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Luis E. Íñigo

Vino nuevo en odres viejos

¿Es del sistema educativo la culpa de que no sea la nuestra esa sociedad culta y madura? En buena medida, sí. Porque no pueden ser cultas ni maduras personas que apenas leen, que son incapaces de mantener su atención más de dos minutos, que no se interesan por la actualidad política y económica, etc.

Alguna vez he hablado aquí de mi opinión sobre el sistema educativo español vigente. Quizá no de forma sistemática, sino más bien deslavazada, difusa, repartida en el seno de artículos dedicados a otros temas. Pero me parece que ahora, cuando unos docentes se han embarcado en una huelga como hacía tiempo no veíamos y otros se preparan para hacerlo a la vuelta del verano, ha llegado el momento de hacerlo.

El sistema educativo español actual, con permiso de las numerosas leyes orgánicas aprobadas desde entonces, es el hijo legítimo, aunque no muy virtuoso, de una norma que vio la luz hace casi cuatro décadas: la Ley Orgánica 1/1990, de 3 de octubre, de Ordenación General del Sistema Educativo, mucho más conocida como LOGSE.

La LOGSE, ley socialista del punto a la raya, inauguraba una costumbre llamada a alcanzar un profundo arraigo en la mentalidad de nuestros gobernantes, en especial los de la mal llamada izquierda. Y digo mal llamada porque soy de los que piensan, como mi admirado Félix Ovejero, que la izquierda patria, incluso en un grado mayor que la occidental, que también, ha mutado en una genuina y reaccionaria versión de progresismo woke que ampara todas las formas posibles de identitarismo, desde la religión a la raza, pasando por la nación y el género, traicionando su vocación universalista íntimamente comprometida con la defensa de la libertad, la igualdad y la justicia, aunque fuera a su manera, no siempre la mejor ni la más efectiva.

La costumbre a la que me refiero no es otra que la de cargar los preámbulos de las leyes con una insufrible moralina que proclama a los cuatro vientos, y a lo largo de muchas páginas, las más elevadas intenciones de sus autores, erigidos en inmaculados profetas de un paraíso en la tierra que, inevitablemente, excluye a quienes no comparten sus ensoñaciones. La LOGSE, insuperable epítome de esta práctica, habla así de formación plena, pensamiento crítico, lucha contra la discriminación y la desigualdad, preservación de los valores… Las expectativas son tan altas que, concluida la lectura del Preámbulo, creemos encontrarnos ante un hito histórico de magnitud incomparable, capaz de transformar para siempre la sociedad española.

Desde luego, la LOGSE lo hizo, pero no para bien. El elefante parió un ratón. Y un ratón ignorante y conformista, además. Lejos de dar vida a esa ciudadanía competente, madura, crítica y responsable que prometía el legislador, alumbró individuos incapaces de enfrentarse a un texto mínimamente complejo, extraer sus ideas fundamentales y ponerlas en relación con sus conocimientos previos. Individuos que escuchan, si lo hacen, sin alterarse los discursos de unos dirigentes intelectualmente mediocres y moralmente inanes, hechos a creer que quienes nos gobiernan saben lo que hacen porque, como un conocido grupo musical tuvo la osadía de proclamar en la campaña del referéndum del Estatuto andaluz de 2007, hay que hacer lo que digan los políticos, que son los que saben. Individuos, en fin, que asumen sin rechistar niveles de corrupción inadmisibles en una democracia occidental si son los suyos quienes se corrompen y repiten una y otra vez, con increíble inconsciencia, rumores difundidos desde el poder sobre un supuesto lawfare judicial y peregrinas justificaciones exculpatorias que se asemejan más a las nutridas convocatorias franquistas de la madrileña Plaza de Oriente y sus pintorescas apelaciones la conspiración judeomasónica que al debate argumental propio de una sociedad culta y madura.

¿Es del sistema educativo la culpa de que no sea la nuestra esa sociedad culta y madura? En buena medida, sí. Porque no pueden ser cultas ni maduras personas que apenas leen, que son incapaces de mantener su atención más de dos minutos, que no se interesan por la actualidad política y económica, que dejan a otros la capacidad de decidir por ellos, que apenas saben nada de historia, de filosofía, de todo aquello que forma la capacidad crítica de las personas y alimenta su interés por saber. Y estas personas no nacen de la nada. Nacen de un sistema educativo que gasta sus energías en grandes proclamas, pero ni organiza ni financia el entramado institucional necesario para poner en práctica su contenido. Un sistema que, como los políticos de nuestro tiempo, presta más atención al relato que al dato, y da por hecho que proclamar algo lo convierte en realidad y cambiar su nombre cambia su esencia. Un sistema que proclama la escuela inclusiva, pero todo lo que hace por convertirla en realidad es escribirlo en un papel, sin dotar a los centros de medios y a los docentes de formación. Un sistema que promete formar alumnos competentes para integrarse en la sociedad, pero lo hace más incompetentes que nunca, porque se ha limitado a introducir un elemento nuevo en un sistema viejo, sin comprender que es este el que debe cambiar o, lejos de revitalizarse con la savia nueva que recibe, la corromperá, volviéndola inútil. Como enseña el Evangelio de San Lucas, «nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan». Pero claro, ¿cómo va a leer un socialista el Evangelio de San Lucas?

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación

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