Isabel la Católica y el Gran Capitán. Cuadro de Augusto Ferrer-DalmauAugusto Ferrer-Dalmau

Los tres antepasados que marcaron la vida y el reinado de Isabel la Católica

Según la historiadora y profesora Ana María Poveda, quien ha estudiado la vida de la reina católica, existen tres antepasados «que adquirieron un papel primordial en la creación del guion de su vida posterior»

Pocas mujeres ha visto la historia como Isabel la Católica. Reinó durante 30 años, en los que su gran determinación la colocó en el trono; su fe la llevó a conquistar el Reino de Granada, que seguía contando con una población mayoritariamente musulmana, y a conseguir numerosos bautismos.

Su intuición favoreció el gran proyecto que realizaría Cristóbal Colón, quien recibió el apoyo incondicional de la reina para una travesía que propiciaría el descubrimiento de América. La reina Isabel se ganó el título de precursora de los derechos humanos por su gran labor en la defensa de la igualdad de los súbditos americanos.

Según la historiadora y profesora Ana María Poveda, quien ha estudiado la vida de la reina católica, existen tres antepasados «que adquirieron un papel primordial en la creación del guion de su vida posterior», tal y como expone en un hilo en la red social X.

Enrique III, el Doliente

El primero que considera clave en la construcción del carácter de Isabel I de Castilla es su abuelo paterno, el rey Enrique III el Doliente. De él dice que aprende «que terminar la Reconquista será la clave para trascender la historia».

Hijo de Juan I y Leonor de Aragón, Enrique subió al trono con tan solo 11 años, aunque comenzaría a ejercer el poder a los 14, cuando tomó las riendas con autoridad, debilitando a los nobles y fortaleciendo a la monarquía: «De su abuelo —le cuentan— que pudo pacificar a la nobleza y restaurar el poder real, apoyándose en nobles de segunda fila y desplazando así a sus parientes más poderosos», destaca Poveda.

Retrato imaginario del rey Enrique III de Castilla (1379-1406), hijo y succesor del rey Juan I de Castilla

Del mismo modo, indica que el abuelo de Isabel la Católica derogó los «privilegios antes concedidos a las Cortes de Castilla». Tiempo después, Isabel «descargará igualmente de poder a las Cortes, otorgándoselo al Consejo Real, órgano presidido por ella, donde la última decisión siempre la tiene como soberana».

Por otro lado, Enrique III «reanuda la Reconquista. De esta manera, Isabel aprende, sin duda, que estas victoriosas batallas frente al moro y la importancia de concluir la reconquista del reino nazarí serán indispensables para ser una reina digna y querida», advierte la historiadora.

Enrique el Navegante

Otra de las figuras que influyeron en la vida de la reina católica, a juicio de la historiadora, fue su tío abuelo Enrique el Navegante. Para Poveda, este «es el ancestro materno con más influencia sobre la infanta, ya que, sin duda alguna, sembró en ella el germen infantil de la futura conquista de América».

Las hazañas de su tío abuelo serían el «germen de la futura conquista y evangelización de América», detalla. La historiadora señala los siguientes paralelismos: mientras que Enrique «controló la ruta del oro de Guinea», posteriormente «la reina Isabel controlaría la ruta del oro de América».

Asimismo, una de las cosas que caracterizó a este «navegante portugués» fue su pasión «por los descubrimientos geográficos», destinados no solo a «abrir rutas comerciales y encontrar riqueza, sino especialmente como vía para la difusión de la fe cristiana».

Retrato normalmente identificado como del infante Enrique, realizado hacia 1470

Como gran maestre de la Orden de Cristo, Enrique el Navegante tenía el mandato papal de extender el cristianismo, por lo que, «en contra de la esclavitud, convertía al catolicismo a los infieles de esas tierras lejanas, llegando a bautizar a pueblos enteros, ganándolos, pues, para la fe», hace hincapié la investigadora.

Un siglo después, Isabel tendría la misma preocupación: tras apostar por una idea «aparentemente arriesgada» y descubrir «nuevas rutas que la llevarían a descubrir América», en vez de hacer «esclavos a sus gentes, según costumbre de la época», «procuró también su bautismo y conversión».

Catalina de Lancaster

Por último, Poveda afirma que «en este recorrido sobre sus influencias infantiles» se encuentra «el papel decisivo de su abuela paterna y casi olvidada reina de Castilla»: Catalina de Lancaster.

Según la historiadora, Catalina «fue para la reina Isabel el espejo en el que mirarse para construir su modelo de guion de vida». Su historia está repleta «de similitudes con la de Isabel la Católica». Un ejemplo es que, al igual que la reina católica, Catalina «era hija de un segundo matrimonio de su padre y también su hermanastro sería rey [Enrique IV de Inglaterra]».

Representación de Catalina de LancasterAyuntamiento de Valladolid

La también doctora cum laude en historia del arte apunta que Catalina e Isabel «fueron dos mujeres rubias y de ojos azules, algo nada común en Castilla. Su parecido era tal que Isabel fue siempre considerada el vivo retrato de su abuela. Ambas se casarán con los herederos de una corona: Catalina con el príncipe Enrique, futuro rey Enrique III de Castilla; Isabel con el príncipe Fernando, futuro rey de Aragón», recoge.

Otro paralelismo que encuentra es que, «en aras de buscar la paz para Castilla, Catalina utilizó toda su influencia en la negociación de matrimonios y de tratados de paz con las naciones más importantes de Europa». Esto mismo hará siglos después Isabel, quien reforzará «la alianza con Inglaterra, patria de su abuela».

Con estos personajes relevantes como referentes, la reina Isabel I de Castilla fue construyendo su carácter y su visión moral hasta llegar a ser la «incomparable» reina que tantos de quienes han estudiado su figura admiraron y continúan admirando.