos, y el adversario de ambos, al-Masluk, actual sultán y tío del anterior. El combate se saldó con una derrota aplastante de los portugueses y sus aliados, y los tres reyes murieron en batalla. Por supuesto, Sebastián I, desoyendo el consejo de su tío, había participado en la lucha, y ahora Portugal entraba en una crisis sucesoria.

Su tío, Enrique el Cardenal, fue nombrado rey a los 66 años. Para poder tomar esposa y asegurar la continuidad de la dinastía, pidió al Papa una dispensa de sus votos eclesiásticos. Sin embargo, Gregorio XIII, aliado de los Habsburgo, no se la concedió: a la muerte del rey, apenas un año y medio después, pilló a la corte por sorpresa sin un regente designado.

Un sobrino de Enrique el Cardenal, Antonio, prior de Crato, no perdió el tiempo. Era hijo bastardo del infante Luis de Portugal y, por tanto, nieto de Manuel I el Afortunado. Había acompañado a Sebastián I en su aventura marroquí y se proclamó rey. Felipe II reaccionó y envió al duque de Alba al frente de un ejército para derrotarle. Tras la victoria española en la batalla de Alcántara, Lisboa cayó y Felipe fue elegido rey de Portugal con la condición de que el reino y sus territorios de ultramar no se convirtieran en provincias castellanas. Ambas coronas estuvieron unidas hasta 1640, cuando una rebelión puso en el trono a Juan de Braganza.

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