Expedición de Francisco Vázquez de Coronado por Tom Lovell
Los indios que ayudaron a España a levantar su última frontera en el oeste americano
Estas comunidades buscaron en los españoles protección contra los nómadas, principalmente de los asaltantes apaches
El suroeste actual de los Estados Unidos, formado por los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona y Texas, descubre su pasado español, que también estaba oculto para los propios españoles. Hace una década, el general Mariano Alonso Baquer iniciaba el estudio académico de aquella amplia región fronteriza del último imperio español.
Fernando Martínez Laínez y Carlos Canales Torres divulgaban el tema con sus Banderas lejanas, un clásico para iniciarse, e Iván Gil y Gregorio Muro Harriet introducían el tema con sus cómics en el mundo juvenil. Ahora, el Oeste español es un tema de novela histórica, donde Juan Bautista de Anza, gobernador de Nuevo México, destaca como uno de los últimos héroes, rodeado de sus leales dragones de cuera.
Sin embargo, este mundo apasionante todavía guarda páginas vírgenes a nuestra lectura, como quiénes fueron los pueblos nativos que contribuyeron a enraizar la herencia española que ahora sus descendientes defienden. Tanto Gaspar de Portolá Rovira como Juan Bautista de Anza fueron de aquellos catalanes y vascos que, nacidos en la península o en un virreinato, representaron la última generación de exploradores y pacificadores, abriendo el camino a franciscanos como fray Junípero Serra, OFM, en California, y fray Francisco Garcés, OFM, en Arizona, donde se hicieron cargo de las misiones abandonadas por la expulsión de los jesuitas, donde el tirolés P. Eusebio Kino, SJ, había misionado a los pimas, quienes les servirán de fieles guías y guerreros auxiliares.
Aquellos inmensos territorios de orografía singular, donde las altas cordilleras cortaban el recorrido de las nubes, causaban al otro lado una sequedad que ha modelado los desiertos conocidos por las películas de los westerns posteriores.
En aquellos parajes, algunos indios malvivían cultivando el maíz en las riberas de los ríos Colorado, Gila y Grande. Aquellas comunidades de pimas, pueblos piro, isleta y socorro y jumanos, como pueblos agricultores y artesanos, se veían asaltados por los nómadas recolectores, que, con la domesticación del caballo, se transformaron en depredadores.
Francisco Vázquez de Coronado parte hacia el norte obra de Frederic Remington
Estas comunidades buscaron en los españoles protección contra los nómadas, principalmente de los asaltantes apaches. Los españoles buscaban sitios estratégicos para controlar amplias zonas, viables en el mantenimiento de una pequeña comunidad de colonos y soldados con sus familias. La llegada de los misioneros no solo era la evangelización de una fe basada en el amor, era la llegada de la ganadería y de cultivos como un maíz seleccionado que favorecía un mejor nivel de vida.
Estos indios agricultores, como el jefe jumano Juan Sabeata, serán indispensables en el asentamiento de los presidios y primeras poblaciones. Entre los expedicionarios españoles también hubo tlaxcaltecas, como soldados aliados, y fundaron barrios propios como el de Analco en Santa Fe.
Con el tiempo, también se irán sumando antiguos enemigos como los apaches orientales, lipanes y mescaleros, quienes, perseguidos y aniquilados por los utes y comanches, los supervivientes buscarán la protección de los españoles. Los navajos, utes y comanches serán quienes muestren su hostilidad a los españoles buscando caballos, armas de fuego y cautivos para vender como esclavos.
Dueños de los grandes espacios tejanos, los comanches se convirtieron en el intermediario con los indios de las Grandes Llanuras.
Fueron los responsables de ataques a misiones, presidios y ranchos para robar miles de caballos, mulas y ganado, armas de fuego y cautivos para vender. La tesis doctoral de Pekka Hämäläinen dio una imagen de los comanches como una potencia nativa que había convertido al imperio español en dependiente.
Es cierto que se aprovechó de la violencia a su favor, en una frontera despoblada y con poca presencia militar, que recuerda la llegada de los bárbaros a un imperio civilizado débil por ausencia de demografía.
La violencia de los comanches y sus aliados imposibilitaba la colonización de población hispana, como no fueran las familias con grandes posesiones y capacidad de tener numeroso personal para armar como un ejército privado.
Las granjas familiares fueron arrasadas y sus miembros asesinados en las diferentes revueltas que se van a dar: la Revuelta de los Pueblos Pueblo en 1680, la única de los pimas en 1751 y la más grave de los yumas en 1781. En ellas se exterminaba a los españoles, fuesen blancos o indios, y a los misioneros, como fray Francisco Garcés, ya canonizado, que murió mártir junto a su comunidad.
La destrucción de la misión de San Sabá en la provincia de Texas y el martirio de los sacerdotes
Las razones solían coincidir con sequías, reducción del flujo de entrega de alimentos y ganados a los indios, quienes tomaban las armas para hacerse con los almacenes de los españoles y los sedentarios. La escasez provocaba la lucha por la supervivencia en un medio hostil por naturaleza.
En un ambiente tan duro, la reconquista del territorio pueblo fue una década más tarde y tardó cuatro años, mientras que la zona de los yumas no se consiguió recuperar. Más de un tercio de la población total española en el territorio eran genízaros. Este término, procedente de los célebres soldados turcos, los jenízaros del sultán, solo tenía una leve semejanza.
Los comanches capturaban miles de cautivos de otras tribus y los vendían. Los franciscanos, como en la Berbería argelina, se dedicaron a rescatar a aquellos desgraciados, los bautizaban como católicos, les daban un nombre español y los integraban en sus comunidades. Una de ellas será Santo Tomás de Abiquiú, fundado en 1754 por el gobernador Tomás Vélez Cachupín, que mantendrá su carácter genízaro.
Los llamados genízaros eran indios de origen desconocido, destribalizados, esclavizados y torturados desde niños por sus captores comanches. Los españoles los educaron en su cultura y fe, se convirtieron en colonos de aquella frontera salvaje y sirvieron como milicia territorial junto a los dragones de cuera de guarnición. Incluso los apaches de montaña, como los gileños o chiricahuas, enemigos de los españoles, llegaron a pactar la sedentarización a cambio de alimentos y protección.
Años después, un chiricahua será conocido por su nombre hispano, Gerónimo, el último apache rebelde.