Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Alfonso XI, el rey olvidado que derrotó la última gran invasión islámica en la batalla del Salado

Sus restos fueron llevados a enterrar en la catedral de Córdoba y luego, más de tres siglos después, trasladados a la Real Colegiata de San Hipólito de dicha ciudad, fundada por él mismo en 1343 en conmemoración de la batalla del Salado

Batalla de El Salado

Batalla de El Salado

Hay batallas, y reyes también, que se recuerdan mucho, aunque fueran pequeñas o incluso se dude de que llegaran a acaecer, por su trascendencia, Covadonga, o por su necesidad, Clavijo, y permanecen fijadas en la memoria y en la leyenda. Las hay también, es el caso de las Navas, que adquieren una relevancia especial por considerarlas un antes y un después.

Pero, por el contrario, hay otras que, a pesar de lo cruciales y reñidas que fueron, nos empeñamos en no hacerles demasiado caso y aún menos al rey que las protagonizó.

Es el caso de la del Salado y del rey Alfonso XI, que, en un descuido, casi ha llegado más a la posteridad por ser un gran cazador y por su famoso Libro de la Montería que por cercenar de cuajo la que fue la última invasión islámico-africana que se abalanzó sobre la Península y que bien podía haber vuelto las cosas, si no a empezar de nuevo, al menos hasta la mitad otra vez.

Alfonso XI

Alfonso XI

Fueron los benimerines, el tercero de los grandes imperios norteafricanos, que, tras haberse desprendido Al-Ándalus del califato de Damasco, entendieron que estas tierras eran algo suyo también.

El impulso de la primera invasión, la que arrolladoramente se apoderó con inaudita celeridad de lo que había sido la Hispania romana y el reino visigodo después, aunque el grueso de sus tropas fueran bereberes, venía con impulso y mando de más allá del Nilo y del Sinaí.

Habrían de pasar después casi cuatro siglos, justo hasta la reconquista cristiana de Toledo (1085), colapsado ya antes el efímero califato cordobés, cuando los almorávides, señores del Magreb, entendieron que debían proceder a restablecer la hegemonía musulmana que ya no era tal y volver a reducir al mínimo a los reinos cristianos.

Lograron en parte sus propósitos, infligieron duras derrotas, Sagrajas y Uclés, a «los infieles» y pasaron a la ofensiva, pero ni consiguieron desplomar las fronteras del Tajo a su favor y retornarlas al Duero, ni se lograron apoderar de la ciudad símbolo, Toledo. No tardó mucho en restablecerse el equilibrio y volverse a inclinar la balanza en su contra ya definitivamente cuando Alfonso I de Aragón, el Batallador, los derrotó en Cutanda y les arrebató Zaragoza.

Los almorávides no solo perdieron a este lado del Estrecho, sino que les costó el imperio allí y una nueva corriente integrista, aún más feroz si cabe, los almohades, les sustituyó y entendió que también debían asumir el mismo empeño en nuestras tierras.

Al igual que los almorávides empezaron bien, si los unos vencieron en Uclés, estos lo harían en Alarcos y la frontera, que había bajado hasta el Guadiana, volvió a retroceder hasta el Tajo y volver a tener a su alcance a Toledo.

Pero lo que sucedió fueron las Navas y el resultado final fue, para ellos, que su poderío en el Magreb se disolvió y, para el islam, aún peor, pues su hegemonía en la Península feneció, sobre todo cuando Fernando III, por un lado, y Jaime I el Conquistador, por el otro, sacaron provecho a la victoria de sus ancestros y tomaron toda la vega del Guadalquivir, Córdoba y Sevilla y las costas de la Bética, el castellano, y Valencia, el Levante y las Baleares, el aragonés.

Al-Ándalus, como tal, casi dejó de existir y bastante tuvieron los nazaríes de Granada con intentar, pagando en oro, sobrevivir.

