La batalla de Krasny Bor
El capitán de la División Azul que arengó a sus soldados en Krasny Bor al grito de «¡Que somos españoles!»
Al frente de la 3.ª Compañía del Regimiento 262, sostuvo una posición prácticamente imposible frente a un enemigo muy superior en número y en material bélico, resistiendo hasta caer mortalmente herido mientras animaba a sus hombres a continuar la lucha
La mañana del 10 de febrero de 1943 quedó grabada para siempre en la historia de la División Azul. Aquel día, durante la batalla de Krasny Bor, una de las acciones más duras y sangrientas de cuantas protagonizaron los voluntarios españoles en el frente ruso, el capitán Manuel Ruiz de Huidobro Alzurena escribió una de las páginas más heroicas de la historia militar española contemporánea.
Al frente de la 3.ª Compañía del Regimiento 262, sostuvo una posición prácticamente imposible frente a un enemigo muy superior en número y en material bélico, resistiendo hasta caer mortalmente herido mientras animaba a sus hombres a continuar la lucha al grito de «¡Que somos españoles!».
Manuel Ruiz de Huidobro Alzurena
La unidad que mandaba Huidobro apenas contaba con unos 120 soldados para cubrir un frente de aproximadamente dos kilómetros. Ante ellos se desplegaban las fuerzas soviéticas, que habían concentrado una enorme potencia de fuego en el sector.
Desde las primeras horas de la madrugada, la artillería rusa sometió las posiciones españolas a un bombardeo ininterrumpido, un infierno de acero que anunciaba el apocalipsis de la ofensiva soviética. Miles de proyectiles cayeron sobre trincheras, refugios y observatorios, levantando columnas de tierra y nieve que transformaron el campo de batalla en un auténtico infierno.
En medio de aquel diluvio de fuego, el capitán Ruiz de Huidobro no permaneció a cubierto. Recorrió constantemente las posiciones de su compañía, supervisando la defensa y alentando a sus hombres. Consciente de que la infantería soviética contaba, además, con el apoyo de carros de combate, dispuso una reducida reserva móvil de diez especialistas antitanque para acudir con rapidez a los puntos más amenazados del frente.
Desde su observatorio estableció el puesto de mando y transmitió por radio la gravedad de la situación. Sus comunicaciones reflejaban la magnitud del asalto que se avecinaba. «El enemigo ataca en grandes masas. Barrera de artillería delante de la posición y sobre el bosque», informó a sus superiores mientras observaba la progresión de las tropas de Stalin.
Los primeros asaltos fueron rechazados gracias a la firme resistencia de los defensores. A pesar de la desproporción de fuerzas y de las pérdidas sufridas por el fuego artillero, los españoles consiguieron contener dos ataques consecutivos.
Sin embargo, el enemigo no cesaba de enviar oleadas de hombres que se estrellaban contra las posiciones divisionarias. Cada nueva oleada llegaba precedida por nuevas descargas de artillería que reducían poco a poco la capacidad defensiva de los combatientes.
El tercer ataque resultó especialmente peligroso. Los soviéticos emplearon lanzallamas para abrir brechas en la línea española y avanzaron desde el bosque aprovechando la cobertura que les proporcionaban el humo y la devastación producida por los bombardeos. Varias posiciones quedaron aisladas y algunas unidades sufrieron pérdidas muy severas.
Fotografía coloreada de soldados de la División Azul cerca de Krasny Bor en 1943
Fue entonces cuando la figura del capitán Huidobro adquirió una dimensión legendaria. Lejos de ceder al desaliento, recorrió una vez más las trincheras, reorganizando la defensa. Reagrupó a los supervivientes de otra compañía prácticamente aniquilada y distribuyó a los hombres allí donde la situación era más crítica. Sus acciones permitieron mantener la cohesión de la línea en unos momentos en los que todo parecía indicar que el frente iba a romperse.
Al advertir que su flanco derecho comenzaba a quedar descubierto, tomó una decisión arriesgada. Despreciando el intenso fuego enemigo, subió al parapeto de la trinchera para observar mejor el desarrollo del combate y transmitir órdenes directas a sus subordinados. Desde aquella posición, completamente expuesta a las balas y a la metralla, se dirigió a los defensores con las palabras que pasarían a la historia: «¡Que somos españoles! ¡Esto no es nada!».
Unidades españolas de la División Azul son trasladadas a un sector del frente oriental en 1943
Aquella arenga elevó la moral de unos soldados agotados por horas de combate. El alférez Duque, responsable de la sección antitanque, logró hacerlo descender de la posición expuesta, consciente del peligro que corría. Pero Huidobro continuó dirigiendo la resistencia con la misma serenidad y energía. Ordenó economizar la munición y prohibió abrir fuego salvo sobre objetivos seguros, una medida indispensable en una defensa que se prolongaba ya durante horas.
Poco después transmitió su último mensaje por radio. Sus palabras reflejaban tanto la dureza del combate como la extraordinaria moral de sus hombres: «El enemigo continúa atacando en grandes masas; barrera de artillería delante de la posición. Moral elevada. Sin novedad». Era el parte de un jefe decidido a cumplir con su deber hasta el final.
Minutos después, el capitán Manuel Ruiz de Huidobro y Alzurena cayó herido de muerte. Según los testimonios de quienes compartieron con él aquellas horas decisivas, agonizó animando a sus soldados a mantener la resistencia frente al enemigo. Su sacrificio contribuyó al éxito defensivo español en Krasny Bor, donde unidades muy inferiores en número lograron contener durante horas el empuje soviético, cubriéndose de gloria.
La trayectoria militar de Huidobro ya había estado marcada por el valor mucho antes de su marcha al frente ruso. Al estallar la Guerra Civil, se alistó como voluntario en las milicias de Primera Línea de Falange Española en Valladolid.
En septiembre de 1936 combatió en el frente de Ávila y destacó especialmente en las operaciones del Alto del León, donde realizó acciones de tal relevancia que fue propuesto en dos ocasiones para la Medalla Militar Individual, distinción que finalmente le fue concedida.
Su carrera continuó con los ascensos a alférez provisional y, posteriormente, a teniente provisional. Más tarde realizó en Tauima el curso de capacitación para el empleo de capitán provisional, confirmando una trayectoria militar caracterizada por el liderazgo y el espíritu de sacrificio.
Por su comportamiento en Krasny Bor recibió, a título póstumo, la Cruz Laureada de San Fernando, la máxima recompensa militar española al valor heroico.
Su nombre quedó así inscrito entre los grandes héroes de la historia militar de España, recordado especialmente por aquella frase pronunciada bajo el fuego enemigo que todavía hoy resume su actitud ante la adversidad: «¡Que somos españoles!».