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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Fernando III, el Rey santo que culminó el sueño de las Navas

Su santidad es cosa divina, pero que esté entre los más grandes reyes españoles es indiscutible

El "Pacto de Jaén" o el vasallaje de Alhamar ante Fernando III el Santo

El «Pacto de Jaén» o el vasallaje de Alhamar ante Fernando III el Santo

Se diría, al ver la historia, que la costumbre entre los reyes castellanos era, por las diferentes desgracias acaecidas a sus hijos, que hubieran de ser los nietos quienes avanzaran y llevaran a buen término lo que los abuelos comenzaron a labrar.

Así, tras Alfonso VI, conquistador de Toledo, hubo de ser el hijo de su hija Urraca, Alfonso VII, intitulado el Emperador, quien hiciera avanzar la frontera del Tajo al Guadiana. Y, a su vez, el VIII, el de las Navas, llamado el rey niño al morir muy joven su padre, Sancho III, fue quien derrotó a los temibles almohades y llevó la Reconquista a asomarse ya a las vegas de Al-Ándalus. Tampoco ninguno de sus hijos pudo explotar su victoria.

El mayor, el príncipe Alfonso, que apuntaba maneras, ya en la veintena era el brazo derecho de su señor padre y le ayudó mucho en la consecución de la cruzada contra el Miramamolín, se fue a morir justo el año anterior a la famosa batalla. Enrique, el más pequeño, que llegó a ser entronizado, jugando como los críos juegan, tenía tan solo siete años cuando una teja caída desde lo alto de un edificio le dio en la cabeza y lo mató.

Batalla de las Navas de Tolosa, obra de F. P. Van Halen

Batalla de las Navas de Tolosa, obra de F. P. Van Halen

Por fortuna, el rey Alfonso y la reina Leonor de Plantagenet tenían una hija, la primogénita, además, que heredó las virtudes del castellano y de la normanda. Su hijo, Fernando III, fue, merced a ella, quien llegó a ser rey de Castilla y, además, de León, que ya con él se unirían para siempre en una misma corona.

De Castilla, porque su madre, a quien le correspondía el trono, renunció y se mantuvo a su lado como la mejor y más decidida consejera. Y de León, porque, aunque el rey era su padre y él su primogénito, tenía un par de hijas de una primera mujer antes de casarse con Berenguela, su madre, matrimonio que disolvió la Iglesia por ser primos, aunque reconoció la legitimidad del hijo que habían tenido.

Berenguela la Grande en una litografía del siglo XIX

Berenguela la Grande en una litografía del siglo XIXWikimedia Commons

Que se acabara por ceñir la corona, tras no pocos altibajos y conspiraciones, tuvo también mucho que ver con los buenos oficios de su madre, y más aún que lograra mantenerla. Tanto en Castilla como en León se topó con las ambiciones y pretensiones de muchos. Entre ellos, y a la cabeza de todos, nada menos que los Lara, preceptores en la niñez de su abuelo y la familia más importante y señera de toda Castilla.

En este primer caso, su propio padre, tras la cesión de su madre del cetro castellano, pensó que antes y mejor que el chico, un jovenzuelo al cabo, lo haría él mismo y que luego, ya a su muerte, todo a la postre quedaría para él. Para ello, no dudó en aliarse con los hermanos Lara y se lo pusieron muy difícil, pues no les faltaban mesnadas que los apoyaran.

Pero Berenguela y su hijo lograron vencer y Fernando, a la postre, convencer. Fue decisiva la inteligencia, generosidad y gran y verdadero amor de su madre tanto por su hijo como por el reino, que demostró con sus renuncias y refrendó después, mientras vivió, con su apoyo, conformando un tándem muy bien conjuntado.

En las ausencias del hijo durante sus expediciones guerreras, la madre se ocupaba en retaguardia de la gobernanza cotidiana, así como de preparar la intendencia para las campañas, como demostró consiguiendo abastecer al ejército en la decisiva expedición y cerco que culminó en la definitiva reconquista de Córdoba. Eso, amén de deshacer las conjuras contra él, que, sobre todo al principio, no faltaron.

Hay que reconocer que el Santo tuvo mucha suerte con las mujeres. Con su madre, desde luego, pero también con sus dos esposas, sobre todo la primera, Beatriz de Suabia.

Si Berenguela fue su gran consejera en sus quehaceres políticos, Beatriz fue la impulsora máxima de una obra cultural que le iba a hacer pasar con gran prestigio a la posteridad y hasta el día de hoy. Con solo dos botones de muestra se entenderá mejor.

Las catedrales góticas de Burgos y Toledo comenzaron a construirse bajo su reinado en los años 1221 y 1226, y la de León, un poco posterior, ya estaba en proyecto y le daría inicio inmediato su hijo Alfonso X el Sabio.

La impronta de Beatriz, hija del emperador Federico II de Alemania, cuya corte era de las más avanzadas culturalmente de toda Europa, se dejó notar mucho en ello. Fue una reina querida y admirada por el pueblo. Y de ella el arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada nos trasladó esta valoración: «optima, pulchra, sapiens et pudica».

Su marido tampoco fue para nada un ignorante. En absoluto. Buscó para su corte que fuera un lugar acogedor para la música y los juglares, donde se alentaba el «buen hablar literario». Muy importante y poco reconocido fue su interés y ayuda a un centro de saber y enseñanza que adquiriría luego fama universal, la Universidad de Salamanca, a la que protegió y apoyó cuanto pudo y dio un decisivo impulso.

Sin embargo, por lo que es mucho más celebrado es por sus conquistas y avances territoriales. Nada extraño, desde luego, pues para comprender la trascendencia y significado del reinado de Fernando III, en Castilla desde 1217 y en León desde 1230 hasta 1252, en que falleció, pueden servir estas cifras.

Cuando fue entronizado en Castilla, sus dominios, exclusivamente los de esa corona, eran de unos 150.000 km²; cuando unió a ellos los de León, estos aumentaron en otros 100.000 km², y, tras sus conquistas continuas de territorio en manos musulmanas, sumó con ellas otros 130.000 más. Cuando murió, era ya soberano de un extensísimo dominio de cerca de 400.000 km².

Y, aunque la gran expansión tuvo lugar tras conseguir la unión de las dos coronas, tuvo siempre muy claro, y desde antes de ello, cuál era su gran misión, que de alguna forma debía cumplir en honor al esfuerzo de sus antepasados. Las Navas habían roto el espinazo del imperio almohade, las taifas volvían a proliferar y era su deber culminar lo que su abuelo no había podido completar al morir al poco de su gran triunfo.

La carga de los tres reyes obra de Augusto Ferrer-Dalmau

La carga de los tres reyes obra de Augusto Ferrer-DalmauAugusto Ferrer-Dalmau

Tenía 16 años cuando ascendió al trono castellano. Había nacido en Peleas de Arriba en el año 1201 y tardó varios años en poderse asentar mínimamente. A los 18 ya estaba casado con Beatriz. La boda se celebró en Burgos, oficiada por el obispo Mauricio, quien sería también quien puso con ellos la primera piedra de la nueva catedral.

Con los 20 cumplidos y con las órdenes militares de Santiago y Calatrava respaldándole, se lanzó a su primera campaña contra el islam, que inició en 1224 y que tuvo como objetivo el reino de Jaén y la gran fortaleza que señoreaba su capital.

Esa plaza sería al cabo el hueso más duro de roer y se le resistiría hasta el final. No la pudo tomar y no sería la última vez en que en ello iba a fracasar; de hecho, así sucedió en sucesivas intentonas en los años siguientes. Pero no fue en vano la cabalgada, pues sí logró apoderarse de importantes plazas como Baeza, Andújar, Martos y varias más de aquellas serranías. Marcó con ello, además, algo determinante: su hegemonía militar, superior a la de los musulmanes.

Cuadro San Fernando y su esposa doña Beatríz admirados de las disposiciones y talento de su hijo don Alfonso de Carlos Gironi y Cabra

Cuadro San Fernando y su esposa doña Beatríz admirados de las disposiciones y talento de su hijo don Alfonso de Carlos Gironi y Cabra

Para ello se adentró profundamente en territorio enemigo y llegó hasta la mismísima Vega de Granada, logrando el rescate de más de 1.300 cautivos cristianos y sometiendo a vasallaje y al pago de parias a varios reyezuelos que así compraron la paz con él y la protección contra otros de su propia religión.

Uno de ellos, Ibn Hud, iba a ser quien efímeramente consiguiera hacerse con el poder de casi todo Al-Ándalus, excepto algunas pequeñas taifas, con Murcia, Granada, Córdoba y Sevilla como principales emblemas de su poder. Iba a ser, pues, el gran rival de Fernando, pero no dio demasiado la talla y no tardó en sucumbir.

El primer gran mazazo que no tardó en sufrir fue la definitiva reconquista por Fernando de la antigua ciudad califal.

En 1230 se produjo su entronización en León y eso iba a cambiar mucho el panorama, pues su potencia militar se duplicaba. Las incursiones cristianas se aceleraron y, aunque en los primeros años él estuvo más ocupado en organizar el reino e instaurar la tranquilidad en todos sus dominios, no por ello cesaron los avances, cabalgadas y conquistas.

Conquista de Córdoba, obra de 1712, por Antonio Palomino, en la capilla de Santa Teresa de la Mezquita-Catedral de Córdoba

Conquista de Córdoba, obra de 1712, por Antonio Palomino, en la capilla de Santa Teresa de la Mezquita-Catedral de Córdoba

Hasta el ya viejo obispo de Toledo, quien había estado al lado de su abuelo en las Navas, Rodrigo Jiménez de Rada, se animó a alguna y tomó la plaza de Cazorla y toda su comarca. Otra potente hueste, tras bordear Córdoba y arrasar su campiña, asaltó el castillo de Palma del Río, llegó hasta el mismo Jerez y, tras un combate con Ibn Hud y la retirada de este, saqueó la ciudad y regresó cargada de botín.

Por el oeste, lo que fue el reino de Badajoz, ciudad que había logrado reconquistar su padre, Alfonso IX, sufrió también las embestidas cristianas, que se apoderaron de Trujillo, Medellín, Alange y Santa Cruz.

Por el lado de Jaén, la pieza mayor que se cobró fue Úbeda.

La mala noticia para el rey fue la muerte de su mujer, Beatriz de Suabia. Su madre, Berenguela, le convenció de que debía casar de nuevo y ella misma, a través de su hermana Blanca, le buscó novia en Francia: Juana de Ponthieu. Y a nada hubo nueva boda en Burgos, asunto resuelto y sin problemas de haber tenido que rechazar a hijas de grandes señores leoneses o castellanos deseosos de emparentar con la Corona.

Restablecida por completo la calma en sus reinos, Fernando se dedicó por entero a proseguir avanzando, ocupando y recuperando para la cristiandad cada vez más territorios. Berenguela, en la retaguardia, se ocupaba del gobierno con tanta energía como discreción y sin salirse de su papel. Y así seguiría haciéndolo hasta su muerte en 1246. Para entonces, su hijo ya reinaba en Córdoba y en buena parte del valle del Guadalquivir.

La conquista de la emblemática ciudad tuvo un punto de suerte y azar, pero también dio prueba del sentido de la oportunidad y la rapidez en decidir y actuar del rey.

Todo comenzó con un asalto de un grupo de caballeros cristianos a un arrabal de la ciudad, el de la Axarquía. En vez de saquearlo y retornar, vistas las pocas defensas, se hicieron fuertes en él e informaron al rey, pidiéndole apoyo y señalándole que era posible tomar la ciudad entera. Fernando, con enorme celeridad, se puso en marcha, sumando cuantas tropas pudo en el camino, y consiguió llegar él antes desde el norte, pues andaba por tierras de León, ante las puertas de la ciudad y asediarla, que Ibn Hud, que estaba mucho más cerca, a socorrerla.

