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Retrato del general Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), apodado el Gran Capitán

Retrato del general Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), apodado el Gran CapitánDominio Público

«Hacer las cuentas del Gran Capitán»: el origen histórico de una expresión que quizá nunca ocurrió

Muchas anécdotas históricas han sido moldeadas por la literatura y la transmisión oral hasta convertirse en tópicos populares. En este caso, el relato también refleja el contexto político del momento

Hay una amplia cantidad de frases comunes que proceden del periodo de los Tercios, la «temible infantería del ejército de España», en palabras del historiador francés René Quatrefages. Una de ellas es «hacer las cuentas del Gran Capitán», que hoy utilizamos para ridiculizar explicaciones exageradas, poco creíbles o para esquivar dar explicaciones innecesarias.

El origen de esta expresión se sitúa en la figura de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, protagonista de las campañas italianas de finales del siglo XV y comienzos del XVI. Tras sus victorias en Nápoles, la tradición cuenta que Fernando el Católico, preocupado por la situación económica y presionado por sus tesoreros, le exigió un desglose detallado de los gastos de guerra.

La respuesta atribuida al militar es ya parte del imaginario colectivo: una relación irónica de gastos desorbitados que, más que justificar cifras, reivindicaba el esfuerzo de sus tropas y el valor de la empresa. Así, en todo irónico, Fernández de Córdoba presentó el siguiente listado:

«Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados».

Esta escena encaja perfectamente con el estereotipo del soldado español de la época —valiente, orgulloso y desafiante—, lo que explica su enorme difusión y aceptación. Sin embargo, como ocurre con muchos tópicos históricos, la realidad documentada es más matizada.

El investigador Antonio Rodríguez Villa, en su estudio publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia, aporta una clave fundamental: sí existieron cuentas reales del Gran Capitán, pero eran muy distintas a las que recoge la tradición. Se trataba de un cuaderno manuscrito, fechado entre 1495 y 1499, con un registro detallado de ingresos y gastos, firmado y aprobado por la Hacienda real, lo que demuestra que Fernández de Córdoba cumplió con los procedimientos administrativos de su tiempo.

En cambio, no se conserva ninguna versión oficial de las famosas «cuentas» satíricas. «Ni el dignísimo jefe del Archivo de Simancas las ha visto, como hasta ahora se creía que en él se conservaban, ni nadie las conoce originales, ni es creíble que el Gran Capitán, respetuoso siempre con los Reyes, hubiese cometido semejante desacato, ni el Rey D. Fernando, dada la altivez y severidad de su carácter, hubiera tolerado semejante burla», advierte Rodríguez Villa.

No obstante, introduce un matiz interesante: el episodio pudo haber tenido un origen real, aunque no oficial. El militar, molesto por la insistencia de los «codiciosos tesoreros», pudo haber expresado de forma verbal e irónica esas «partidas de descargo», que con el tiempo fueron recogidas por cronistas y amplificadas por la tradición.

Isabel la Católica y el Gran Capitán. Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau

Isabel la Católica y el Gran Capitán. Cuadro de Augusto Ferrer-DalmauAugusto Ferrer-Dalmau

Este proceso no es excepcional. Muchas anécdotas históricas han sido moldeadas por la literatura y la transmisión oral hasta convertirse en tópicos populares. En este caso, el relato también refleja el contexto político del momento: un Fernando el Católico en dificultades tras la muerte de Isabel, con tensiones internas y necesidad de controlar gastos, frente a un capitán victorioso cuyo prestigio era incuestionable.

Así, entre historia, interpretación y leyenda, las «cuentas del Gran Capitán» acabaron formando parte del imaginario colectivo. Puede que nunca existieran tal y como se cuentan, pero su fuerza simbólica —basada en el ingenio, el orgullo y la reivindicación del mérito— ha sido suficiente para que perduren hasta hoy.

Cinco siglos después, la expresión sigue viva. Y con ella, un buen ejemplo de cómo la historia no solo se escribe en los archivos, sino también en la memoria popular.

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