Grandes gestas españolas
La gesta de los Niños del Plus Ultra: la iniciativa humanitaria española que deslumbró al mundo
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Aunque hoy a muchos hablar del NODO les pueda oler a naftalina, lo cierto es que era un atractivo preludio de las películas que en los años 60 y 70 se exhibían en todos los cines. Desde las grandes salas de capitales a los cines de barrio, el NODO era una ventana en la que España contemplaba los logros de sí misma. O al menos los de esa España de la que el régimen estaba orgulloso o consideraba digno de destacar.
Y entre noticias de inauguraciones de pantanos, bailes folklóricos multitudinarios, hitos deportivos y anécdotas pintorescas, había una que conmovía de una forma especial a los españoles: la Operación Plus Ultra. Aunque se publicitaba en prensa, radio y televisión fue en el NODO donde más deslumbraba. Tal vez porque las pantallas cinematográficas de entonces eran inmensas o por la cadencia de los narradores que dejaban a un lado la grandilocuencia para adoptar un tono emocional y heroico. Sumergirnos en las vidas de aquellos niños nos provocaba una mezcla de magnetismo, admiración, y sobre todo orgullo. Eran héroes españoles de carne y hueso.
En aquellos tiempos, aunque sorprenda, en muchos cines era habitual que el público aplaudiera (como en Italia, tal y como plasma la deliciosa Cinema Paradiso). Y cuando aparecían los niños del Plus Ultra los aplausos reventaban la sala. Lógico. Se lo merecían más que nadie.
¿Qué era la operación Plus Ultra?
La Operación Plus Ultra era una empresa de hondo carácter humanista surgida del arrollador éxito del programa de la Cadena Ser Todo para los chicos. Respaldada por Iberia y la Confederación Española de Cajas de Ahorros buscaba premiar la abnegación y valores forjados en situaciones extremas de los niños españoles. Estuvo vigente de 1963 a 1977. En los periódicos se publicitaban los plazos de inscripción, la composición del jurado, el desarrollo del proyecto y la repercusión internacional.
La selección de los niños respondía a dos categorías: actos puntuales de heroísmo —rescatar a alguien de un incendio, auxiliar a un herido, intervenir en situaciones de riesgo— y la segunda, menos vistosa, pero más conmovedora: las trayectorias de sacrificio jalonadas de privaciones, desinterés y amor al prójimo. No se buscaban gestas espectaculares, sino la grandeza moral que emerge en la adversidad.
Estos solían ser niños que sostenían sus hogares con una dedicación meritoria de ser reconocida. Se convertían en auténticos cabezas de familia tras la enfermedad o muerte de los padres y recaían sobre ellos responsabilidades como cuidar a los enfermos, atender a los hermanos pequeños o familiares con discapacidad, asistir a los abuelos, realizar las tareas domésticas —compra, cocina, limpieza— e incluso aportar dinero mediante trabajos precarios. La Operación Plus Ultra, al visibilizar estas vidas, se convirtió en el espejo de una España donde la infancia era, demasiadas veces, una madurez prematura. No eran raros los niños que dejaban la escuela, sobre todo en el ámbito rural, para complementar la renta familiar. La España franquista no era una excepción. Ocurría en la mayor parte de la Europa de su tiempo y aún hoy se perpetua en el Tercer mundo.
Otros requisitos eran el tener entre siete y dieciséis años, nacionalidad española y ser presentados por instituciones escolares benéficas o asistenciales, médicos, párrocos, o por cualquier español que tuviera constancia de un hecho digno de ser valorado. Debían enviar una carta con su nombre, apellidos, edad y domicilio, y, sobre todo, la narración del acto —o de la trayectoria vital— que justificaba la candidatura. Era un procedimiento sencillo, pero revestido de solemnidad moral: se trataba de dar testimonio de una vida ejemplar. Llegaban centenares de todos los rincones del país y se seleccionaban solo dieciséis.
La Operación Plus Ultra se convirtió así en una especie de altar civil un espacio donde se reconocía la virtud en su forma más pura: la bondad que se ejerce sin testigos y sin más recompensa que el deber cumplido.
