Mladic: los agujeros negros de la guerra
Mostar, 1994: una fachada blanca perforada por centenares de impactos
Mostar, 1994: una fachada blanca perforada por centenares de impactos
Ratko Mladić murió el jueves en La Haya, donde cumplía cadena perpetua por genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, y la noticia me ha llevado treinta y dos años atrás, hasta esta pared de Mostar que fotografié en 1994. No hay muertos, heridos ni soldados disparando; no hay sangre.
Solamente una fachada blanca perforada por centenares de impactos, tres grandes huecos negros, uno descomunal por el impacto de un obús, y un muchacho sentado en uno de ellos, pero quizá por eso la guerra está tan presente: porque la fotografía no muestra el instante en que sucede, sino lo que queda cuando matar se ha convertido en rutina.
El carnicero Mladić pasará a la historia unido sobre todo a Srebrenica, donde en julio de 1995 las fuerzas serbobosnias, bajo su mando, tomaron el enclave declarado zona segura por Naciones Unidas y asesinaron a más de 8.000 hombres y muchachos bosnios. Fue el crimen que la justicia internacional calificó de genocidio y el episodio que terminó de convertir al general en el llamado «carnicero de Bosnia». Murió sin arrepentirse de aquello por lo que fue condenado.
Pero antes de Srebrenica estuvo Mostar, aunque su historia exige precisión porque allí las alianzas cambiaron y también cambiaron los verdugos. En 1992, croatas y bosnios combatieron juntos contra las fuerzas serbias; después aquella alianza saltó por los aires y en la madrugada del 9 de mayo de 1993 el HVO croata atacó la parte oriental de la ciudad. Miles de musulmanes fueron empujados hacia Mostar Este y aquella pequeña franja terminó convertida en una ratonera superpoblada, sin apenas agua, electricidad ni alimentos y sometida al fuego de artillería y francotiradores.
El Tribunal de La Haya documentó que entre junio de 1993 y abril de 1994 hubo días con más de 900 impactos de artillería sobre Mostar Este y que más de 50.000 personas llegaron a quedar atrapadas allí.
Entré en la ciudad en enero de 1994, con uno de esos permisos milagrosos que en una guerra pueden abrir durante unas horas una puerta que al día siguiente vuelve a estar cerrada. Era muy joven y todavía no sabía que algunas de las cosas que estaba viendo permanecerían conmigo mucho más tiempo que la guerra que había ido a fotografiar.
En Mostar había trabajado también mi buen amigo Miguel Gil Moreno de Mora, uno de los mejores reporteros que he conocido y uno de esos hombres para quienes acercarse demasiado nunca parecía suficientemente cerca. Miguel tuvo que marcharse de la ciudad por las amenazas que estaba recibiendo a causa de las investigaciones que realizaba sobre el asedio serbio.
Lo sé porque me lo contó él. Eran confidencias entre amigos, de esas que no aparecían en las crónicas porque las amenazas no se hacían públicas en una guerra: se sufrían. Los reporteros contábamos las amenazas de los demás, casi nunca las nuestras. A Miguel lo matarían años después, en mayo de 2000, en una emboscada en Sierra Leona.
También aprendí allí que las guerras no se libran solamente con morteros. Se libran con palabras, fotografías, silencios y propaganda. Cada bando necesita construir un relato donde sus muertos tengan nombre y los del enemigo sean una estadística, donde las atrocidades propias encuentren siempre una explicación y las ajenas sean la demostración definitiva de la barbarie.
El objetivo es tan antiguo como la guerra: exagerar el horror del contrario hasta conseguir que el propio parezca inevitable. Por eso el trabajo del periodista resulta incómodo. No consiste en decidir qué propaganda nos gusta más, sino en atravesarla. Los serbios se valieron durante mucho tiempo de Pravda: la demonización del enemigo sobre la bondad de su bando elegido, el serbio.
