Las Vísperas sicilianas (1846), obra de Francesco Hayez
Las Vísperas Sicilianas: la rebelión que abrió a Aragón las puertas de Italia
Esgrimiendo los derechos hereditarios de su mujer, válidos según las leyes tanto aragonesas como sicilianas, Pedro aceptó el ofrecimiento y desembarcó en Sicilia, donde fue coronado en la catedral de Cefalú
Lunes de Pascua de 1282. La presencia aragonesa en Italia se fraguó aquella tarde palermitana. Los sicilianos se sublevaron contra sus ocupantes franceses mientras redoblaba la llamada a vísperas en las campanas de Palermo. Fue una sublevación repentina, pero el malestar se había ido arrastrando desde hacía tiempo.
Prácticamente desde que un ejército francés dirigido por Carlos Capeto, hermano del rey de Francia, había derrotado a Manfredo, último de los reyes Hohenstaufen, imponiendo el tiránico gobierno de la casa de Anjou.
Sicilia había sido uno de los reinos europeos más poderosos y magníficos. Su historia tuvo ciertos paralelismos con la española. Conquistada por los musulmanes en el siglo IX, sufrió una dura ocupación durante más de dos siglos. Finalmente, fue reconquistada por los normandos, un grupo de duros guerreros, herederos de los vikingos, establecidos en el norte de Francia. Bajo su gobierno, Sicilia floreció como vanguardia de la cristiandad y crisol en el que se mezclaban la cultura bizantina, la árabe y la cristiandad latina.
También constituyó uno de los escenarios en los que se dirimieron los conflictos entre güelfos y gibelinos, partidarios respectivamente del Papa y del emperador. Ensangrentaron Italia durante varias generaciones. El reino de Sicilia ocupaba la isla homónima y la mitad sur de la península italiana. Mantenía una confusa relación vasallática con el Romano Pontífice, aceptada a regañadientes por los reyes alemanes que habían sucedido a los normandos.
Finalmente, el Papa Inocencio IV había otorgado el reino siciliano a un vástago de la familia real francesa, que constituía uno de sus mayores apoyos en su conflicto con los emperadores.
Carlos de Anjou, coronado como Carlos I de Sicilia
Carlos de Anjou había establecido un sistema de gobierno exactivo y arbitrario, copiado del sistema feudal francés. También había expropiado muchas posesiones a la nobleza autóctona para entregárselas a sus partidarios.
Por último, el brutal comportamiento de la soldadesca angevina con la población, especialmente con las mujeres, había hecho poco para asegurar la simpatía de los sicilianos con su nuevo gobernante.
Los emigrados de Sicilia encontraron refugio en la corte aragonesa, enfrentada con la casa de Anjou. Bajo la protección de la siciliana Constancia de Hohenstaufen, hija del asesinado Manfredo, casada años antes con el rey Pedro III de Aragón, personalidades tan significativas como Juan de Prócida o Roger de Lauria convirtieron Valencia en un centro político gibelino desde donde se alentó el creciente desasosiego de la isla.
La situación hizo crisis cuando, aquella tarde, la soldadesca francesa ofendió gravemente a damas sicilianas que se dirigían a la iglesia. La rabiosa reacción de sus varones se transformó en una brutal matanza sin respetar sexo, edad o condición. La rebelión se extendió rápidamente por todo el reino. Solo quedaron en poder de los angevinos algunas ciudades bien amuralladas dotadas de una potente guarnición.
Pedro III de Aragón en Trapani (Sicilia), en 1282, durante las vísperas sicilianas
Tras solicitar infructuosamente la protección del Papa, una representación del Parlamento siciliano ofreció la corona al rey don Pedro III, que estaba combatiendo la piratería musulmana en el norte de África.
Esgrimiendo los derechos hereditarios de su mujer, válidos según las leyes tanto aragonesas como sicilianas, Pedro aceptó el ofrecimiento y desembarcó en Sicilia, donde fue coronado en la catedral de Cefalú. Luego derrotó la tentativa de reconquista de los angevinos. Incluso consiguió apresar al príncipe de Salerno, Carlos el Cojo, primogénito de Carlos de Anjou.
La furibunda reacción del Papa, que excomulgó al rey aragonés, puso en entredicho sus estados y proclamó una cruzada contra ellos, provocó un durísimo conflicto. Se extendió por más de 20 años. Incluso tras la muerte de los dos contendientes, sus hijos continuaron una guerra extenuante en la que las armas aragonesas se impusieron una y otra vez.
Hubo hitos, como la destrucción de un potente ejército francés que había invadido Cataluña. Fue contundentemente derrotado por don Pedro en el coll dels Panissars. O las continuas victorias del almirante Roger de Lauria contra las marinas coaligadas de Francia, Nápoles y las repúblicas italianas.
Solo en 1302, Carlos el Cojo se resignó a aceptar la superioridad de las armas aragonesas acordando con Jaime II, hijo de don Pedro el Grande, la paz de Caltabellota. Se reconocía la independencia de Sicilia bajo la soberanía del rey don Fadrique, hermano del rey de Aragón e hijo de la reina Constanza.
Los Anjou conservaron el gobierno de la parte peninsular de sus posesiones, desde entonces denominada Reino de Nápoles. Con esta paz se consolidó el imperio medieval aragonés, que incluiría Sicilia, Malta y Cerdeña y constituyó una de las bases de la grandeza española.
La rebeldía siciliana y el éxito aragonés impresionaron a los contemporáneos y enorgullecieron a los italianos. La lección no se olvidó en mucho tiempo. Tres siglos después, el rey francés Enrique IV amenazó al embajador de España: «Desayunaré en Milán y comeré en Roma». Replicó el español: «Entonces vuestra majestad llegará sin duda a Sicilia a tiempo para las vísperas».