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María Isidra de GuzmánMinisterio de Cultura

Picotazos de historia

María Isidra de Guzmán, la primera mujer doctora de España que asombró a la Universidad de Alcalá con 17 años

Con diecisiete años fue el asombro de la corte y de los círculos y salones ilustrados y académicos. Fue el orgullo y alegría de sus padres y la protegida de un poderoso grupo de señoras encabezadas por la condesa de Benavente y doña Josefa Amar y Borbón

Durante bastantes años acostumbré a invitar a cenar —las más de las veces con poco acierto y peor fortuna— a mis amigas a un restaurante coreano que se encontraba —ignoro si ha sobrevivido hasta el día de hoy— en la calle María de Guzmán de Madrid.

El nombre de la calle celebra y recuerda a una mujer brillante que, a muy temprana edad, alcanzó un logro único en España y que abrió camino para otras mujeres: la primera mujer en España que alcanzó el doctorado, y con apenas diecisiete años.

Pero no crean que esto fue un hecho aislado: nuestra protagonista fue parte de un grupo de señoras que descollarán y deslumbrarán por su inteligencia, preparación, sentido común –ya saben, esa cosa tan rara de la que todo el mundo habla y tan pocos parecen tener– y conocimiento. El impulso intelectual de estas mujeres será yugulado por las contracorrientes generadas por la Revolución Francesa y los desastres de la posterior guerra napoleónica.

La joven que ahora nos ocupa nació en Madrid en 1767, en el seno de una de las principales familias de la nobleza española. Su padre fue Diego de Guzmán Fernández de Córdoba, marqués de Montealegre y conde de Oñate; su madre, María Isidra de la Cerda y Guzmán, duquesa de Nájera. Ambos pronto se dieron cuenta de que la inteligencia de la niña era excepcional.

Con idea de pulir tal diamante, eligieron como preceptor suyo a Anselmo Antonio de Almarza, un erudito con ideas educativas avanzadas y revolucionarias que le valdrían la cruz de la Orden de Carlos III.

Anselmo fue nombrado preceptor de la niña y realizó un gran trabajo durante los años que tuvo a María bajo su tutela. Aprendió idiomas antiguos (latín, griego) y modernos (francés, italiano y un poco de alemán), filosofía, retórica, etc. Y todo lo que la niña leía, bajo la guía de su preceptor, era procesado por esa brillante mente, siendo devuelto corregido, cuando no mejorado.

Con diecisiete años fue el asombro de la corte y de los círculos y salones ilustrados y académicos. Fue el orgullo y alegría de sus padres y la protegida de un poderoso grupo de señoras encabezadas por la condesa de Benavente y doña Josefa Amar y Borbón, quienes formaron la Junta de Damas de la Sociedad Matritense de Amigos del País. La labor de estas señoras nunca fue lo suficientemente alabada.

Certificado del nombramiento como dama de la Junta de Damas de Honor y Mérito de la Sociedad Económica de Madrid de Amigos de País a la marquesa de PeñafielDominio Público

Ese año de 1784 sería espectacular para María de Guzmán. Se inició con la presentación de su candidatura –algo inédito y revolucionario– como miembro de la Real Academia. El director de tan digna institución –don José Joaquín de Silva-Bazán, marqués de Santa Cruz– fue quien la propuso. La junta votó aceptar a la joven en su seno, pero en calidad de académica honoraria. Con todo, un hito que abría la puerta a una futura aceptación como académica de pleno derecho. En diciembre de ese año fue su solemne toma de posesión.

Con tan temprana edad, María de Guzmán había conseguido algo impresionante, pero se había marcado objetivos más altos. Se solicitó el real amparo para que pudiera demostrar sus capacidades, enfrentándose a los exámenes para alcanzar el grado y doctorado por la Universidad Complutense.

Sabedor el rey de que tal propuesta se enfrentaría con la oposición unánime del Claustro, emitió una real orden por la cual se autorizaba a la joven para realizar los exámenes y, caso de superarlos, a la Universidad para conferir los títulos correspondientes.

Retrato de María Isidra de Guzmán y de la Cerda (1785) pintada por Joaquín Inza

El día 4 de junio, en una ceremonia oficial en Alcalá de Henares, el consiliario López de Salazar le dio la bienvenida y la invitó a exponer su tesis. Esta versó sobre el tercer capítulo de De anima, un texto de Aristóteles. La exposición, que duró tres horas, se hizo en un perfecto latín.

Tras la lectura y contestación del tribunal, se la declaró apta para el examen que se realizaría al día siguiente, por lo que se dio por concluida la jornada.

El día 5 dio inicio el examen de preguntas. Durante horas contestó de forma brillante a sus interrogadores. El tribunal le formuló preguntas sobre latín, griego ático, francés, italiano y español. Cada pregunta debía responderse en la lengua a la que se refería y se realizaba en esta misma.

Concluidos los idiomas, se procedió a las preguntas sobre retórica, mitología, filosofía, ontosofía (estudio del ser u ontología), teología y teosofía, física en general y en particular, geometría y ética; sobre la fauna y la flora, cosmología, esferas armilares y otras materias.

Fue un día largo, física e intelectualmente agotador, pero cuando terminó fue aclamada por los alumnos, profesores y público que abarrotaba el salón. Cuando el tribunal declaró que concedía la máxima calificación, fue la locura. La exhausta María había triunfado de forma absoluta.

El siguiente día tuvo lugar la solemne ceremonia de imposición de grado, a la que asistió todo el claustro. Don Carlos III, persona inteligente, prudente y conocedora de la naturaleza humana, había hecho algunas modificaciones en el ceremonial.

Y es que el rey suprimió de la ceremonia el abrazo fraternal que los miembros del claustro y doctores daban a su nuevo colega. Por si acaso, Carlos III prefirió evitar a la joven –que les recuerdo que tenía diecisiete añitos– el riesgo de que, entre tanto docto y fraternal abrazo, se colara algún abusivo y poco académico achuchón.

María Isidra de Guzmán fue nombrada catedrática honoraria de Filosofía, consiliaria y examinadora de alumnos de esta ciencia en la docta casa. A partir de ese momento sería conocida como 'la Doctora de Alcalá'.

En los siguientes años ingresó como miembro de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País –vulgarmente conocida como «los caballeritos de Azcoitia»– y en la Económica Matritense. Su labor durante esos años fue extraordinaria.

En 1789 casó con Rafael Alonso de Sousa, marqués de Guadalcázar. Para entonces ya había fallecido Carlos III, el gran protector de las mujeres en las instituciones culturales, y los excesos revolucionarios de la Revolución Francesa habían provocado un rechazo a las ideas ilustradas.

María abandonó la corte y se dedicó a criar a sus hijos, centrándose en la familia. Falleció prematuramente en Córdoba a los treinta y cinco años de edad.