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El niño dormido bajo la protección de un perro valiente obra de Jeanne-Élisabeth Chaudet

El niño dormido bajo la protección de un perro valiente obra de Jeanne-Élisabeth Chaudet

Picotazos de historia

El perro que mató a una serpiente, salvó a un bebé y fue venerado como santo en la Francia medieval

La historia de un galgo que murió protegiendo a un niño dio origen a uno de los cultos más singulares de la Edad Media. Durante siglos, madres y abuelas acudieron a pedir su ayuda

Etienne de Bourbon (1180-1261) fue un inquisidor perteneciente a la orden de los dominicos. Este buen fraile nos dejó un libro titulado Tractatus de diversis materiis predicabilibus. Este tratado será el texto que servirá de guía y ejemplo a otro inquisidor famoso llamado Bernardo Gui (Umberto Eco lo hace aparecer en su novela El nombre de la rosa).

El bueno de Etienne nos presenta en su Tractatus unos 3.000 ejemplos y casos con los que se enfrentó a lo largo de su vida profesional. Hoy me gustaría hablarles de uno de los casos que el dominico Etienne de Bourbon nos cuenta en su libro: el caso de san Guinefort. Un asunto que trajo cola (no he podido resistirme al chiste).

En la región de Auvernia-Ródano-Alpes se encuentra un antiguo principado que se unió al reino de Francia en fecha tan tardía como 1762. El nombre de esta región histórica es Dombes y su capital es la ciudad de Villars-les-Dombes.

Los señores del lugar tomaron como apellido la población. De esta manera, los principales señores de Dombes, quienes controlaban la mayor parte del principado, eran los señores de Villars y por ese nombre eran conocidos. Pero en 1180 muere Etienne II, último del linaje de los Villars.

Dejó una hija de nombre Ágnes que casó con el señor del castillo de Thoire, también de nombre Etienne. El patrimonio de los Villars pasó a los Thoire, que se harían llamar Thoire-Villars y adoptaron el escudo de armas de los Villars por considerarlo más prestigioso.

Pues bien, la historia que nos cuenta el fraile dominico ocurrió entre 1188 y 1190 y es como sigue.

El matrimonio entre la última Villars y el señor de Thoire dio fruto, pues pronto nació un niño al que llamaron como a su padre: Etienne.

El niño dormía en su cuna cuando, cerca del mediodía, el señor del lugar escuchó un gran alboroto que parecía proceder del cuarto donde se encontraba su hijo. Gran conmoción. Todos corrieron a ver qué sucedía.

El primero en entrar en el cuarto fue Etienne de Thoire y lo que vio le alteró. El cuarto estaba revuelto, la cuna derribada y el pequeño cuerpo de su hijo primogénito estaba inmóvil en el suelo con sangre sobre él. Junto al cuerpo del niño estaba tumbado uno de sus galgos favoritos con lo que parecía sangre en sus fauces.

Instintivamente, desenvainó y mató al animal con un golpe de su espada. Luego se lanzó a comprobar el cuerpo de su hijo, por si pudiera encontrar en él algún hálito de vida.

Etienne de Thoire comprobó con asombro que el niño estaba bien. Dormía a pesar del revuelo que se había formado antes. La sangre que manchaba su cuerpo no era suya, pues se descubrió muy cerca una gran serpiente, y muy venenosa, que estaba destrozada. El perro había protegido al niño.

Etienne de Thoire, muy aliviado al encontrar sano y salvo a su heredero, se dio cuenta de lo sucedido. Con el entendimiento llegó un gran arrepentimiento por el mal galardón que había dado al fiel comportamiento del galgo. Se llenó de remordimiento y gratitud hacia el animal, por lo que ordenó que fuera enterrado cerca del pozo de la fortaleza y que se plantara un arbusto para señalar el lugar para que pudiera ser honrado por los descendientes del niño que había salvado.

Mas he aquí que la historia de lo sucedido corrió por toda la comarca y las gentes dieron en hablar del «santo» perro. En poco tiempo empezaron a aparecer peregrinos que llegaban para visitar la tumba del animal, al que las gentes habían empezado a llamar Guinefort o san Guinefort —no me pregunten por qué—.

Los peregrinos eran principalmente mujeres. Madres, tías o abuelas preocupadas por algún niño y que, desesperadas, acudían a rogar a Guinefort: el santo perro que era protector y guardián de los niños.

Cuando Etienne de Bourbon visitó la zona en sus funciones de inquisidor —entre los años 1230 y 1235—, comprobó con preocupación que se había creado un culto en torno a la figura del perro. Cuando vio que tanto en Dombes como en la vecina Bugey (otro territorio histórico) la gente no dudaba en proclamar santo al animal y buscar su intercesión para conseguir favores —haciendo ofrendas y rogativas—, la indignación hizo que el fraile pusiera el grito en el cielo: «Venerar a un animal como si fuera un santo era incompatible con la Iglesia y gran error».

El dominico estaba en funciones de inquisidor y, como tal, se puso manos a la obra para acabar con esta desviación. Declaró el culto herético y cualquier devoción hacia el animal como reprobable y perseguible. Mandó cavar en la tumba de Guinefort. Hizo sacar sus huesos, quemarlos y aventarlos. Así, por siempre desaparecerían sus restos y no habría posibilidad de crearse falsas reliquias.

Las acciones del inquisidor crearon una dicotomía entre la Iglesia, que condenaba y perseguía cualquier muestra de devoción, incluso de simpatía, hacia la figura del perro Guinefort, y las gentes de Dombes y Bugey. Para estas últimas —nobles y plebeyos, campesinos y habitantes de las villas y ciudades—, la salud y supervivencia de sus hijos era vital. El dolor y la desesperación de una madre ante la enfermedad y posibilidad de muerte de un hijo era algo a lo que nadie podía sentirse indiferente.

El perro Guinefort era ejemplo de la más pura devoción, la lealtad del inocente defendiendo al más inocente todavía (el infante, el niño). No es por casualidad que los dos temas que más éxito tienen en los vídeos de YouTube son los bebés y los cachorros.

Además, el señor del lugar, cuando Etienne de Bourbon apareció por Villars, era el niño al que el perro salvó de la serpiente. Él y sus descendientes siempre mantendrán una postura de pasiva oposición a los dictados del obispado en relación al perro Guinefort.

Continuó celebrándose la figura de san Guinefort, incluso le asignaron una festividad propia: el día 22 de agosto. El motivo de elegir esta fecha era que la mañana de ese día aparecía la estrella Sirio, la principal estrella de la constelación del Can Mayor. Muy apropiado, ¿no les parece?

La Iglesia local y el obispado redoblaron sus prohibiciones de los festejos y públicas muestras de devoción. En 1887, por orden del obispo de Belleys-Ars, dentro de cuya jurisdicción entraba la ciudad de Villars, fue destruido el pozo por considerarse una referencia a la figura del perro y que ya se conocía como «el pozo de san Guinefort».

Hoy la figura de san Guinefort es una curiosidad, una rareza simpática, pues ¿cómo no mirar con simpatía la imagen de un perro velando por un bebé mientras este duerme?

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