Fernando Suárez durante su jura ante las Cortes como ministro en 1975
Los ministros franquistas que murieron con las botas puestas (I)
A lo largo de casi cuatro décadas el general Franco nombró su consejo de ministros como indiscutible árbitro que repartía carteras entre las distintas «familias» que respaldaban su régimen. En la primera mitad del régimen dos ministros murieron en el ejercicio del cargo y otros dos muy poco después de su relevo
Con el fallecimiento de Fernando Suárez en abril de 2024 se cerraba un capítulo de la reciente historia de España. A partir de esa fecha no queda vivo ningún ministro de la dictadura franquista. Conocer aquellos gabinetes ayuda a explicar el funcionamiento de un régimen y, a veces, permite descubrir llamativos episodios de entrega.
Hubo un eterno y frustrado aspirante a la cartera ministerial que señaló cómo Franco, de alguna forma, reprodujo la pluralidad de las cámaras legislativas liberal-democráticas en sus distintos Ejecutivos, siempre de equilibrio entre las distintas «familias» (o grupos ideológicos y canteras políticas) que se habían sumado al levantamiento de julio del 36 y, concluida la Guerra Civil, prestaron su decisivo respaldo a la construcción del nuevo Estado. En el singular «mini-parlamento» autoritario coincidían, no siempre bien avenidos, monárquicos alfonsinos, carlistas, falangistas o democristianos.
Ocurrió así desde el principio, pues a la Junta Técnica, creada al principio de la Guerra para poner en pie un «Estado campamental», sucedió en enero de 1938 el primer Gobierno del general Franco, que hasta 1973 se reservó la Presidencia. Con la mitad de las carteras que el gabinete actual del doctor Sánchez Pérez-Castejón, incluía al general Gómez-Jordana como vicepresidente, un cargo que a su cese desaparecería y no sería restablecido hasta 1962.
Martínez Anido, los viejos soldados nunca mueren
En aquel primer Gobierno la secretaría del Consejo correspondió entonces a Ramón Serrano Suñer.
El «cuñadísimo» había tenido la habilidad de asumir Interior desembarazándose de la antipática competencia sobre Orden Público, concedida a un duro de la Monarquía alfonsina: el general Martínez Anido.
Severiano Martínez Anido, nacido en Ferrol (La Coruña) en 1862, veterano de las campañas de Filipinas y Marruecos, había dirigido la Academia Militar de Toledo y se distinguió como expeditivo gobernador militar y civil de Barcelona (1919-1922), donde reprimió con draconiana diligencia (y el discreto asenso de Cambó y la burguesía industrial catalana) al pistolerismo anarquista. De aquellos años fue la aplicación de la controvertida Ley de Fugas (la ejecución extrajudicial de un detenido al que se facilitaba la huida y no respondía a la voz de alto).
Juzgado en rebeldía por el Tribunal de Responsabilidades constituido en la Segunda República, al estallar la Guerra Civil regresó a España y se puso a disposición de los alzados. Como se ha indicado, en enero de 1938 se hizo cargo del Ministerio de Orden Público.
Aunque anciano y mermado en sus facultades, su designación fue utilizada con efecto propagandístico al asociarse a una represión sin contemplaciones. Pese a la brevedad de su mandato, aún le dio tiempo a suscribir un acuerdo de cooperación policial con la Alemania nazi. Falleció en el ejercicio del cargo la Nochebuena de ese mismo año y fue inhumado en un panteón del cementerio de Valladolid que, erigido exprofeso, representaba un gran proyectil de artillería.
Martínez Anido fue uno de altos cargos imputados por el juez Baltasar Garzón en el pintoresco sumario contra el franquismo
A su muerte, desapareció el Ministerio de Orden Público, cuyas competencias pasaron a un nuevo superministerio que recuperó la denominación de Gobernación y asumió el citado Serrano Suñer. Martínez Anido, setenta años después de su muerte, fue uno de los treinta y cinco altos cargos imputados por el juez Baltasar Garzón en el pintoresco sumario contra el franquismo que abrió el después inhabilitado magistrado.
El conde de Jordana, un fatal accidente de caza
Francisco Gómez-Jordana (Madrid, 1876), hijo de general, pertenecía a una generación anterior a la de Franco, de quien por talante y edad, no era ni un entusiasta ni mucho menos un crítico acérrimo. Obtuvo el título condal de Alfonso XIII a raíz de su participación en el desembarco de Alhucemas y sus responsabilidades en el Protectorado.
