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Guerreros comanches

Guerreros comanches

De los chichimecas a los comanches: la resistencia violenta de los indios frente a España

Excelentes jinetes, adiestrados en la caza y el combate desde la infancia, se impusieron a todos los demás pueblos de las llanuras, incluso a los bravos apaches a los que prácticamente exterminaron

Conocemos suficientemente los grandes hechos relacionados con la conquista americana. Valoramos lo que supuso la creación de una civilización mestiza y la extensión del Evangelio a grandes masas humanas. No sucede lo mismo con la historia de los conflictos con los pueblos autóctonos que no se sometieron a la presencia española.

Fue el caso de los Chichimecas, un pueblo situado al norte del Imperio azteca, que nunca había superado la condición de cazador-recolector. Algunos conquistadores pretendieron imponerles el trabajo obligatorio en las minas de plata de Zacatecas recientemente descubiertas. Esta pretensión contradecía frontalmente las leyes españolas.

Provocó una brutal rebelión, que puso en aprietos al virreinato. Los indígenas aprendieron a domesticar caballos y a usar armas capturadas, lo que les permitió combatir casi medio siglo (1550 – 1600). Finalmente, Felipe II tuvo que intervenir exigiendo el cumplimiento de las Leyes de Indias y cambiando la política de sumisión por el buen trato, la diplomacia y la asimilación.

La lucha de los araucanos duró mucho más. Los conquistadores encontraron un enemigo a su altura, fuerte y correoso, que consiguió derrotarles en muchas ocasiones. Incluso el conquistador de Chile, el extremeño Pedro de Valdivia, pereció combatiendo contra ellos. Su valentía admiró a los españoles, como demuestra todavía el mejor poema épico de nuestras letras La Araucana.

Alonso de Ercilla elogió, con la hidalguía que caracteriza a los buenos españoles, la bravura de aquel pueblo, celoso de su independencia. Se llegó a considerar a Chile como «el Flandes Americano». Una guerra difícil e interminable.

Al norte de Nueva España, en las provincias interiores, la presencia española se había asentado poco a poco durante el siglo XVII. Una vasta zona se estaba incorporando a la civilización, gracias sobre todo a la paciente y abnegada labor de los misioneros.

Entre Texas y California muchas tribus se habían asentado en torno a las misiones, desarrollando una nueva forma de vida basada en la agricultura, la ganadería y el cristianismo. La protección de los nuevos núcleos de población la proporcionan los «presidios», pequeñas guarniciones militares, siempre escasas frente a la magnitud de la tarea que tenían encomendada.

Más al norte predominaban los pueblos nómadas, a los que la llegada del caballo había otorgado una nueva prosperidad. La movilidad que proporcionaban las cabalgaduras facilitó a los grupos más violentos dedicarse al saqueo de las comunidades indígenas sedentarias. En esta actividad predatoria destacaron los cinematográficos comanches. Complicaron la vida de los establecimientos españoles durante medio siglo más o menos.

En poco tiempo se extendieron por las grandes praderas situadas al norte del río Arkansas, límite norte de la ocupación española. Allí se sintieron magnéticamente atraídos por las maravillas que ofrecían los territorios situados al sur del río. Sobre todo, poblaciones pacíficas, ya civilizadas, para comerciar o saquear, según el equilibrio de fuerzas de cada momento.

Aparecieron en la historia en 1726. Un informe militar los describe como «un pueblo que siempre anda peregrinando y en forma de batalla, por tener guerra con todas las naciones». En aquel momento su objetivo fue el establecimiento de Taos, en Nuevo México, que servía de centro comercial para pueblos más civilizados, como los navajos, apaches y pawnees, a los que saqueaban sistemáticamente. Así consiguieron el acceso a objetos, metálicos, alcohol, armas de fuego y demás productos europeos.

Fueron la tribu india más eficazmente violenta. Excelentes jinetes, adiestrados en la caza y el combate desde la infancia, se impusieron a todos los demás pueblos de las llanuras, incluso a los bravos apaches a los que prácticamente exterminaron.

Sus incursiones eran de una inusual brutalidad. Asesinaban a todos los varones y esclavizaban a las mujeres y niños. Su carácter nómada le daba una clara superioridad sobre las poblaciones sedentarias, a las que siempre sabían donde encontrar. Dominaron un extenso territorio de más de 700.000 kilómetros cuadrados, que llegó a denominarse «imperio comanche».

España tuvo que bregar durante más de 50 años con tan arduo problema. No fue hasta 1779 en que se consiguió controlar a los comanches. Se debió a otro de esos personajes desconocidos, a fuer de abundantes, que caracterizan nuestra historia, Simón de Anza. Nacido en Sonora de padres españoles, ingresó muy joven en la milicia. Fue un hombre polifacético, militar, geógrafo y diplomático. Exploró y pacificó el territorio de lo que hoy es Arizona.

Firmó acuerdos con jefes indios para establecer una comunicación estable entra Sonora y California. Dirigió varias expediciones que le llevaron hasta el Pacífico. Fue el impulsor de la colonización española de la Alta California

Nombrado gobernador de Nuevo México, tuvo que afrontar las campañas decisivas contra los comanches. En 1779 consiguió encontrar una gran partida que volvía de saquear Nueva España. En un duro combate derrotó y mató al gran jefe Cuerno Verde y a otros prestigiosos caudillos que habían sembrado el caos.

En 1783 organizó un pequeño ejército de con el que libró una exitosa campaña en la que recorrió miles de kilómetros en Arizona, Colorado y Nuevo México. Finalmente, el ultimo jefe Comanche pidió la paz que se firmó en Pecos Pueblo en 1786. La pesadilla comanche había terminado. Murió poco después, en 1788. Su memoria se ha conservado en numerosos lugares de California y Arizona.

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