Representación de Andrés de Tapia junto a un texto en náhuatl
Andrés de Tapia, un secundario de lujo en la Conquista de América
Uno de esos personajes en la conquista de América que, por la abrumadora abundancia de estos tipos, han quedado ocultos cuando en otras circunstancias o en otros países hubieran sido recuperados
Andrés de Tapia es uno de esos personajes en la conquista de América que, por la abrumadora abundancia de estos tipos, han quedado como secundarios cuando en otras circunstancias o en otros países hubiera sido principal. Había nacido a finales del siglo XV en Medellín (Badajoz), aunque algunos situaron su nacimiento en León. Y acudió, como tantos otros, al Nuevo Mundo atraído por los deseos de gloria, fama o dinero. Pero no lo hizo con su paisano Hernán Cortés, sino con Diego Velázquez del que era sobrino. La suerte lo puso al lado del primero en la expedición a México.
Tuvo éxito en su aventura, empezando por conservar la vida en vicisitudes peligrosas. Su proximidad a Hernán Cortés le procuró la confianza de éste. Se refiere a él en la tercera carta de relación al elogiar su liderazgo en situaciones como la de Malinalco. Esto granjeó a Tapia cargos relevantes empezando por el de maestre de campo y otros, tanto en la ciudad de México como en el virreinato de Nueva España. A esto se añadió la fortuna de ser encomendero.
Autor de una Relación sobre Cortés
Su importancia estaba pareja a las de Olid, Alderete, Alvarado o Melgarejo y demás capitanes y su protagonismo se comprueba al leer la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Estuvo con Cortés en la toma de Tenochtitlan, en las expediciones posteriores, en los dos viajes a España y en la postrera y desgraciada Jornada de Argel en 1541. Su destino estuvo siempre ligado al de aquél y las decadencias de ambos llegaron paralelas.
Tapia también ha pasado a la historia por ser el autor de una breve relación que sirve para completar los extensos escritos de otros cronistas: Relación de algunas cosas de las que acaecieron al muy ilustre señor don Hernando Cortés, marqués del Valle, desde que se determinó a ir a descubrir en la tierra firme del Mar Océano. No contempla todos los hechos importantes de la conquista, ya que termina con la derrota de Pánfilo de Narváez.
Encuentro de Hernán Cortés con Moctezuma II en 1519
No sabemos exactamente cuándo la escribió. Permaneció inédita hasta que la publicó el mexicano Joaquín García Icazbalceta en 1858. En España no vio la luz pública hasta 1988, con otras crónicas breves, en edición de Germán Vázquez Chamorro. Como indica este investigador, los papeles de Tapia fueron conocidos por López de Gomara o Bernal Díaz. Especialmente por el primero, lo que lleva a algunos autores a conjeturar que fue un escrito pedido por éste para tener referencias a la hora de escribir sus obras sobre América, ya que fueron compañeros en el mencionado viaje a Argel.
Tapia escribió una declaración testifical. Su obra hay que contrastarla con la de sus contemporáneos. Pero hay una cosa en la que Tapia se detiene y que no aparece en otras crónicas. Los historiadores hablan de los sacrificios humanos que los mexicas practicaban de manera exagerada y en número apabullante. Hay tantos testimonios que no solo no se duda de lo que hacían, sino que posiblemente no se exagerara.
El destino de las calaveras
Pero Tapia señala además el destino de las calaveras de los sacrificados. No es un detalle sin importancia, ya que la acumulación, el depósito y el orden de colocación demuestran algo que está entre el ritual y la obsesión de aquel pueblo con la muerte. Sobre esto hay las más dispares interpretaciones. Pero es evidente que los despojos óseos seguían un orden en cuanto a la colocación y exhibición una vez liberados los cráneos de los restos carne y piel. La torre o pirámide mayor o templo de Huitzilopochtli (el dios azteca del sol, la guerra y el sacrificio humano) de la ciudad de Tenochtitlán marcaba la distancia de las acumulaciones de calaveras.
Así lo describe: «Estaban frontero de esta torre sesenta o setenta vigas muy altas hincadas desviadas de la torre cuanto un tiro de ballesta, puestas sobre un teatro grande, hecho de cal e piedra, e por las gradas de muchas cabezas de muertos pegadas con cal, e los dientes hacia fuera. Estaba de un cabo e de otro destas vigas dos torres hechas de cal e de cabezas de muertos, sin otra alguna piedra, e los dientes hacia fuera, en lo que se pudie parecer, e las vigas apartadas una de otra poco menos que una vara de medir, e desde lo alto dellos fasta abajo puestos palos cuan espesos cabien, e en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes en el dicho polo: e quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los polos que habie, e multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como dicho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas, sin las de las torres».
Los cráneos sueltos están en el terreno
Parece una gran cantidad, pero este monumento o tzompantli no era el único, los había por toda la región en mayor o menor tamaño y disposición. Las pistas que daba Tapia sobre la ubicación, ya que el templo mayor estaba donde ahora se levanta la catedral, sirvió a los arqueólogos como pista irrefutable para encontrar el Huey Tzompantli cuando aparecieron otros restos colindantes hace unos diez años. Evidentemente, las hileras de postes que servían para sostener los hilos donde se ensartaban las calaveras han desaparecido; bien porque se pudrieran bajo tierra o porque sirvieron para las primeras construcciones de los conquistadores. Pero los cráneos sueltos están en el terreno y una de las torres circulares, huecas en el centro, se conserva hasta a mitad de la altura aproximadamente.
Ciudad de México es uno de esos lugares construidos sobre restos importantes que, con el tiempo, saldrán a la luz en la parte que se conserva.