Cubierta de 'Spain wasn't so different'
'Spain wasn't so different': el franquismo como hegemonía cultural
Una obra coral sobre los mecanismos de legitimación del franquismo demuestra que el poder blando del régimen fue tan decisivo como su aparato coercitivo
En un tiempo en el que la historiografía busca alejarse de simplificaciones, Spain wasn't so different se presenta como una obra coral ambiciosa que analiza los mecanismos de legitimación del franquismo desde una perspectiva amplia y multidisciplinar. El volumen, firmado por varios autores, transita con solvencia desde el estudio del poder coercitivo hacia las formas más sutiles de aceptación social, es decir, hacia el terreno del llamado poder blando donde se busca más la aquiescencia que la imposición.

Ediciones Trea (2026). 290 páginas
Spain wasn't so different
Antes de entrar en su contenido, es difícil no detenerse en una cuestión simbólica: su título en inglés. Más allá de la evidente voluntad de proyección internacional, este detalle revela hasta qué punto el poder blando anglosajón sigue condicionando incluso la producción académica de otras culturas. Es, quizá, la única crítica clara que se le puede hacer a una obra, por lo demás, notablemente cohesionada.
Puede considerarse una obra sobre la legitimación del poder. Se articula en torno a una idea central: el franquismo no puede entenderse únicamente como un régimen sostenido por la represión, sino como un sistema que evolucionó hacia formas de legitimidad basadas en la aceptación social y la hegemonía cultural. A mayor legitimidad, menos necesidad de utilizar la fuerza. Hay una correlación entre las ideas imperantes en una sociedad y la fórmula de legitimidad que justifica el poder. Los principios de legitimidad tienen por finalidad liberar al poder, y a sus súbditos, del miedo recíproco, reemplazando, progresivamente, sus relaciones de fuerza por el consentimiento.
Desde una introducción de carácter político —en el mejor sentido del término—, el volumen abre un recorrido que sitúa al lector en el contexto de las relaciones internacionales de las dictaduras ibéricas. A partir de ahí, plantea el tránsito desde un poder estrictamente dominador hacia modelos más complejos en los que la legitimidad se construye mediante la interiorización de valores proyectados por el propio régimen.
Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para abordar el poder blando desde ángulos poco habituales. Especialmente sugerente resulta el análisis de la diplomacia cultural, las relaciones exteriores, y, de forma deliciosa, la gastronomía como herramienta política, uno de los capítulos más originales del volumen: la mesa —literalmente— se convierte en espacio político. Las visitas oficiales, los protocolos y la construcción simbólica del Estado se proyectan también en el acto cotidiano de comer. El poder, parece decirnos la obra, también se ejerce y se representa en los gestos aparentemente más triviales. El resultado es un enfoque casi sensorial de la política, donde el lector puede «saborear» lo que podríamos denominar, con acierto, las recetas del poder.
Cultura, mujer y construcción de imaginarios. La obra se despliega con especial delicadeza al abordar la representación de la mujer durante el franquismo, tanto en su primera etapa como en su evolución posterior. Este análisis se articula a través del cine y, posteriormente, de la televisión, entendidos como herramientas fundamentales en la construcción de modelos sociales. El cine, en este sentido, se muestra como paradigma de esa narrativa visual. No es casual que Zbigniew Brzezinski afirmara que Hollywood hizo más por la expansión del modo de vida estadounidense que el propio poder militar. Aquí, salvando distancias, el audiovisual franquista cumple una función comparable en la creación de imaginarios domésticos.
Prensa, sociedad y cultura popular. El libro no olvida, no podía hacerlo, el papel de la prensa, donde no solo operaban las instituciones, sino también dinámicas personales, intereses y tensiones de clase. Aun así, el análisis resulta estimulante: se aborda el caso de Luca de Tena y su convulsa dirección de ABC, marcada por expedientes y conflictos, y se contrasta con un caso de éxito perdurable como la revista ¡Hola!, convertida en vehículo de legitimación social y aspiracional —con perdón del «palabro»—.
Además, la obra amplía su mirada hacia fenómenos populares como los tebeos y las fotonovelas, incorporándolos como piezas clave en la difusión de valores y modelos culturales.
Economía, Iglesia y transformación del régimen. Entre las ideas más relevantes que plantea el libro destacan dos líneas especialmente poderosas: la afirmación de que «la literatura española fue mucho más dinámica de lo que se ha reconocido», en línea con lo afirmado por Sánchez Dragó en su programa Biblioteca Nacional, lo que cuestiona ciertos tópicos sobre el empobrecimiento cultural del periodo.
Y la otra se centra en el análisis del desarrollo económico, el tránsito desde una situación cercana a la bancarrota hacia una economía industrializada en apenas una década, lo que generó una forma de legitimidad basada en la eficacia, la estabilidad y la mejora del nivel de vida.
En paralelo, se examina el papel de la Iglesia, subrayando los acuerdos con el Estado que garantizaron privilegios económicos, una fuerte presencia en educación y la influencia en medios de comunicación.
Asimismo, el libro describe con acierto la evolución interna del régimen: los tecnócratas vinculados al Opus Dei fueron desplazando progresivamente a los sectores más ideologizados de la primera etapa, suavizando —o «ablandando»— la dictadura.
En conjunto, Spain wasn't so different es una obra ambiciosa, sugerente y bien articulada que logra ofrecer una visión compleja del franquismo, alejándose de interpretaciones unidimensionales centradas exclusivamente en la represión. Su principal fortaleza reside en su enfoque multidisciplinar, capaz de conectar política, cultura, economía y vida cotidiana en un relato coherente sobre la construcción de legitimidad.
Una obra, en definitiva, que invita no solo a conocer mejor el pasado, sino a reflexionar sobre cómo el poder —ayer como hoy— se construye también a través del consenso, la cultura y los imaginarios compartidos.