Franco recibe en el Pazo de Meirás a los niños de la operación Plus Ultra
De iniciativa nacional a empresa internacional
Los premiados, recibían un equipo completo de vestuario formal con chaqueta blazier y escudo bordado y otros más deportivos. Acompañados por representantes de Iberia, de la S.E.R. y enfermeras de la Cruz Roja comenzaban un periplo por España y el extranjero en flamantes jets de Iberia, que para eso era uno de los patrocinadores. Recibidos como príncipes, eran objeto de atenciones y agasajos en todos los sitios que visitaban: ayuntamientos, colegios, emisoras, teatros, aeropuertos, fábricas. Eran aplaudidos por autoridades y multitudes y cada parada era un homenaje.. En 1969 en Murcia hasta desfilaron en carrozas. Había dos platos estrella: la visita al Jefe del Estado en Meirás o en El Pardo y sobre todo en el mismísimo Vaticano al Sumo Pontífice. Conocieron entre otros a los entonces Príncipes de España y sus hijos, la Reina Fabiola o artistas como Julio Iglesias, Camilo Sexto, o a los Chiripitifláuticos que para los niños eran mucho más importantes.
La entonces Princesa Sofía, Chiripitifláuticos y niños del Plus Ultra
Los medios de comunicación recogían profusamente lo acontecido. Pero como hemos dicho sobre todo fue a través del NO-DO como pudimos viajar con los chicos, conocerlos físicamente, sus historias, los actos en las ciudades, a quién habían conocido, quiénes los habían recibido y se destacaba sobre todo las muestras de cariño que recibían.
Cartel de la película de Pedro Lazaga
El impacto fue tal que protagonizaron una película en 1966 dirigida por Pedro Lazaga. Aunque contaron con actores, las historias eran rigurosamente reales y se mostraba todo el proceso de principio a fin. El primer año, la Operación Plus Ultra fue nacional, pero tal fue la repercusión en el mundo que se abrió a países europeos e hispanoamericanos con la cooperación de las embajadas de Inglaterra y Alemania, Radio Europa, la BBC y asociaciones británicas de Boys-Scouts y Guide-Girls, y con el tiempo los niños se convirtieron en embajadores de Unicef.
Cameo de Santiago Bernabeu en la película de los Niños del Plus Ultra
Como muestra retazos de hechos y vidas ejemplares
Todos merecen ser recordados. Como ejemplos Miguel Ángel Jerez, un pequeño maño huérfano de madre que sostenía un hogar con un padre invidente, un hermano minusválido y otro de 9 años. Su vida era una jornada interminable de cuidados, y responsabilidad. Un vecino quien advirtió el heroísmo de aquel muchacho y propuso su nombre y cautivó al público por su humanidad. La prensa lo calificó como un «fuera de serie», aunque todos los seleccionados lo eran. Cuando la Casa Cola Cao regaló bicicletas a los premiados, Miguelito organizó que las cambiaran por sillas de ruedas para unos hermanos discapacitados. Su ciudad lo recibió como a un hijo ilustre y él declaró que solo quería estudiar para trabajar en la Caja de Ahorros y seguir cuidando de los suyos.
Como él, otros niños asumieron el deber como algo existencial. Francisco Lerma, en Picasent, cuidaba de su padre ciego y de un hermano pequeño: fregaba, lavaba la ropa, cocinaba, iba al mercado y compraba los cupones de su padre en la oficina de la ONCE. Sin poder ir a la escuela, aprendió a leer y escribir y las cuatro reglas. Julia Pérez, en Monzón, sostenía a su padre y a cinco hermanos, lavando, cosiendo, cocinando y recogía caracoles para aportar unas monedas. Julia Rodríguez Cuerda, en Casas del Lázaro, atendía sola a su madre parapléjica y ciega, y un día la salvó cuando cayó al fuego. Delfín Santana, de doce años, dirigía un pequeño bazar, lavaba y vestía a su padre enfermo, estudiaba con excelencia y soñaba con ser médico para aliviar el dolor ajeno. Sebastián Santiago «Chá», en Montaña Alta, se convirtió en el arriero más joven de la isla porque su padre discapacitado, ya no podía sostener el oficio. Caridad Aragón, con nueve años, se hacía cargo de ocho hermanos y de unos padres ciegos. Berta Isabel Cuadrado, su madre era limpiadora y ella atendía un abuelo de ochenta y dos años y un tío inválido. María José Baena, 14 años de Laujar de Andarax (Almería) cuidaba de sus padres minusválidos, de su hermano menor y de una tía anciana que vivía con ellos. Sola se encargaba de las tareas de la casa y, a la vez trabajaba en casas del pueblo para ganar algo de dinero. Pese a todo, iba al colegio y sacaba buenas notas. Juan Antonio García de Fuente de Cantos, llevaba cada día a la escuela a su amigo en silla de ruedas. Rosa María Martínez, en un centro de huérfanos de León, atendía con dedicación y ternura a una compañera con Síndrome de Down. Otro adolescente recorría kilómetros de madrugada para trabajar en una panadería antes de ir a la escuela, porque su salario era el único ingreso familiar.
