La Batalla de Tetuán . Óleo sobre lienzo. BIC, 1870Vicente Palmaroli y González / Museo del Ejército

Día de Ceuta

Ceuta ya era española antes de que Marruecos existiera como estado moderno

La historia desmonta las pretensiones de Rabat porque la dinastía alauita de Mohamed VI jamás pisó Ceuta como gobernante

El ministro de Justicia marroquí expresó que Marruecos está en su derecho de exigir la soberanía sobre Ceuta, de igual forma que podría pedirla para Bruselas o Marsella. Sin embargo, es una reivindicación política que carece en absoluto de argumentos sólidos y rigurosos, a pesar de la insistencia en decir que es un «derecho histórico y geográfico».

Desde el punto de vista histórico se trata de una afirmación falsa porque Ceuta jamás ha pertenecido a Marruecos como parte de su territorio y los alauitas nunca han puesto un pie en Ceuta o Melilla como soberanos. Es más, la soberanía hispánica sobre la ciudad procede de varios siglos antes de que existiera el reino marroquí. Ahora bien, ¿cuánto tiempo lleva Ceuta siendo española y de dónde surge esta reivindicación?

Como ocurrió en otras ciudades españolas, los fundadores de la ciudad de las siete colinas fueron los fenicios en el siglo VII a. C. Después la tomaron cartagineses, romanos, bizantinos y diferentes dinastías norteafricanas: idrisíes, almorávides, almohades, benimerines o los omeyas de Córdoba. Como curiosidad, los romanos le pusieron el nombre de Septem Fratres (Siete Hermanos), en alusión a las siete colinas de la zona.

Después, el nombre evolucionó y los árabes la llamaron Sebta, nombre que se mantiene en el árabe clásico y en dariya. Idris I, descendiente de Mahoma, llegó a la región de lo que hoy conocemos como Marruecos y Argelia en torno a 786 d. C. Consiguió ganarse el favor de los bereberes, estableció una dinastía de origen árabe y chií zaidí que gobernó ese extenso territorio durante dos siglos, incluidas Ceuta y Melilla.

Mientras, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, la dinastía Omeya de Córdoba cruzó el mar para tomar el control militar de Ceuta. El califa Abderramán III quiso frenar el avance de los chiíes fatimíes por el norte de África convirtiendo a la ciudad de las siete colinas en su gran bastión defensivo en el Magreb. Tras el colapso del poder cordobés en el siglo XI, Ceuta sufrió un periodo convulso que duró 300 años.

Ceuta bajo dominio musulmán

Al igual que hicieron los omeyas de Damasco en el 711, el emir Yusuf ibn Tashfin cruzó el Estrecho con sus ejércitos en 1086 para combatir a Alfonso VI de León. Un siglo después, los almohades arrebataron Ceuta a los almorávides y lanzaron una gran ofensiva contra los reinos cristianos peninsulares, pero fueron derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

También hubo un intento de independencia local ceutí liderado por la familia de los Azafíes, que duró ocho décadas, y una toma de la ciudad por el Reino Nazarí de Granada. La presencia musulmana en Ceuta terminó con la gran dinastía bereber nómada de los benimerines (meriníes), que se hizo con el control de aquel enclave tan cotizado por los árabes.

Construyeron un imperio en lo que hoy es Marruecos, con capital en Fez y llegaron a la península ibérica en auxilio del Reino Nazarí de Granada en 1340, pero la coalición cristiana de Alfonso XI de Castilla y Alfonso IV de Portugal los derrotó en la célebre batalla del Salado.

Llegado a este punto, uno podría pensar que Marruecos se basa en estos siete siglos de presencia musulmana para exigir ese «derecho histórico». Sin embargo, no podría hacerlo, aunque quisiera. No existe ninguna relación de sangre, tribal o dinástica entre los almorávides, almohades y benimerines, que eran bereberes, y la dinastía árabe de los alauitas, que gobierna Marruecos desde el siglo XVII.

Es cierto que los idrisíes del siglo VIII procedían de Arabia, al igual que la actual casa real de Mohamed VI. Pero pertenecen a linajes y familias diferentes.

El único nexo, aparte del origen árabe, es que ambos tienen legitimidad «jerifiana», es decir, afirman ser descendientes directos del profeta Mahoma a través de su nieto Hasan.

Ceuta es española y europea

Ceuta pasó a manos cristianas con la conquista de la plaza por el rey Juan I de Portugal el 14 de agosto de 1415. Durante los dos siglos siguientes, Ceuta se convirtió en una de las joyas de la Corona portuguesa, hasta que en 1580 se produjo la Unión Ibérica, integrando la plaza en la Monarquía Hispánica bajo el reinado de Felipe II.

Sin embargo, la unión se fracturó en 1640, dejando a la monarquía de los Austrias sin los territorios lusos, que pasaron, en su mayoría, a la dinastía de Braganza. Casi todos, porque Ceuta quiso ser española. El gobernador y el cabildo municipal ceutíes no reconocieron al nuevo monarca portugués y solicitaron a la Corte de Madrid mantenerse como súbditos de Felipe IV.

La Corona española ratificó la petición de los ceutíes y les permitió mantener su escudo de armas, además de concederles, entre otras, la distinción de «Fidelísima», con todo lo que ello significaba en la época.

Portugal «cede a su Majestad Católica y a la Corona de Castilla, la Ciudad de Ceuta, y sus dependencias, para que la posea con absoluto dominio y soberanía», se puede leer en el artículo segundo del Tratado de Lisboa, firmado en febrero de 1668 entre España y Portugal.

Con este documento, Ceuta pasó de forma oficial y perpetua a ser parte de España. La actual dinastía alauita llegó a la región en el siglo XVII y fundó un sultanato tradicional que poco tiene que ver con el Reino de Marruecos actual que se creó en 1956, tras los protectorados franco-españoles.

Para hacerse una idea, cuando se estableció el sultanato marroquí en 1631, Ceuta llevaba 216 años bajo dominio portugués y 51 años siendo parte de la Monarquía Hispánica. Aunque con mayor rigor podríamos utilizar otras fechas, como la unificación plena del sultanato en 1666. Más allá de este ejercicio temporal, el Sultanato Jerifiano intentó tomar Ceuta por la fuerza en más de una ocasión, sin éxito.

Ya en el siglo XIX, la confrontación entre el sultanato y España se convirtió en una guerra sin cuartel cuyos lodos se extendieron al siglo XX, con otra guerra y la anexión marroquí del Sáhara Occidental, mientras Marruecos reivindicaba la adhesión a su territorio de las dos ciudades autónomas, como sigue haciendo hoy.