El 14 de abril de 1931 se desempeñaba precisamente como alto comisario en Marruecos. Inhabilitado por la Segunda República, se acogió a la Ley Azaña de retiro. Como teniente general de la Monarquía, fue probablemente el militar de mayor graduación que, uniéndose a los alzados tras el 18 de julio, no se implicó en ninguna de las conspiraciones previas a la Guerra.
Sorprendido de vacaciones en San Rafael (Segovia) al estallar el conflicto, se unió a las filas franquistas y, como se ha indicado, fue nombrado vicepresidente en el primer Gobierno de Franco, en el que asumió también la cartera de Exteriores.
Monárquico, católico y conservador, el veterano y convencional Jordana representaba en todos los sentidos el contrapunto al fascistizado Serrano Suñer
Aunque, según Tusell, más reacio a todo tipo de fascistización que anglófilo, representó «un primer intento de normalización diplomática de la España de Franco» hacia el exterior. Así se entiende su acercamiento a los sectores conservadores y católicos británicos y franceses, así como su estricta apuesta neutralista con motivo de la crisis de los Sudetes (que tanto enfureció a Hitler).
Monárquico, católico y conservador, el veterano y convencional Jordana representaba en todos los sentidos el contrapunto al fascistizado Serrano Suñer, un joven atractivo, brillante y enérgico que, traumatizado por el asesinato de sus hermanos durante la Guerra Civil, postulaba la entrada española en el conflicto mundial del lado del Eje.
Paradójicamente, si Serrano lo apartó en el verano del 39 a la Presidencia del Consejo de Estado, sería el conde de Jordana quien relevaría al «cuñadísimo» al frente de Exteriores en septiembre de 1942.
Desde entonces imprimiría al régimen una política de retorno a la neutralidad marcada por la profesionalización de los destinos diplomáticos y una prudencia que en ocasiones había abandonado al propio Franco por causa del vértigo de los acontecimientos.
En el transcurso de su mandato los Aliados desembarcaron en el norte de África evitando invadir el Protectorado español (la del 8 de noviembre de 1942 fue la noche más comprometida para Franco, que la pasó rezando en la capilla de El Pardo), se evitó que el régimen se viera arrastrado por la caída del fascismo italiano (aunque algunos falangistas señalaran el carácter premonitorio del 8 de septiembre de 1943 para España) y la División Azul fue repatriada.
El 23 de julio de 1944 el ministro sufrió un accidente de caza al que inicialmente no se dio mucha importancia. Al caerse tras disparar sobre un conejo el conde de Jordana se golpeó en la cabeza sin consecuencias. Los médicos no repararon en que había sido más grave el impacto contra el bazo. El 3 de agosto una hemorragia abdominal le provocaba una isquemia y moría en San Sebastián, donde se encontraba como ministro de jornada junto a Franco.
Al convencido neutralista, que condujo al país hacia una «benévola neutralidad» hacia los Estados Unidos, le sucedió un significado pronazi como el acomodaticio José Félix de Lequerica (complicado, como embajador en París, en el armisticio de Compiègne), al que ahora las circunstancias le llevaban al entusiasmo hacia los Estados Unidos de América. El templado Jordana también figuraría en la rocambolesca lista de procesados por el hoy ex juez Garzón.
Arias-Salgado y Cavestany, víctimas del Ministerio
Es paradójico que la primera etapa del régimen, cerrada con la irrupción de los «tecnócratas» a finales de los años cincuenta, coincidiera también con el óbito de dos ministros al poco de recibir la visita del motorista habitual procedente de El Pardo. Macabra bajada del telón, sin duda.
Gabriel Arias-Salgado (Madrid, 1906), licenciado en Clásicas y doctor en Filosofía, accedió al Gobierno en la crisis de 1951 como titular del nuevo departamento de Información y Turismo. Regía desde la Guerra Civil un texto inquisitorial, la Ley de Prensa de 1938, y, lejos de aliviarse el yugo, pareció recrudecerse con la concentración en el citado Ministerio de todas las direcciones de Prensa y Radiodifusión.
Antes integrista católico que rara avis falangista (había dirigido el vallisoletano diario Libertad en la Guerra y ocupado el Gobierno Civil de Salamanca), Arias-Salgado, en calidad de vicesecretario de Educación Popular, había sido el máximo responsable de la censura (y la propaganda) entre 1941 y 1945, cuando ésta se había ligado significativamente al Partido.
