Interior de una mezquita en Córdoba (circa 1880), Edwin Lord Weeks , Museo de Arte Walters.

Picotazos de historia

Califas asesinados, depuestos y sustituidos: así se desintegró el Califato de Córdoba

Tras la muerte de Almanzor, el Califato de Córdoba entró en una espiral de golpes, asesinatos y cambios de poder que acabó por desintegrarlo en apenas tres décadas

Tras la muerte del gran Almanzor, en el año 1002, le sucedió como chambelán del califa su hijo Abd al Malik, a quien su padre había estado preparando desde pequeño.

Abd al-Malik fue un gran guerrero, pero fue más soldado que político. Prefirió dejar las cuestiones internas del gobierno en manos de gente de su confianza, pero no por ello fue un descuidado, como bien prueban los cuatro intentos de asesinato y conspiraciones que descubrió y desmanteló de manera inmisericorde.

En el año 1008 llevó a cabo una aceifa o incursión dentro de las tierras de Castilla. Era la octava cosecha que realizaba tras la muerte de su padre y su resultado fue incierto. Lo que es seguro es que volvió enfermo, como le sucediera a su padre, y falleció cerca de la ciudad de Córdoba en circunstancias sospechosas. Fue enterrado en Medina Zahara, y su medio hermano Abderramán Sanchuelo le sucedió en los cargos.

Sanchuelo se acercó al califa Hishán II, quien vivía en una cárcel dorada, rodeado de lujos y placeres, para que abandonara el poder en manos de la familia de Almanzor. Cuando se sintió seguro, se hizo nombrar heredero del califa, lo que soliviantó a las viejas familias y a los eslavos y bereberes, quienes formaban el elemento principal del ejército. Otra actuación de Sanchuelo que molestó mucho fue obligar a la gente a abandonar el bonete árabe para adoptar el turbante bereber, con idea de ganarse el apoyo de este grupo.

Sanchuelo partió a primeros de febrero de 1009 en aceifa contra Castilla. No había llegado a la frontera con el condado cuando le llegaron noticias de una rebelión que había depuesto a Hishán II y elevado al califato a su primo bisnieto de Abderramán III, Muhamed II.

La primera orden del nuevo califa fue la de arrasar Medina Zahara. El saqueo y la destrucción produjeron algo menos de ocho millones de dinares de oro y una pérdida artística invaluable. Sanchuelo empezó a ver cómo las filas de sus seguidores clareaban con cada nuevo día.

Entrada a la mezquita (1885), Edwin Lord Weeks

Al final sería capturado junto con el único aliado que se mantuvo firme junto a él: el conde García Gómez, del linaje de los Beni Gómez, condes de Saldaña, Carrión y Liébana. Los prisioneros fueron decapitados y sus cuerpos, crucificados ante las puertas del palacio del califa.

Muhamed II no supo ganarse el apoyo de las grandes familias –los baladíes—, que abandonaron la corte instalándose en las zonas que controlaban. Se sembraba, de esta manera, la semilla de los reinos de taifas. Fue derrotado por un primo, por lo que su reinado duró del 15 de febrero de 1009 al 1 de noviembre de ese año.

El derrocado califa buscó asilo en Toledo. Desde allí negoció alianzas con el conde de Barcelona y, con este apoyo, derrotó a su enemigo, le cortó la cabeza y volvió a instalarse como califa de Córdoba. Este segundo reinado fue más breve, ya que solo duró del 10 de mayo de 1010 al 23 de julio de ese año.

A Muhammad II le sustituyó Hishán II, que había demostrado ser más duro y resoluto de lo que nadie jamás sospechó, pero que no dejó de ser la excusa de cierto general bereber para ejecutar a Mohamed II.

El Gobierno de Hishán II duró tres caóticos años y terminó con el saqueo de Córdoba por las tropas bereberes, que instalaron en el trono a Suleimán al Mustaín, otro bisnieto de Abderramán III.

La civilización del califato de Córdoba en tiempos de Abd al-Rahman III, de Dionís Baixeras

El nuevo califa apenas tuvo tiempo de conceder privilegios y autonomías a las familias baladíes, que cada vez controlaban más el califato, dejando al califa la ciudad de Córdoba y una extensión de territorio a su alrededor. Básicamente, gobernaba lo que podía controlar y defender.

Uno de estos baladíes fue el gobernador de Ceuta, de nombre Alí ben Hamud al Nasir, que tomó Córdoba al mando de un ejército y, el 13 de julio de 1013, decapitó al califa, convirtiéndose él mismo en califa (¿se acuerda de los tebeos del gran visir Iznogud?).

Alí ben Hamud al Nasir fue asesinado el 22 de marzo de 1018 y Abderramán IV fue elegido nuevo califa. Por cierto, jamás puso los pies en la ciudad de Córdoba, ya que la ciudad la controlaba un hermano del difunto –de nombre Al Casim al Mamún– desde Sevilla. En teoría, la legitimidad estaba con Abderramán IV, pero eso no sirvió de nada cuando, en Guadix, ese mismo año, fue traicionado y muerto.

El gobierno del califato se había desintegrado, de manera que los Hamudíes —los al Hamud— controlaban un amplio territorio con el gobierno en Sevilla; los Omeyas controlaban la zona este, con las sedes administrativas y de gobierno en Jerez y Tarifa.

Nadie quería Córdoba, donde los levantamientos e insurrecciones se habían vuelto endémicos. Un ejemplo lo tienen en el caso del omeya Abderramán V. Este califa fue elegido por los cordobeses el 2 de diciembre de 1023 y asesinado, por los mismos que le eligieron, el 17 de enero del año siguiente.

El último califa fue Hishám III, que reinaría desde 1027 hasta 1031. Fue derrocado y expulsado de la ciudad por unos indignados cordobeses, a quienes había esquilmado sin piedad alguna. Hishán III acabó encontrando refugio en la taifa de Lérida, donde le perdemos la pista.

El hombre fuerte en Córdoba, el principal responsable de la expulsión de Hishán III, era Abú al Hazm, de los Banu Yawar. Asumió el gobierno, declarando extinto el califato y dando lugar a la taifa de Córdoba, convirtiéndose en rey, en todo menos en el nombre.

En 1031, el otrora poderoso califato omeya, que gobernaba Al-Ándalus y buena parte del Magreb desde su capital en Córdoba, había quedado desintegrado en una treintena de territorios –algunos limitados a la mera ciudad y su municipio o alfoz– gobernados por representantes de los diferentes linajes andaluces, bereberes o de origen eslavo o visigodo/hispanorromano.

Estos pequeños reinos no podrían competir contra el pujante avance de Castilla y Aragón, las puntas de lanza de la Reconquista de los reinos cristianos del norte. Pero, como decía Kipling, eso ya es otra historia.