El instante decisivoFernando Quintela

Manos unidas por una misma dignidad

Paredes y suelo: huellas imborrables para la memoria. La Misión había sido ocupada y convertida en cuartel general del RUF durante la guerra aún latente en Sierra Leona

Manos unidasFernando Quintela

Era el primer domingo del mes de julio de 2003. Llegamos a la Misión todavía con la luz del sol. En el interior, sucio como si allí no habitase nadie, recorrimos estancias y pasillos en los que todavía resbalaban sangre y restos. Paredes y suelo: huellas imborrables para la memoria. La Misión había sido ocupada y convertida en cuartel general del RUF durante la guerra aún latente en Sierra Leona. La guerra no perdona, la guerra no se olvida.

Contra la muerte, vida. En el exterior me encontré con una pared en la que solo había manos. Manchas de manos. Decenas. Grandes y pequeñas. Oscuras y claras. Definidas unas, casi borradas otras. Manos infantiles junto a manos adultas. Algunas parecían recién plasmadas; otras apenas sobrevivían al paso del tiempo. Ninguna tiene nombre. Ninguna reclama protagonismo. Ninguna grita, pero todas hablan; en comunidad. Y precisamente por eso todas son iguales.

La fotografía carece de profundidad. No hay perspectiva ni horizonte. El muro ocupa todo el encuadre y algo en ese ambiente te obliga a detenerte. No existe un punto principal de atención. La mirada salta de una huella a otra buscando una historia imposible de reconstruir. Porque cada mano pertenece a una vida distinta y, sin embargo, todas dejaron la misma huella.

La composición convierte la repetición en un lenguaje que hay que interpretar porque, repito un día más, la fotografía hay que leerla, y eso es algo que se nos reserva a los humanos. Una inteligencia artificial puede definir qué es una lectura connotativa u otra denotativa –por ponerme repelente citando algo fundamental en fotografía y que yo aplico aquí–, pero nada puede sustituir ni mi experiencia ni mi opinión.

Y vuelvo. El blanco y negro elimina cualquier distracción cromática y reduce la fotografía a su significado esencial; no vemos pieles, vemos rastros de quienes las habitaban, porque la piel también se habita. La ausencia de color borra cualquier referencia al origen, a la raza o a la nacionalidad. Solo permanece aquello que realmente compartimos: la condición humana.

El Premio Nobel de la Paz Martin Luther King resume ese espíritu: «Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos». Quería alertar sobre los peligros de una sociedad que avanzaba muy rápido en lo científico, pero se quedaba estancada en lo moral.

Y quizá estas manos intenten enseñarlo.

Con España como campeona, el Mundial de fútbol acaba de demostrar que el deporte es uno de los pocos lenguajes universales. En un mismo terreno de juego conviven futbolistas nacidos en los cinco continentes –¿o son siete?–, muchos de ellos quizá hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes que encontraron en otro país una oportunidad que sus familias nunca tuvieron. Unos nacen aquí, pero son de allá, y ahora todos quieren ser de donde más convenga.

La camiseta nacional no solo no borra el origen; lo incorpora. Solo con observar las selecciones participantes se puede comprender hasta qué punto el fútbol refleja el mundo contemporáneo. Europa, África, América y Asia ya no son compartimentos estancos. Son historias cruzadas, familias mezcladas y trayectorias personales que rompen las fronteras políticas. En el Mundial no se preguntó el origen, solo interesó la habilidad con el balón.

Esta fotografía habla exactamente de eso. Todas las manos tienen cinco dedos, pero cada una deja una huella distinta, aunque pertenezcan a la misma pared.

España conoce bien esa transformación. Durante décadas fuimos un país de emigrantes. Miles de españoles buscaron trabajo en Francia, Alemania, Suiza o América Latina, llevando consigo poco más que una maleta y la esperanza de un futuro mejor. De ahí surgen películas como Vente a Alemania, Pepe, con el gran Alfredo Landa y el cascarrabias de José Sacristán.

Hoy la historia se cuenta en sentido contrario. España se ha convertido en un país de acogida al que llegan miles de personas cada año desde América, África, Europa del Este o Asia con la intención de trabajar, construir una vida y formar parte de una sociedad que también se ha ido transformando. Eso algunos; otros, más de los que querríamos, vienen a la sopa boba, porque saben que aquí se da. Para todos es un sueño provocado de manera falsa por nuestro propio sistema. España no es El Dorado que esperan. Otro día podremos hablar de esto.

La inmigración llega a España con desafíos reales, como la integración, el empleo, la vivienda y la salud. Negarlo sería ingenuo. Pero también es cierto que quienes llegan lo hacen buscando exactamente lo mismo que buscaron los españoles: estabilidad, seguridad y oportunidades.

En ese contexto, el Gobierno ha impulsado medidas como la conocida Ley de Memoria Democrática, popularmente denominada Ley de Nietos. Miles de descendientes de españoles, especialmente en América Latina, han iniciado ese proceso para recuperar un vínculo jurídico y emocional con el país de sus antepasados.

Las leyes podrán discutirse, pero hay una realidad nítida y evidente: España ha crecido mezclándose. Los fenicios, los romanos, los judíos, los musulmanes, los pueblos europeos y, más recientemente, las migraciones procedentes de América Latina, África o Europa del Este forman parte de una historia muy compleja.

La integración, sin embargo, no es un camino de una sola dirección. Una sociedad abierta necesita personas dispuestas a respetar las leyes, aprender la lengua, compartir los valores democráticos y contribuir, con su trabajo, al desarrollo. La acogida exige también compromiso por parte de quien llega. Integrarse no significa renunciar a la propia identidad, sino aceptar que formar parte de una comunidad implica derechos, pero también obligaciones.

Quizá por eso esta fotografía resulta tan poderosa, porque ninguna mano intenta borrar a las demás y todas ocupan un espacio; ninguna invade el de la otra. Desde el punto de vista visual, renuncié al individuo para hablar del colectivo. No existe un protagonista individual porque el protagonista es el conjunto.

Una sola figura humana habría descompuesto el mensaje. La textura rugosa de la pared actúa como la memoria de una sociedad donde cada persona deja una marca irrepetible: algunas huellas son intensas; otras empiezan a desaparecer. Así funciona también la historia. Unas generaciones dejan una marca más visible que otras, pero todas forman parte del mismo relato.

Quise fotografiar una idea. Me meto mucho en las tripas de cada fotografía. La veo, la pienso y la imagino. Aquí tenía una cosa clara, y es que la igualdad no consiste en ser idénticos; consiste en que cada persona tenga la posibilidad de dejar su propia huella. Nadie distingue la huella del rebelde de la del misionero padre Franco.

El primero fue capaz de obligar al segundo a limpiar el altar de la iglesia con su lengua después de que los rebeldes cagaran en él —por la absurda razón de que, al profanar la iglesia para robar el sagrario, descubrieron que allí no se ocultaban grandes joyas, sino solo un cáliz de latón dorado—. Con todo, hubo perdón por parte del misionero y redención del violento. En ese muro están las manos de los dos.

Y eso mismo ocurre tanto en el fútbol como debería suceder en cualquier democracia. Nadie elige el lugar donde nace, pero todos deberíamos tener la oportunidad de decidir quién queremos ser.

Ese es el verdadero mensaje de esta imagen: no importa el color de la mano, importa que esa mano encuentre un lugar donde pueda apoyarse sin miedo.

Y si algún día esas huellas desaparecen bajo una nueva capa de pintura, seguirán recordándonos una verdad tan sencilla como necesaria: las manos, los países y las generaciones cambian, pero la dignidad debería seguir siendo siempre la misma.