Esta fotografía pertenece a aquel Mostar. La hice en uno de los edificios culturales de la ciudad, cerca del puente de Tito, y cuando vuelvo a mirarla me sorprende que la primera sensación sea casi estética. La pared parece haber contraído una enfermedad. Los pequeños impactos se extienden por ella como una infección y los proyectiles mayores han arrancado directamente pedazos del edificio.
En la que fuera un ventanal, el de la derecha hay un muchacho sentado, las piernas recogidas, mirando hacia fuera. Todo el encuadre habla de destrucción y la vida ocupa apenas unos centímetros.
Ahí reside también uno de los problemas morales de la fotografía de guerra: cómo hacer una buena fotografía de algo que nunca debería ser hermoso.
Don McCullin se enfrentó a esa contradicción en Vietnam y Biafra; James Nachtwey lo hizo en Bosnia, Ruanda y tantos otros lugares; Gilles Peress construyó en los Balcanes un relato visual fragmentario, y Ron Haviv fotografió las guerras yugoslavas desde tan cerca que algunas de sus imágenes terminaron sirviendo como evidencias ante el Tribunal Penal Internacional.
Y por supuesto, Corine Dufka o el mismo Kevin Carter, amigos que me ayudaron mucho en aquella guerra. Carter se suicidaría después de haber hecho la mítica foto de un buitre supuestamente acechando a una niña moribunda. Ni la acechaba ni la niña, que era un niño, murió. Pero Kevin no lo soportó.
En esta imagen, ordené el caos dentro de un rectángulo y, al hacerlo, se corre siempre el riesgo de convertir el horror en estética. Pero la alternativa sería no mirar. Lo hice con plena conciencia.
Miguel Gil pertenecía a esa misma estirpe de reporteros. La cámara no era para él una protección sino una obligación: había que acercarse porque desde demasiado lejos todas las guerras terminan pareciéndose. Quizá por eso recuerdo tanto aquella sensación de Mostar, la necesidad de entrar, mirar y contar, aunque nadie pudiera garantizar que después fuese posible salir.
Un año después de mi fotografía llegó Srebrenica. A las órdenes de Mladic, el ensayo con Mostar le pareció suficiente al Ejército serbio. En marzo de 1995, Radovan Karadžić había ordenado crear para sus habitantes una situación insoportable, «sin esperanza de supervivencia o vida», y en julio las tropas de Mladić tomaron el enclave. Llegaron después las separaciones, las ejecuciones y las fosas comunes; incluso hubo cadáveres posteriormente trasladados para ocultar las pruebas.
Hoy ha muerto el hombre cuyo nombre quedó asociado para siempre a aquella matanza. Muchos se alegrarán; la muerte no la merece nadie, pero algunos han causado tanto dolor que casi alivia su desaparición de este mundo.
Pero vuelvo a esta fotografía y pienso que los generales mueren mientras las paredes permanecen. Los edificios también tienen memoria, sólo que no necesitan escribirla porque la llevan encima.
Cada agujero de esta fachada corresponde a un proyectil; detrás de aquellas ventanas hubo alguna vez conversaciones, libros, trabajo, quizá música, y en medio de los restos aparece ese muchacho sentado como si vivir dentro de una pared bombardeada fuera la cosa más natural del mundo. En primer plano, sin aparecer, está Mladic.
Tal vez aquello fuera lo más terrible de Mostar: descubrir la extraordinaria capacidad humana para acostumbrarse a lo imposible.
Mladić ha muerto. Las guerras terminan, los tribunales dictan sentencias, los criminales envejecen y las ciudades reconstruyen sus puentes. Los periodistas también desaparecen; algunos, como Miguel, demasiado pronto. Pero quedan las fotografías.
Y a veces basta una pared llena de agujeros y un muchacho sentado en una ventana para impedir que el tiempo consiga lo que no consiguieron las bombas: hacer desaparecer lo que ocurrió.