La primera misa en América (siglo XV) Misa en Cuba en 1494, segundo viaje de Colón a La Habana
¿El oro o el Evangelio? La misión de los Reyes Católicos en el Nuevo Mundo
¿Qué movió la conquista española del Nuevo Mundo? La ambición de evangelización precedió a la del oro no fue otro que el que representó la obra española en América de los siglos XVI, XVII y XVIII
La visita del Papa misionero al país de las misiones, que no es otro que el nuestro, nos brinda una ocasión magnífica de realizar un repaso a la obra misionera de España en la historia. Una labor que conoce su momento clave a partir del siglo XV, con el inicio de la que podemos denominar «la era de los grandes descubrimientos españoles» en el año 1492.
Esto va a propiciar el descubrimiento y la exploración de nada menos que el 60 % del planeta Tierra —pues tal es la verdadera entidad de los descubrimientos hispanos—; esto es, todo lo que va desde el meridiano 18 oeste, que pasa por las Canarias, hasta el meridiano 128 este, que pasa por las Molucas, lo que, a su vez, incluye tres grandes descubrimientos, a saber: los confines del Atlántico —el 80 % de sus aguas—, el continente americano y el océano Pacífico en su práctica totalidad.
El Evangelio antes que el oro
¿El oro o el Evangelio? ¿Qué movió la conquista española del Nuevo Mundo? La clásica pregunta que invariablemente sale a la palestra cuando de la conquista de América se trata. Y que una gran mayoría responde sin necesidad de pensárselo dos veces: «¡Pues el oro, claro!», porque precisamente no conciben que pudiera ser de otra manera; porque precisamente, para ellos mismos, de haberse encontrado en tesitura tal, no habría sido de otra manera.
Pero sí: existió un momento en la historia —muy breve, muy singular, pero existió— en el que los hombres probaron a hacerlo de otra manera: ese momento en el que la ambición de evangelización precedió a la del oro no fue otro que el que representó la obra española en América de los siglos XVI, XVII y XVIII, sobre todo los dos primeros.
El sueño de la Reina Católica
Ese sueño de la Reina Católica de «llenar los cielos de nuevos cristianos» determinó, entre otras cosas, su firme voluntad de considerar a los indígenas como sus súbditos. Esto tuvo, entre otras implicaciones, la de que, además de ser sujetos de la evangelización española, fueran también personas libres y, por lo tanto, no sometibles a esclavitud.
Puede considerarse la primera abolición de dicha institución pronunciada en toda la historia: la de los indígenas en todo el territorio español de ultramar, acorde, por demás, con los deseos expresados por ese Papa español que fuera Alejandro VI en su bula Inter caetera del año 1493, dirigida precisamente a los Reyes Católicos.
Como prueba, solo un dato: más allá de esporádicos tesoros como el del tlatoani Moctezuma o el del Sapa Inca Atahualpa, hasta 1545 no ocurre el hallazgo que convierte la aventura americana en verdaderamente rentable: el de los yacimientos de plata del Potosí, de los que, por cierto, apenas un quinto, el impuesto que reclamaba la Corona, acabará en España, quedando los otros cuatro quintos allí, en América, precisamente para construir América.
Del mismo año de la bula, 1493, data la llegada de los primeros misioneros españoles al Nuevo Mundo con ocasión del que se llama «el segundo viaje de Colón», diecisiete naves y unos dos mil hombres con la intención clara de poblar, colonizar, instruir y evangelizar las tierras descubiertas, recreando en ellas nuevas Españas.
Hasta doce misioneros —simbólico número bien premeditado, nada se dejaba al azar— se colaron ya en esa expedición, destacando el fraile de la Orden de los Mínimos Bernardo Boyl, que oficiaría la primera misa en América, o el franciscano o benedictino —no se sabe a ciencia cierta— Ramón Pané, que escribirá el primer estudio antropológico realizado jamás en América.
Los primeros misioneros
De esa presencia primigenia, sobre todo en la isla de La Española y otras islas caribeñas como Cuba o Puerto Rico, no solo surge la evangelización hispánica, sino otro hecho no menos importante: la gigantesca obra simultánea realizada por dichos misioneros en la defensa de la dignidad del indio y de los derechos que le son inherentes por su sola condición humana.
Tantos frailes destacan en ella: el primero, el dominico fray Antón de Montesinos, autor de uno de los sermones más famosos de la historia, el que pronuncia ante los conquistadores españoles el 21 de diciembre de 1511 en la ciudad de Santo Domingo, que levantaría ampollas entre ellos.
Más conocido aún, aunque algunos años posterior, el trabajo de otro importante dominico, fray Bartolomé de las Casas, al que nada tendríamos que reprochar salvo por sus históricamente inaceptables exageraciones, que contribuirán, tanto como a la defensa de los indios americanos, a las más injustas y mentirosas acusaciones contra la obra española en el Nuevo Mundo.
Y como Montesinos y Las Casas, muchos otros misioneros, partícipes todos ellos tanto de la evangelización de los indígenas como de la lucha por su dignidad y sus derechos.