De nuevo acudió a un antiguo colaborador, el veterano jonsista Juan Aparicio. Este último entendía su acción más ligada al nacionalsindicalismo (y a un visceral antimonarquismo), pero no compartía quizá la «teología de la información» de raíces tomistas de su jefe, que creía la censura una labor misional encaminada a la redención y salvación eterna de las almas españolas.
Arias creía sinceramente que Stalin disponía de hilo directo con el príncipe de las tinieblas a través de un pozo situado en el Cáucaso
Pese a que el anticomunismo había salvado al régimen y éste se encaminaba hacia el Pacto con los Estados Unidos y el Concordato con la Santa Sede, Arias-Salgado asumía una represión trentina de la prensa que le llegó a enfrentar con el cardenal Herrera, más inclinado hacia una censura más o menos razonada y basada en la doctrina pontificia de una «libertad responsable».
La permanencia de un reaccionario al frente de la emergente política turística y de una prensa que demandaba limitadas cotas de alivio, se hizo insostenible. Arias creía sinceramente que Stalin disponía de hilo directo con el príncipe de las tinieblas a través de un pozo situado en el Cáucaso.
Fue el propio ministro y su perenne celo los que ocasionaron su relevo a raíz de la cobertura oficial del Congreso de Munich celebrado en junio de 1962. La reunión, en realidad un acuerdo bastante ingenuo entre los democristianos de Gil-Robles y los socialistas de Llopis (con posible respaldo al juanismo monárquico como alternativa a Franco) desencadenó una desaforada reacción de la prensa oficialista en España, que tildó al encuentro de «contubernio». La cabeza política del titular de Información y Turismo debía caer en un momento en que España acababa de solicitar formalmente la adhesión al Mercado Común.
Relevado por Fraga Iribarne el 11 de julio de 1962, Arias-Salgado falleció a consecuencia de un infarto de miocardio que le sobrevino en las escaleras de su domicilio apenas unos días después. Vivamente impresionado, el de natural impávido Franco ordenó al vicepresidente Muñoz Grandes que presidiera las exequias y comentó a un colaborador: «Tal vez le hayamos anticipado la muerte».
En el mismo Gobierno de 1951 también se había estrenado un nuevo ministro de Agricultura, el falangista Rafael Cavestany de Anduaga (Madrid,1902).
Ingeniero agrónomo y fundador de la Compañía Agrícola y Forestal (CAIGFE) en la Guinea entonces española, desarrolló una exitosa carrera profesional que le llevó a la vicepresidencia del Instituto Internacional del Vino y a relevantes viajes a Norteamérica, Francia y Alemania. Teniente provisional durante la Guerra, entre 1940 y 1945 desempeñó la jefatura del Sindicato Nacional de Frutos y Productos Hortícolas y, en consecuencia, fue ocupó un puesto como procurador en Cortes.
Muy trabajador y de personalidad arrolladora, acometió la liberalización interior e internacional del campo español, que modernizó reduciendo su población activa sobre la base de una consigna: «menos agricultores y mejor agricultura».
Promotor de una verdadera revolución legislativa en el sector primario, impulsó, tal y como recoge el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, extraordinarios avances en materia de «colonización, riegos, concentración parcelaria, repoblación forestal, mejora de los cultivos, conservación y mejora de suelos, fincas manifiestamente mejorables, unidades mínimas de cultivo, fincas ejemplares y arrendamientos rústicos protegidos».
Autor del Plan Badajoz, uno de sus más estrechos colaboradores afirmaría que «será difícil encontrar un ministro que desde la toma de posesión quisiera hacer más y tan aprisa. (...) Por algo le llamaron ministro de propulsión a chorro».
A su juicio, fue «el mejor ministro de Agricultura de Franco y es posible que esa sea la opinión más generalizada entre los agricultores». Cavestany no se entendía con el responsable de Comercio, Manuel Arburúa, de tal forma que estuvo a punto de llegar a las manos con él en algún consejo de ministros.
Destituido en febrero de 1957, falleció el 17 de julio del año siguiente a consecuencia de un infarto de miocardio provocado por no respetar las indicaciones de una delicada prueba médica. Sus restos mortales fueron inhumados en el Monasterio cisterciense de Santa María de la Santa Espina, ubicado en La Santa Espina, la localidad que, adscrita al municipio de Castromonte, él mismo había creado para contribuir al desarrollo agrario de la zona. Miles de labradores asistieron al sepelio en las naves del templo gótico.