Pero la epopeya infantil no se limitó al sacrificio doméstico. Se premió también el heroísmo que nace en un instante y decide una vida. Carmen María López, sevillana de nueve años, se arrojó a una alberca sin saber nadar para salvar a su hermana pequeña. En Miranda del Ebro, un niño de doce años se lanzó al río para rescatar a dos pequeños arrastrados por la corriente, y estuvo a punto de morir. José Luis García, madrileño, salvó a un compañero que se hundía en una zona de baño sin adultos presentes, lo arrastró a la orilla y sobrevivió. O el caso de Ana Galera cuando el rio Guadahortuna, se desbordó llevándose con él todo lo que encontraba en su camino. Cuando en su casa el agua le alcanzó las rodillas Ana sacó por la ventana a sus cinco hermanos pequeños, a un primo de seis meses y a su madre.
Desde Guinea llegó también la grandeza. Telesforo Eyegue de 13 años, al que llamaron entonces «el negrito de Guinea» cautivó al público. Estudiante de La Salle en Bata, participó en el rescate de treinta personas atrapadas en una barca. Él solo salvó a una anciana dada por desaparecida, atrapada entre matorrales de la ribera. Y los niños de entonces añadíamos que «lleno de tiburones». No fue el único africano: en 1968 se premió a otro joven que mató a un león a hachazos para salvar vidas.
Acciones de heroísmo
Algunos actos rozaron la tragedia. Carlos Betes, en Lloret de Mar, se arrojó al vacío desde unas rocas para salvar a su hermano caído al mar embravecido. Se fracturó ambas piernas, pero lo mantuvo a flote hasta que llegaron los auxilios. Mercedes Pérez, en Gijón, herida de gravedad tras un accidente, vendó su propio ojo sangrante y liberó a dos primos de corta edad, a su cuñada, y, por último, al hermano que conducía el coche. Antonio Rubio, en La Albuera, sacó con vida a su hermano pequeño de un chozo alcanzado por un rayo y recuperó el cuerpo de su padre. Mari Pili Romero de Badajoz salvó a una niña de cuatro años que cayó a un canal. O un muchacho que rescató de un pozo artesiano a un voluminoso notario murciano. Y tantos y tantos otros. Incluso hubo un ‘héroe’ gallego de Mestas (Orense) que seleccionado, no participó. Quiso quedarse con su madre y dar su plaza a otro niño que se lo merecía.
No fueron juguetes rotos
Los Niños Plus Ultra recordaban, años después, que aquella experiencia había sido la más maravillosa de sus vidas. No fueron como se dice hoy «juguetes rotos». Volvían a sus casas, a sus escuelas, a su rutina, pero todo había mejorado porque su realidad ya no era invisible. La Caja de Ahorros les dio becas, ayudas, oportunidades, empleos a futuros e incluso llegaron adopciones para los huérfanos. Pero lo importante no fue lo material, sino haber sido reconocidos por una valentía que brotó de la pureza de sus corazones.
La Operación Plus Ultra fue considerada la iniciativa humanitaria más relevante de la Europa de su tiempo, el non plus ultra del comportamiento moral. Sociológicamente en su trasfondo se reflejó la España que fuimos: una nación que creía en la dignidad, el esfuerzo y la responsabilidad compartida. Con una grandeza que rara vez se reconoce padres con pluriempleo, madres entregadas con vocación de servicio familiar, niños obligados a madurar y a ser héroes sin saberlo, reedificaron una España devastada. Con su sacrificio escribieron una de las páginas más honorables de nuestra historia: la gesta de generaciones que tras una guerra enterraron odios, y uniendo voluntades eligieron construir antes que dividir y supieron avanzar sin rencores.