Tierra Firme y el Pacífico
Cuando a partir del tercer viaje de Colón ponen pie los españoles en la que se llamará entonces «Tierra Firme», vale decir, la parte continental del continente americano, llegan inmediatamente también a dicha Tierra Firme los iniciáticos misioneros hispanos.
Tal vez sean los primeros los dos que en 1513 acompañan a Vasco Núñez de Balboa, Andrés de Vera y Juan Zambrano, cuando aquel entra en el istmo americano y, atravesando Panamá, descubre el Pacífico.
Y acto seguido, en la parte de lo que hoy constituye Venezuela, los dominicos Francisco de Córdoba y Juan Garcés. Y por cierto, el primer agustino —agustino como el Papa— en América, Vicente de Requejada, en 1527.
La evangelización del norte americano
También los que acompañan al descubridor de la Florida, y con ella de los actuales Estados Unidos de Norteamérica, Juan Ponce de León, en su segundo viaje a dicha región norteamericana, en el año 1521, por desgracia anónimos.
Y desde luego, los franciscanos que, solo tres años después, en 1524, llegan a las tierras recién conquistadas por Hernán Cortés, los llamados «Doce Apóstoles de México» —una vez más, la emblemática cifra en la evangelización americana—, presididos por el gran Toribio de Benavente, a quienes los indios dan el nombre de Motolinía —«el pobrecito» en lengua náhuatl—.
Ante ellos, a la vista de todo el pueblo, el propio conquistador se arrodilla para demostrar fehacientemente a los indígenas que antes de las cosas del cuerpo son las del alma, vale decir, antes el Evangelio que el oro.
De Perú a Filipinas
En el Imperio incaico, a Pizarro acompañaba el dominico Vicente Valverde, primer obispo de ese Perú al que tan afecto es el Papa León XIV, y Tomás de San Martín de Zumárraga, fundador de la que es, en competencia con la de México, la primera universidad americana en el continente, la de San Marcos de Lima. Y luego, desde 1542, los franciscanos ya, así Juan de los Santos o Marcos de Niza.
El primer evangelizador del Brasil será una vez más un español, el padre José de Anchieta, llegado al lugar en 1542.
El no menos español san Francisco Javier —patrón, de hecho, de las misiones— comienza su obra misionera en Goa, en el Asia portuguesa, en 1542, siendo, además, el primer europeo con nombre y apellido en llegar al Japón, aunque otros, pero de identidad anónima, lo hubieran hecho antes que él.
En el mismo escenario nipón sufrirán martirio hasta 205 mártires, muchos de ellos españoles, beatificados por Benedicto XVI.
En las Filipinas son cinco los frailes que acompañan a Miguel de Legazpi, el adelantado español de las islas a las que llega en 1565, entre los cuales uno de los grandes entre los grandes, ni más ni menos que Andrés de Urdaneta —agustino también, por cierto—, que no solo había realizado una investigación antropológica de la mayor importancia en las Molucas y en las plazas portuguesas de Asia, sino que luego será el descubridor de una de las rutas más importantes de la historia de la náutica, el famoso tornaviaje del Pacífico, que permite el retorno de los barcos desde Asia hasta América ayudados por la corriente del Kuroshio, un hallazgo en el que habían fracasado nada menos que seis expediciones españolas a lo largo de 45 años.
Misiones, ciencia y mártires
San Junípero Serra, Antonio Margil de Jesús o Francisco Palou son frailes franciscanos que comienzan la labor misionera en el territorio oeste de los actuales Estados Unidos de los que proviene el Papa, como antes, en el este, lo habían hecho Pedro de Corpa y Francisco de Veráscola, mártires también.
Frailes españoles como Pedro Chaparro ya inmunizaban en 1764 a los indígenas americanos contra la viruela mediante el tratamiento llamado entonces de la «variolización», muy anterior a la vacuna de Jenner. Otros frailes como Bernardino de Sahagún, Diego Durán o José de Acosta escribían la historia de la América prehispánica y brillantes tratados antropológicos y geográficos.
La lista de frailes españoles mártires en América se cuenta por centenares, muchos de ellos canonizados, por citar solo alguno: los tres primeros, Fernando Salcedo, Diego Botello y un tercero, en 1516, y ya en Tierra Firme, Juan Calero, que evangeliza la zona mexicana de Jalisco, inmolado en 1541.
La segunda evangelización
Junto a ellos, finalmente, tantos otros cuyo nombre no tenemos espacio de referir, los cuales componen un corpus de evangelizadores sin precedente en la historia.
Y todo ello para configurar una obra, la realizada por los misioneros españoles en todos los territorios de ese gigantesco imperio en el que no se ponía el sol, que cabe definir como «la segunda evangelización», obra que es la responsable, al día de hoy, de la condición católica de más de ochocientos de los mil doscientos millones de católicos que en el mundo son, de los cuales, y no por casualidad, hasta la mitad, seiscientos millones, hablan precisamente la bella lengua española nacida en tierras de Castilla, la cual hablaba también la reina Isabel I de España, y también el Papa León XIV.