Alfonso XI de Castilla ataca a los musulmanes liderados por Muhammad IV, sultán del emirato de Granada

Alfonso XI de Castilla ataca a los musulmanes liderados por Muhammad IV, sultán del emirato de Granada

Esa posición sumisa y a la defensiva fue la tónica general durante casi todo un siglo. Pero en el XIV eso estuvo en un tris de revertir y a quien le iba a tocar ponerle remedio iba a ser a nuestro rey cazador, que había empezado a reinar, es un decir formal, siendo no un niño, sino un bebé de tan solo un año de vida.

El que tenía cuando su padre, Fernando IV el Emplazado, murió con tan solo 26 años, hijo a su vez de Sancho IV, el vástago mayor del Rey Sabio, contra quien se sublevó, por cierto, amargándole los últimos años de su vida. O sea, que nuestro protagonista era biznieto de Alfonso X y posiblemente se le pusiera el nombre por él.

A su padre, lo del Emplazado, que en su haber hay que señalar que les tomó a los moros Gibraltar, se lo pusieron por la maldición de dos nobles hermanos a los que hizo ajusticiar. Los mandó despeñar por, supuestamente, haber dado muerte a un amigo suyo, algo que ellos negaron de manera pertinaz y hasta el final. Antes de morir, emplazaron al rey a comparecer también con ellos ante Dios en 30 días desde su muerte. Leyenda o no, al cumplirse el mes, la palmó.

La madre del Emplazado, María de Molina, así sabrán por quién lleva ese nombre una conocida calle de Madrid, fue una señora de mucho temple y valía y verdadero sostén de la Corona, tanto de la de su marido, Sancho IV, como de la de su hijo, Fernando IV, y al cabo también la que consiguió que no se la arrebataran a su nieto, Alfonso XI.

Lo mantuvo a salvo mientras vivió, pero, a su fallecimiento, no había cumplido todavía los 10 años y los nuevos regentes, entre ellos el infante don Juan Manuel, culto, poderoso e intrigante a más no poder, aprovecharon el cargo todo lo que pudieron y algo más para imponer su voluntad y cometer no pocas tropelías, en particular contra el pueblo llano.

El chaval tomó cumplida nota de aquellos abusos y, aunque durante un tiempo no le quedó sino callar, cuando llegó a su mayoría de edad, a los 14, y algunos más para poderse reafirmar, vivo el recuerdo que siempre mantuvo de las enseñanzas de su abuela, hizo que uno de los ejes de su reinado fuera el respeto, que obligaba a todos, por la justicia y la obligación de cumplir las leyes. Le valió, por ello, además, el sobrenombre del Justiciero, que es como sale en las crónicas de por aquel entonces.

Alfonso XI y sus nobles. 'Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla'

Alfonso XI y sus nobles. 'Libro de la Coronación de los Reyes de Castilla'

Los nobles no se lo pusieron nada fácil, sino al revés, ni antes de alcanzar de pleno derecho el trono, algo que sucedió a sus 14 años, ni después ni nunca del todo. Pero supo lidiar con ellos, aparentando ceder cuando no le quedaba más remedio y, si podía, poniéndolos en su sitio con suma energía y en ocasiones utilizando métodos expeditivos y a veces implacables.

Con don Juan Manuel tuvo que transigir y pactar que se casaría con una hija suya, Constanza, pero no consumó el contrato y, en cuanto vio ocasión, se zafó de él. Con gran enfado, claro, del poderoso señor, que tenía bajo su mando más de mil lanzas a sus órdenes y hasta acuñaba moneda, y que no dejó nunca de conspirar contra él.

Con el otro de sus antiguos regentes, el señor de Vizcaya, Juan de Haro, el Tuerto, actuó de manera más fulminante. Lo hizo asesinar por un sicario y parecida suerte corrió su sucesor, pues supo que, tras prometerle ir con su mesnada a uno de los sitios con los que intentó retomar Gibraltar y gastarse el dinero que para ello le envió, se había dedicado, en su ausencia, a saquear tierras bajo protección real e incitar a otros nobles a que lo hicieran también y se sublevaran contra él. Logró encontrarlo en Logroño y, tras dictar rápida sentencia, lo hizo de inmediato ejecutar.

