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Tenedores

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Picotazos de Historia

La complicada historia del tenedor, «vía de blandura y afeminamiento» para san Pedro Damián

Desechado y posteriormente arrinconado por los dedos, fue introducido y sacado de los usos y costumbres a lo largo de los siglos hasta su consolidación

De uso tan cotidiano y común que se considera imprescindible y de no encontrarlo en la mesa inmediatamente llamamos la atención sobre la inexcusable ausencia. Les estoy hablando del tenedor, un objeto de uso diario, y como sucede a menudo, obviado y pasado por alto excepto cuando notamos su falta. Sin embargo este utensilio ha tenido una historia interesante hasta alcanzar el diseño actual.

En la antigüedad se utilizaban los dedos para comer. Para ayudarse se crearían dos utensilios: el cuchillo (el primero en aparecer debido a la multiplicidad de funciones que desarrollaría y a su innegable utilidad práctica) y la cuchara ( producto de la evolución del asado al guiso y a la sopa). La servilleta nos llegaría con los romanos - aunque hay algunas discrepancias sobre el tema - y por último surgió el antepasado del tenedor.

Los primeros ejemplares de tenedores se han datado en la etapa final del periodo imperial de la civilización romana (siglos IV y V d. C.). Los más comunes era los denominados «lingula» o «ligula», especie de tenedor de dos púas considerado el más adecuado para comer dátiles. Estos «ligula» eran más pequeños que los «trinches» o «trinchante». También se han encontrado ejemplares de tres púas. Lamentablemente con la desaparición del imperio romano de Occidente también se perdió el uso de este instrumento, ya que solo era utilizado por las clases más altas como forma de distinción y refinamiento. Por fortuna el uso continuó en Bizancio, donde lo consideraban una elegancia que permitía acercase los alimentos a la boca sin necesidad de mancharse los dedos.

El tenedor será reintroducido en Europa de la mano de María Argiro o Argyropulina (muerta entre 1006 -7 d. C.). María fue miembro de la importante familia bizantina de los Argyros, que terminarían sentando en el trono a uno de los suyos: Romano III. Pero volviendo al asunto, en el año 1003 se concertó el matrimonio de María con el joven Giovanni Orseolo, hijo del Dogo de Venecia Pietro II Orseolo. María resultó ser una mujer sofisticada y se hizo acompañar por sirvientes que cuidaban los modales y usos de la corte bizantina. Al pobre san Pedro Damían le llevaban los demonios viendo la decadencia y blandura de estos, especialmente la que consideraba depravada costumbre del uso del tenedor.

A partir de ese momento el tenedor –de dos o tres púas aún– se instalará en las mesas de las familia patricias de Venecia y de sus posesiones, pero también el uso de este diabólico artefacto será atacado por lo más rigoristas y ascéticos monjes y predicadores. Ya hemos mencionado a san Pedro Damián que en sus escritos tachó el instrumento como «vía de blandura y afeminamiento». Con todo, la Iglesia jamás condenó el uso del tenedor.

La magistral serie de cuadros del maestro Sandro Botticelli (1445–1510) –inspirada en una narración del no menos genial Giovanni Boccacio– conocida como La Historia de Nostaglio degli Onesti, se compone de cuatro cuadros. Son cuatro tablas de las que tres podemos admirar en el museo del Prado y una cuarta, de autoría más dudosa, que se encuentra en el palacio Pucci de Florencia. Pues bien en esta última tabla, que todavía permanece en Florencia, podemos ver la primera representación pictórica de un tenedor en la pintura europea.

Cierto es que se han encontrado evidencias arqueológicas, al menos desde el siglo XIV, en: Castilla, Aragón , Portugal y Francia, amén de los principados y repúblicas de la península italiana. Y es que a lo largo de ese siglo el tenedor se abrirá camino entre las diferentes cortes europeas, consolidando su uso en el XV.

Curiosamente en las tierras del norte de Europa el tenedor llegó antes debido a la ruta del ámbar, que comunicaba comercialmente a Bizancio con el mar Báltico. Eso explica que se hayan encontrado tenedores de dos y tres púas en las ciudades comerciales vikingas de Hedeby y Birka, datándose en el siglo X.

También, a partir de la segunda mitad del siglo XIV, empezaran a aparecer las menciones de tenedores en los inventarios de propiedades de los reyes y grandes nobles. Gracias a estos documentos sabemos que Carlos V «el Sabio» de Francia tenía doce: seis de oro y seis de plata. El pobre duque de Saboya, Carlos I, solo tenía uno. En un curioso y muy interesante documento que enumera los bienes del convento de Michelberg, en la ciudad alemana de Bamberg, se enuncia –como objeto de gran rareza– que son poseedores de un tenedor de plata.

Dicen las malas lenguas –¡las muy viperinas!– que la difusión y generalización del uso del tenedor durante los siglos XVI y XVII fue debido a la moda de las golas, golillas, gorgueras y lechugillas que adornaban los más cortesanos cuellos. Esto obligaba a tener un cuidado especial para evita que se mancharan al comer y el tenedor ayuda a a ello, a la par que otorgaba un aire de distinción.

A la moda se le dio un respiro durante la segunda mitad del siglo XVII y ello fue debido a que el rey Luis XIV era poco aficionado al uso este artefacto, En su mesa, cada comensal podía encontrar un tenedor – el metal del mismo indicaba la calidad de la persona – pero el rey prefería usar los dedos. Resultado: todos los leales cortesanos seguían el ejemplo de su señor y el tenedor quedó arrinconado.

Afortunadamente el siglo XVIII nos trajo la ilustración, el conocimiento, la búsqueda de la elegancia y la consolidación definitiva del tenedor, no solo en las cortes si no en toda casa elegante y tenida por civilizada. Será en este mismo siglo, y la costumbre durará aquí hasta después de la guerra civil en España, cuando se hará común el viajar llevando el propio juego de cubiertos: son los cubiertos de viaje que llevabas encima en cuanto salías de tu ciudad.

El diseño final del tenedor se calcula que fue en esta época y tradicionalmente se atribuye a un cortesano del rey de las Dos Sicilias, Fernando I ( hijo de nuestro Carlos III). Este individuo, del que sospechosamente hay poca información, se llamó Genaro Spadaccini. Se le considera el inventor de la «forcheta napoletana». Esto es: añadió una cuarta púa, combó ligeramente estas para poder recoger alimento entre los espacios de las púas y redujo un poco el tamaño del cubierto para hacerlo más manejables.

El resultado es el tenedor que conocemos y utilizamos hoy en día. Por supuesto, si preguntan en Italia la respuesta será que la invención fue con la idea de tener un instrumento adecuado para comer espagueti. Pues miren, no lo sé. Pero ya saben ustedes: «Si non e vero…»

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