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Vista del puerto de Cefalonia en un grabado del siglo XVIII

La batalla de Cefalonia: cómo el Gran Capitán logró la primera gran victoria de España sobre los turcos

Nadie pudo discutir que el Gran Capitán había sido el primero en afrontar victoriosamente a los turcos. Cefalonia quedó orgullosamente en poder de los venecianos. Las posesiones españolas de Italia permanecieron inaccesibles para el sultán

A finales del siglo XV los turcos se expandían en los Balcanes y el Mediterráneo sin que nadie encontrase la forma de contrarrestar su inexorable avance. Griegos, franceses, alemanes, venecianos, búlgaros, serbios y húngaros habían mordido el polvo ante aquellos invencibles ejércitos.

La presencia aragonesa en Italia había situado a los españoles frente a tan grave amenaza. Ya Alfonso V la había percibido tras su conquista de Nápoles. El Trastámara aragonés apoyó la heroica y fracasada lucha del albanés Skanderbeg contra la agresión islámica. También erizó la costa de Apulia de «fortalezas aragonesas». Aún hoy lucen orgullosas sus escudos, que miran desafiantes hacia el otro lado del Adriático, a la espera de una invasión que entonces parecía inevitable.

En 1495 el sultán Bayaceto II desató un nuevo ataque. Cayeron en rápida sucesión las últimas posesiones venecianas en Morea, las islas jónicas y las ciudades de la costa albanesa, como Durazzo, de antiquísima tradición cristiana. Las víctimas clamaron la ayuda de la cristiandad. Solo obtuvieron buenas palabras, salvo por parte del Papa y de España.

Isabel la Católica y el Gran Capitán. Cuadro de Augusto Ferrer-DalmauAugusto Ferrer-Dalmau

Los Reyes Católicos se habían convertido entonces en los campeones de la Cristiandad, tras la toma de Granada. Habían heredado de sus antepasados una concepción geopolítica global moderna y una visión universalista incomprensible para el resto de las monarquías europeas. Además, eran conscientes de los riesgos que corrían sus posesiones italianas, como lo había demostrado el brutal saqueo de Otranto.

Por iniciativa veneciana se constituyó una liga entre Venecia, España y el Papa, que aportó un 10 % de la financiación. El dux Agostino Barbarigo solicitó que se pusiese al mando de todas las fuerzas coaligadas a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Los reyes lo concedieron. En junio de 1500, una potente escuadra de 56 barcos zarpó de Málaga. Llevaba a bordo un contingente de 8.000 soldados, fogueados en Granada y en Italia.

En el Adriático aguardaban los venecianos, con un número similar de barcos, pero con tripulaciones insuficientes y desmoralizadas por las recientes derrotas. El almirante veneciano resultó un colaborador inapreciable para el de Córdoba, por su conocimiento de las condiciones marítimas y de las tácticas enemigas.

La falta de bastimentos y el cuidado de los preparativos que caracterizaban al Gran Capitán retrasaron el comienzo de las operaciones hasta noviembre, una fecha peligrosa por la amenaza de los temporales invernales. Se decidió renunciar al proyecto de llevar la guerra a Grecia y centrarse en la recuperación de las islas jónicas, desde las que los turcos podían cerrar el acceso al Adriático.

Las islas de Corfú y Zante fueron abandonadas por los otomanos. No sucedió lo mismo con la de Cefalonia, donde se concentraba una importante guarnición de jenízaros, al amparo de las poderosas fortificaciones del castillo de San Jorge. Rendirlo se convirtió en el objetivo fundamental de la campaña. No resultó una tarea fácil.

El asedio se inició el 9 de noviembre de 1500. Fue uno de los más importantes del comienzo de la Edad Moderna. Lo escarpado del castillo y la potencia de sus murallas hicieron muy difícil el uso de la artillería. Pero entre los españoles descollaba la figura de Pedro Navarro, el gran ingeniero militar español, inventor de la mina explosiva, que aquí se empleó con éxito por vez primera.

Los turcos realizaron una defensa asombrosa. Cuando una mina derribó un lienzo de muralla, los asaltantes encontraron otro muro construido a toda prisa por los defensores tras detectar la excavación. Cada esfuerzo de los asaltantes era detenido por feroces contraataques de los jenízaros. Las frecuentes salidas de la guarnición obligaban a los arcabuceros españoles a una permanente vigilia, mientras el tiempo pasaba y el invierno amenazaba con interrumpir el asedio.

Los arcabuceros fueron una pieza esencial de los Tercios

El 24 de diciembre el Gran Capitán decidió realizar un asalto general a la desesperada. Hizo detonar minas que debilitaron dos lienzos de muralla opuestos, por los que se realizaron sendos asaltos para dividir a los defensores. Córdoba era un gran conductor de hombres.

Tras una apasionada arenga encabezó el primero, que consiguió llegar a los adarves, entablando allí un combate mortal. Pero se había preparado un tercer ataque en una de las zonas más fuertes de la muralla, que se encontraba peor guarnecida. Los ingenieros habían preparado una especie de rampa desmontable para superar la muralla, por la que por fin consiguieron penetrar las tropas cristianas y acabar con la guarnición, que peleó heroicamente hasta el último hombre.

La difícil victoria demostró a los españoles que habían encontrado un enemigo que estaba a su altura, en gallardía, combatividad y decisión. Comenzó así un enfrentamiento épico que iba a durar siglo y medio, con constantes altibajos. A derrotas como Las Gelves y Preveza sucedieron éxitos como Malta, Túnez y Lepanto. Finalmente, los turcos tuvieron que aceptar que habían encontrado la horma de su zapato.

Nadie pudo discutir que el Gran Capitán había sido el primero en afrontar victoriosamente a los turcos. Cefalonia quedó orgullosamente en poder de los venecianos. Las posesiones españolas de Italia permanecieron inaccesibles para el sultán.