Con todos estos líos y revueltas lo que habían conseguido era que se desatendiera la frontera y el combate con el islam y fueron los moros, el poder benimerín llevaba ya tiempo haciéndose notar, quienes volvieron a tomar la importantísima plaza que su padre había logrado reconquistar. Fue algo que le dolió hasta su muerte, que le alcanzó precisamente cercándola e intentando sacarse aquella espina que siempre llevó clavada.

Consiguió, con todo, imponerse y reforzar el poder real; incluso se inventó una particular orden de caballería, la de la Banda, que acogió en sus filas a muchos hijos segundones de las familias nobiliarias, los primogénitos no lo podían ser, y con ello engrosó el número de los adeptos a él. Se supo atraer también a los habitantes de los burgos y ciudades.

El comercio de la lana y su cada vez mayor valor hizo que prosperaran. Alfonso, con inteligencia y sin mezclarse del todo ni participar en los combates, se aprovechó de la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra y abrió para Castilla los mercados de Flandes.

Su gran problema, que vio venir desde el principio, fue el de los benimerines. Se habían aliado estrechamente con Mohamed IV de Granada y su flota comenzó a dominar el Estrecho y campar a sus anchas por toda la costa del sur español. Hasta pactaron con los genoveses y se convirtieron en una amenaza letal.

Entendió que era el momento de plantar cara y que solo no podía hacerlo. Convirtió sus buenas relaciones con el rey Alfonso IV de Aragón en una firme alianza y otro tanto hizo con Portugal, casándose para ello con su hija y prima suya, María de Portugal. Pero sus amores previos y consolidados con quien sería de por vida su amante, Leonor de Guzmán, de lo que habrá luego sin falta que hablar, iban a enturbiar mucho la relación.

La última despedida, de Antonio Amorós y Botella. La obra representa el momento (1351) en que Fadrique Alfonso se despidió de su madre Leonor de Guzmán en presencia de la reina María de Portugal, madre de su hermanastro el rey Pedro I

La última despedida, de Antonio Amorós y Botella. La obra representa el momento (1351) en que Fadrique Alfonso se despidió de su madre Leonor de Guzmán en presencia de la reina María de Portugal, madre de su hermanastro el rey Pedro I

Juntos, los tres reinos afrontaron la dura prueba del embate benimerín, aunque era Castilla la que lo sufría más directamente en su territorio. Durante los siguientes años no obtuvieron fruto de ella, sino más bien quebrantos y más disgustos que victorias, sufriendo serias pérdidas en el mar.

La gran prueba iba a llegar cuando los benimerines, apoyados por los nazaríes, se decidieron a lanzarse masivamente al ataque y buscar una batalla frontal para dar un golpe decisivo a los cristianos.

Los Banu Marin, este era su nombre árabe, habían sustituido a los almohades e instalado su capital en Fez y dominaban la mayor parte del Magreb y desde hacía ya años habían desembarcado en los puertos del reino nazarí y mantenían tropas allí. Su objetivo primero fue lograr el control del Estrecho y estuvieron a punto de hacerlo de manera total.

A finales del siglo XIII ya habían intentado tomar Cádiz, pero la resistencia previa de Tarifa, la muy mentada defensa y sacrificio de su propio hijo de Guzmán el Bueno, la frustró.

Volvieron al ataque en 1329 y esta vez sí lograron una importante presa: se adueñaron de Algeciras y, aunque por el frente granadino fueron derrotados en Teba, desde esa base pusieron cerco por tierra y mar y lograron retomar Gibraltar en 1333. La cosa se puso cada vez peor para los cristianos y los intentos de taponar el paso del Estrecho acabaron en derrota tanto de las escuadras de Aragón y la muerte de su almirante como de la castellana, y su almirante, Tenorio, también pereció.

Fue decapitado tras ser capturado. El paso del Estrecho quedó expedito para los desembarcos musulmanes y la nueva y gran invasión norteafricana se puso en marcha.

El rey castellano recurrió de nuevo al portugués, también de nombre Alfonso. No ha habido en toda la historia de la península nombre más coronado que este. Y hasta hace bien poco: los XII y XIII ya de toda España y de la dinastía Borbón. El Onceno envió a la reina, su mujer, a solicitarle ayuda. Pero la tenía muy abandonada y al suegro, por ello, bastante enfadado.

Le contestó que si quería su apoyo que se lo pidiera él mismo y no le quedó otra que humillarse. Lo hizo y lo solicitó personalmente y con mayor humildad. El portugués, la amenaza también se cernía sobre él, le incumbía a él, accedió a ello.

El enfrentamiento final fue larvándose durante los años siguientes para ir a estallar en el gran choque campal en el año 1340. Los musulmanes fueron desembarcando cada vez más contingentes y ya aquel año se lanzaron de nuevo a una invasión en toda regla. Pusieron de nuevo cerco a Tarifa y sería justo al lado suyo donde se trabaría la definitiva lid.

Los ejércitos de ambos reyes, Aragón se limitó a enviar una pequeña flota y no participó en el combate terrestre, se dieron cita en Sevilla, llegando a las cercanías de Tarifa ocho días después y ya teniendo a la vista el gran despliegue musulmán. Los cálculos más ponderados de las fuerzas en liza elevan a unos 60.000 el número de combatientes musulmanes por unos 20.000 del ejército cristiano, este en una proporción de 4 a 1 entre castellanos y portugueses.

Alfonso XI. Obra de Francisco Cerdá de Villarestan

Alfonso XI. Obra de Francisco Cerdá de Villarestan

Sin embargo, y con tal superioridad de fuerzas, el jefe benimerí no debía tenerlo muy seguro, pues dio orden de que las tropas que asediaban Tarifa levantaran el cerco y se unieran a él. Aparte de una muestra de inseguridad y debilidad, sería un gran error.

Castilla convocó al combate a todas las fuerzas de las que pudo disponer, uniendo a órdenes militares, mesnadas nobiliarias, el infante don Juan Manuel no dudó en acudir con todo lo que pudo movilizar, y a las mesnadas concejiles en una causa común. Se había conseguido el reconocimiento de cruzada otorgado por el papa para la ocasión.

Previamente a la batalla, un consejo de guerra conjunto determinó que Alfonso de Portugal se encargaría de afrontar a las tropas, que eran muy expertas y curtidas, del nazarí Yusuf, mientras el castellano se las tendría que ver con la ingente cantidad de soldados benimerines de Abu al-Hassan.

El 30 de octubre de 1340 la batalla comenzó. El río Salado y su cruce por la caballería castellana iban a acabar por determinar la suerte del combate, pues, aunque por algunos momentos de enorme tensión el Onceno, ya al otro lado de la corriente, estuvo a punto de quedar copado y temporalmente se encontró rodeado por grandes contingentes musulmanes, sus caballeros, con él al frente, lograron imponerse a la élite de los jinetes benimerines y romper finalmente sus filas.

Y entonces sucedió algo con lo que el benimerí no había contado. Las tropas de la guarnición de Tarifa salieron en tromba y se lanzaron contra el campamento del propio sultán, causando un gran estrago y una confusión general. Con ello y por ese lado, la batalla estaba ganada.

Por el otro, el rey portugués las había estado pasando muy mal y las aguerridas tropas granadinas estuvieron a punto de imponerse, pero una carga del propio rey luso, que se ganaría por ello el título de el Bravo, consiguió revertir la situación y romper los haces islámicos también. La desbandada fue ya total.

Alfonso de Castilla no solo aplicó en el combate sus propios conocimientos en el arte de la guerra, sino las enseñanzas de quienes a lo largo de la historia habían sido los mejores estrategas. Uno de sus libros de cabecera fue siempre el Libro de Alejandro y también tenía en su memoria los hechos de su ancestro Alfonso VIII en las Navas.

Aplicó de ambos el concepto de «batalla decisiva». Esto es, no contentarse con vencer, sino que, lograda la victoria, explotarla hasta el final y perseguir y acabar con cuantos enemigos se pudiera alcanzar. El «alcance» del Salado, como lo fuera el de las Navas, resultó letal para el poder benimerín.

Alfonso aprovechó también su triunfo para avanzar en la Reconquista y consiguió ganar al año siguiente terreno al reino nazarí, haciéndose con la poderosa fortaleza de Alcalá la Real, tras lo cual se apoderó también de Priego de Córdoba, Carcabuey y Rute. Más importante fue tomar ya por completo, año 1344, y de manera definitiva, Algeciras y todo su enorme alfoz. También logró reabrir las rutas comerciales del Mediterráneo al Atlántico.

Pero no pudo sacarse la vieja espina de Gibraltar, que era la «mayor mancilla que tenía el rey en su corazón». Allí pereció, tras negarse a abandonarlo a pesar de ser alertado del peligro en el último cerco para tomar la roca, víctima de la peste que se declaró en el campamento sitiador.

Murió en La Línea de la Concepción en la noche del 25 al 26 de marzo, jueves y viernes, de la Semana Santa de 1350. Sus restos fueron llevados a enterrar en la catedral de Córdoba y luego, más de tres siglos después, trasladados a la Real Colegiata de San Hipólito de dicha ciudad, fundada por él mismo en 1343 en conmemoración de la batalla del Salado.

Sarcófago de Alfonso XI en la Real Colegiata de San Hipólito en Córdoba

Sarcófago de Alfonso XI en la Real Colegiata de San Hipólito en Córdoba

Nos ha quedado de la crónica de su reinado este retrato del muy esclarecido príncipe y rey don Alfonso el Onceno: «É fue este rey don Alfonso no muy grande de cuerpo; mas de buen talle, é de buena fuerza, é blanco, é rubio, é franco, é esforzado, é venturoso en guerras».

No son hoy sus hazañas ni conocidas ni celebradas en lo que valieron. Sí resulta curioso que lo sea entre los cazadores, en especial los más ilustrados y aficionados a la caza mayor. Él fue un gran aficionado a la cacería y un gran observador de la naturaleza. Su pasión le llevó a dar a luz al famoso libro que hoy en día sigue sorprendiendo por la agudeza de sus observaciones.

Por ejemplo, al hablar de los osos. Que entonces los había por todos los montes hispanos; de hecho, relata cómo cazaron a uno de esos animales cerca de la alcarreña villa de Torre del Burgo, cercana a Hita, describe que las hembras con las crías de ese año y que todavía siguen con ella y lo harán hasta pasar por la segunda hibernación, hay frecuentes veces que no hibernan.

El Onceno afirma que es, dice, por la guerra que les dan los oseznos ya crecidos en la osera, pero hoy parece que es más bien por necesidad. Los jóvenes se mantienen fuera con las madres si les es posible porque no han hecho acopio suficiente de grasa para poder pasar durmiendo el invierno entero. Ahora lo achacan, como todo, al cambio climático.

Queda hablar de lo que quedó tras él. En ello tuvo mucho que ver lo que fue su gran pasión amorosa y cómo se transformó en envenenada herencia para sus hijos.

Del que tuvo de su matrimonio con María, su prima e hija del rey portugués, celebrado en 1329, y de los que tuvo con su amante Leonor de Guzmán. Pues ya antes de casarse y desde el año anterior había quedado prendado y estaba en amores con esa noble y bellísima sevillana, a la que jamás dejó de amar y nunca quiso abandonar. De su hermosura mucho se dijo en sus días y de la devoción que el rey y ella se tuvieron se sigue hablando hasta hoy: «Era dueña muy rica y muy fija dalgo y era en fermosura la más apuesta muger que avia en el Reyno».

Con María tardó en lograr un descendiente, o en venir un descendiente, pero al final lo hubo, Pedro de nombre llevó, al que como rey apodarían el Cruel. Con Leonor tuvo 10. Los diez hermanos Trastámara, bastardos con los que Pedro, muerto su padre, intentó acabar. Pero uno de los que sobrevivieron, Enrique, lo mató a él, asesinándolo en Montiel. Una dinastía nació con él. A ella pertenecieron dos famosos primos, Isabel I de Castilla y Fernando de Aragón.

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