España es una nación
En una sociedad como la nuestra, en la que poderosas amenazas parecen cernirse de nuevo sobre la democracia que, con tantas dificultades, habíamos logrado construir y sobre el Estado y la Nación que le sirven de cimiento, conocer lo que nos costó ser libres nos ayudará a no volver a ser esclavos
Hace unos días llegó a las librerías mi última obra, Historia de España. El difícil camino de la construcción nacional, publicada por Erasmus, un sello del grupo Almuzara. Como digo en la Introducción, no es una Historia de España más, una de tantas, una mera selección de hechos históricos mejor o peor escogidos con el objetivo de proporcionar un barniz cultural a las personas, cada vez más numerosas, que carecen de ella. Se trata de Mi Historia de España, es decir, de mi reflexión personal, después de cuarenta años aprendiéndolo y enseñándolo, sobre el pasado de la nación que conocemos por ese nombre. Una reflexión que posee algunos rasgos muy claros y una intención más clara aún.
El primero de esos rasgos es la certeza de que España es una nación. Con permiso de Benedict Anderson y sus comunidades imaginadas, lo es sin matices, en el mismo sentido que Francia o Alemania, o cualquier otra comunidad humana que no sea el resultado de una mera ensoñación de un individuo o un grupo de ellos. Lo es porque, como nación moderna, nace de una monarquía que poseía varios siglos de existencia, fronteras definidas, aunque en ocasiones cambiantes, un ejército permanente de mayor o menor magnitud, códigos legales de dilatada existencia, instituciones comunes y un aparato administrativo más o menos denso con capacidad para imponer la voluntad del Gobierno sobre el conjunto del territorio.
Una monarquía de vocación unificadora tan definida y personalidad tan clara como la francesa, que pasa por ser la nación por excelencia de Europa, y con una homogeneidad interna y un sentido de pertenencia de la población incluso mayores que los del país vecino. Es cierto que este sentido de pertenencia variaba mucho en función de la región; era más intenso cerca de la corte y se iba diluyendo hacia la periferia, y la aristocracia y las clases dirigentes urbanas se sentían más vinculadas al Estado que los campesinos y los menestrales. Pero eso no sucedía en España en mayor medida que en las demás monarquías, y fue en su seno donde nacieron las naciones modernas, también la española, cuando las revoluciones liberales tuvieron que apelar a las masas para derribar el absolutismo y buscar en su voluntad la legitimidad con que sustituir la sostenida por la alianza entre el trono y el altar.
En segundo es, sin duda, la normalidad de la historia de España. España, aunque así lo asegurase el señor Fraga Iribarne, no es diferente, y mucho menos peor, que los demás grandes estados europeos. Bien al contrario, todos los procesos fundamentales de la historia de nuestro rincón del mundo se dieron también aquí, en ocasiones antes e incluso mejor, otras veces más tarde y con apuros. Pero España nunca se bajó del tren del progreso, aunque no siempre viajara en él en el primer vagón. Bien al contrario, entre los países de mayor influencia en la historia de la humanidad, el nuestro merece un lugar de honor.
Quizá su imperio no fuera el mayor de todos los tiempos, ni tampoco las más relevantes sus aportaciones a la ciencia y la tecnología. No son muchos, desde luego, los nombres de personas galardonadas con el premio Nobel que tengan un apellido español. Pero pueden contarse con los dedos de una mano, y quizá nos sobraría alguno, los países que hayan plantado durante siglos su bandera en los cinco continentes, y son aún menos los que dejaron allí donde pasaron la huella indeleble de su lengua, en nuestros días la segunda más hablada del planeta.
El tercer rasgo es la perspectiva desde la que está escrita la obra. Su contenido parte de la concepción de la historia como hazaña de la libertad, usando la expresión de Benedetto Croce. Sus páginas vienen a demostrar, o al menos lo pretenden, que solo un conocimiento cabal y reflexivo del pasado, bien distinto de la mera erudición, nos ayudará a seguir siendo personas libres. Más aún en una sociedad como la nuestra, en la que poderosas amenazas parecen cernirse de nuevo sobre la democracia que, con tantas dificultades, habíamos logrado construir y sobre el Estado y la Nación que le sirven de cimiento. Conocer lo que nos costó ser libres nos ayudará a no volver a ser esclavos.
Y respecto a la intención, no cabe sino reconocer que es claramente política. El libro busca poner de manifiesto, por un lado, que en nuestro solar patrio, valga el arcaísmo, existía desde tiempos muy remotos un sentido de pertenencia más o menos definido, y más o menos extendido, que nunca desapareció del todo y permite marcar una continuidad entre los sucesivos períodos en que solemos dividir nuestra historia: la Hispania romana, la Spania visigoda, los reinos cristianos medievales, la Edad Moderna y, sobre todo, el siglo XVIII y la era del liberalismo. Pero busca también, y sobre todo, desenmascarar la verdadera naturaleza, reaccionaria y antidemocrática, de los nacionalismos catalán y vasco. Nacieron como resultado del deficiente proceso nacionalizador de las masas impulsado por los gobiernos liberales del siglo XIX.
No tenían nada de liberales y menos aún de democráticos; apelaban a lo irracional, lo telúrico, lo cultural, en modo alguno a una supuesta voluntad de la ciudadanía, con la que sabían que no podía contar. Predicaban la existencia previa de la nación como un hecho dado, un dogma que había de ser creído sin matices ni discrepancias, y justificaban en esa existencia su derecho a poseer un Estado propio; pudieron, quizá, conformarse con menos a corto plazo, pero sin renunciar jamás a reclamarlo. Constituían, en realidad, una religión, no una ideología política; no derribaban muros, los levantaban. Así eran, y son, los nacionalismos catalán y vasco. Y deberíamos tenerlo presente cuando escuchemos las torticeras declaraciones de sus líderes, que disfrazan de la más excelsa de las democracias la que no es sino la más reaccionaria de las ideologías: la exaltación, sagrada y sin límites, de la tribu.
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación.