Playa de El Sardinero en 1930
Picotazos de historia
De los baños de Isabel II al turismo de masas: así nació el veraneo en las playas españolas
El galeno de palacio recomendó «baños de olas» para alivio y curación del mal durante los meses más cálidos del año. Así que ese año la familia real rompió su tradición de pasar los meses de verano en el Real Sitio de La Granja y, en su lugar, hizo las maletas camino de San Sebastián
Tengo que confesarles que no me gusta la playa. Mejor dicho, no me gustan las masas de gente que se congregan en ella. Donde muchos ven un lugar de descanso y diversión –es lo que nos venden, ¿no?–, yo me noto rodeado de miles de toneladas de carne en distintos estados de deterioro.
Sin embargo, nacido y criado en San Sebastián, conocí otra época. Aquella en la que la playa reunía gente, pero no masas. Donde Ramón, el bañero, sabía quién eras y te contaba sus aventuras mientras abría las carpas o te instalaba una de las amplias sombrillas de tela que custodiaba.
Cuando a los hidropedales, que se alquilaban junto a la orilla, se les denominaba velomares y los más elegantes decían «pedaló». Cuando un anciano matrimonio vendía caramelos a la chiquillería de la playa de Ondarreta junto con unos sensacionales barquillos en forma de abanico y unos pirulíes de caramelo absolutamente caseros.
Obviamente, esto último se fue a la porra cuando aparecieron los certificados de control de calidad, de manipulación de alimentos, los de calidad y seguridad alimentaria, etc. Toda la burocracia que fríamente aniquiló lo más humano de la actividad y los restos de una época.
Todo lo anterior viene a cuento para hacerles notar que el nadar existe desde la noche de los tiempos –existen pinturas rupestres en Gilf Kebir (Egipto) con 6000 o 9000 años de antigüedad y piscinas para nadar en la ciudad de Mohenjo-Daro, del 2800 a. C.–, como prueban bajorrelieves asirios que muestran a estos nadando con una técnica muy parecida a la braza actual.
Julio César animaba a sus tropas a aprender a nadar, pues les resultaría muy útil cuando tuvieran que vadear ríos, especialmente durante la época de crecidas. El primer libro conocido que nos habla sobre la natación se publicó en 1538 y fue impreso por su autor, Nikolaus Wynmann. El libro es conocido como el Colymbetes (el nadador, en griego), que es la fórmula sencilla del título, ya que entonces solían ser bastante largos.
El libro, además de describir la técnica de lo que hoy conocemos como braza para la práctica del lector, nos describe artilugios tan prácticos para el neófito en tal arte como los flotadores de vejigas de animal infladas o los cinturones con corcho.
Piensen que entonces el nadar, si bien podía llegar a ser práctico, no era popular. Había que desnudarse y eso chocaba con la modestia personal; la climatología hacía que estas prácticas fueran más o menos tolerables –cuando los islandeses aceptaron bautizarse, en torno al año 1000, decidieron hacerlo en aguas termales, ya que hacerlo en las gélidas aguas de la zona no les apetecía–; incluso entre los marinos –en teoría, los más interesados en aprender–, la idea era discutida.
Unos pensaban que podía darte una oportunidad de salvarte; la mayoría pensaba que, en caso de naufragio, servía para alargar la agonía. Además, muchos creían que eso de bañarse no podía ser sano.
En el siglo XVII, Guy-Crescent Fagon, médico y cirujano de Luis XIV, que hábilmente había operado una fístula que amargaba la vida al Rey Sol, recomendó a Su Cristianísima Majestad que tomara, al menos, dos baños semanales. Toda la corte se horrorizó cuando lo supo. ¡Quieren matar al rey!
Pero la compleja relación del ser humano con el agua alcanza un nuevo grado de complejidad en la década de 1820. En ese tiempo, María Carolina de Borbón-Dos Sicilias, duquesa viuda de Berry, abrazó con entusiasmo la extravagante moda de los «baños de mar», que unos años antes habían creado los ingleses.
Financió y promocionó los establecimientos que para tal fin se levantaron en Boulogne-sur-Mer y Dieppe, construidos a semejanza del decano de todos ellos: el de la ciudad inglesa de Brighton, de 1783.
Los baños de la señora duquesa, los primeros documentados que se practicaban simplemente por diversión, estaban estrictamente supervisados por el médico de la casa de baños –el del establecimiento de Dieppe, que se llamaba Les Bains de Caroline en honor de la señora duquesa, era el doctor Mourguet– durante los ocho escalofriantes minutos que duraba la experiencia. Las señoras se cambiaban en el interior de unas casetas con ruedas que eran arrastradas hasta la orilla.
Litografía de 1859 que muestra el «Établissement des bains de mer» (Establecimiento de baños de mar) en Dieppe, Francia
La duquesa de Berry era un importante miembro de la familia real francesa, motivo por el cual sus actividades y traslados eran seguidos con gran atención por la corte y las clases más privilegiadas. Muy pronto, familias enteras y, con ellas, el personal de servicio, amigos, parientes, etc. –lo que se conocía como séquito– abandonaban la capital francesa para pasar los meses de verano en la costa, donde podían disfrutar de un clima más benigno y practicar los «baños de mar» que tan en boga estaban.
En España, esta costumbre se instaló y empezó a desarrollarse a partir de 1845. La culpable fue una infección de tipo dérmico, leve pero incómoda, que tenía triste a Su Católica Majestad doña Isabel II. El galeno de palacio recomendó «baños de olas» para alivio y curación del mal durante los meses más cálidos del año. Así que ese año la familia real rompió su tradición de pasar los meses de verano en el Real Sitio de La Granja y, en su lugar, hizo las maletas camino de San Sebastián.
Esta ciudad ya era conocida por la familia real, puesto que el Infante don Francisco de Paula –el hermano de Fernando VII, cuyo llanto, cuando era niño, por no querer abandonar Madrid fue el detonante de la sublevación del 2 de mayo de 1808– había disfrutado con su familia de las aguas, el clima y la hospitalidad de los habitantes de la Bella Easo.
Aspecto de la playa de San Sebastián en 1908
La costumbre del veraneo cobraría fuerza en 1847 con el traslado, por tal motivo, de la familia real a Santander. De esta manera, se consolidaron estas dos ciudades como los centros de veraneo de las clases altas.
Desde ese punto en adelante, ya conocen ustedes la historia, en especial a partir de los años cincuenta del siglo pasado, cuando las vacaciones empezaron a ser una especie de obligación que generaba un éxodo desde el interior hacia la costa.
Así, muy por encima y esquemáticamente, se inició el horror que hoy –usted, sufrido ciudadano– ha de superar para poder plantar la sombrilla en un palmo de arena de la playa, con el mismo sentimiento que debieron de tener los marines americanos cuando levantaron su bandera en la cima del monte Suribachi, en Iwo Jima.