Tras unos días de tensión entre ambos ejércitos, el musulmán no se decidió a atacar y se retiró dirigiéndose a Almería. Al sentirse sus habitantes abandonados a su suerte, se acabaron por rendir. El 29 de junio de 1236, el rey Fernando, ya con su hijo Alfonso al lado, a quien le quedaba aún bastante para ser apodado el Sabio, entró triunfalmente en la ciudad.

Retrato de Alfonso X el Sabio realizado por José María Rodríguez de Lodosa

Retrato de Alfonso X el Sabio realizado por José María Rodríguez de LodosaAyuntamiento de León

El impacto fue enorme y la trascendencia, tanto territorial como de desaliento en el campo musulmán y de ímpetu en el cristiano, todavía mayor. Todo su enorme y fértil alfoz cayó en manos cristianas.

Entre las razones que el jefe musulmán tuvo, o con las que se excusó para no presentar combate y abandonar a su suerte a la ciudad, estaba la situación en el Levante. El rey de Aragón estaba atizando por allá fuerte y eran dominios suyos.

Fernando III tenía un firme pacto de enorme calado con Jaime I, que ambos no solo respetaban, sino que entendían como clave para poder avanzar cada uno por su lado. Habían determinado qué zonas bajo dominio musulmán correspondían a cada uno y lo cumplieron a rajatabla.

La buena relación entre las dos coronas venía de lejos: Aragón había ayudado a Castilla cuando, tras la derrota de Alarcos, quedó maltrecha y sin apoyos. El padre de Jaime, al que este, aun no habiéndolo conocido en vida, admiraba mucho, Pedro II, había combatido junto al abuelo de Fernando en la trascendental batalla de las Navas, de la que ahora ellos estaban sacando enorme provecho.

La alianza se escenificó de manera evidente cuando Fernando envió al príncipe Alfonso a la toma del reino de Murcia. Este negoció un nuevo pacto sobre la región, estableciendo el límite sur de Aragón. El Conquistador ya había tomado Valencia y Játiva, y se estableció que Murcia quedaba para Castilla, aunque estuvieran más próximos los ejércitos aragoneses, que llevaron incluso el peso de la campaña, pero, tras conquistar buena parte del territorio, se lo cedieron a los castellanos.

El príncipe Alfonso remató la faena tomando Mula, Lorca y Cartagena. Para vencer la enconada resistencia en este último lugar y marítimo enclave, se hizo venir desde el Cantábrico una flota castellana que anticipó lo que luego se repetiría en la conquista de Sevilla.

La colaboración de ambos reinos dio magníficos resultados para los dos y no fue por ello ninguna sorpresa, sino una confirmación de la amistosa relación, que el heredero castellano se casara con Violante, hija del rey aragonés.

Fernando III el Santo, según la interpretación de Murillo

Fernando III el Santo, según la interpretación de Murillo

El rey Fernando, por su parte, tampoco había perdido el tiempo. Ibn Hud había muerto y el poderío almohade era una sombra de lo que fue. Les arrebató Albacete y, avanzando cada vez más por Andalucía, se apoderó de Setefilla, Hornachuelos, Almodóvar, Lucena, Montoro, Aguilar, Écija, Marchena, Morón, Obejo y Estepa.

Entendió que había llegado también el momento de sacarse ya la espina de lo que más se le resistía y que no había manera de conquistar: Jaén. Allí mandaba Alhamar el Rojo, el nuevo y correoso líder hispano-musulmán nacido en Arjona y que señoreaba también Granada.

Este era ya el tercer cerco personalmente dirigido por el monarca castellano y esta vez no estaba dispuesto a levantarlo sin haberla tomado.

Siete meses le costó, desde agosto de 1245 hasta febrero de 1246. Y no la pudo tomar al asalto, sino que Alhamar la entregó tras acordar un pacto por el que se le permitiría conservar el reino de Granada, aunque con vasallaje y parias de por medio, esto es, pagando un fuerte tributo anual y en oro. El reino nazarí se mantendría en pie durante 250 años.

Pero fue todo un alivio para Fernando, que se iba a ver empañado por la más triste noticia que pronto iba a recibir.

Había sido el año anterior la última vez que había visto a su madre. Se habían encontrado en un lugar llamado Pozo de don Gil, que es ahora Ciudad Real, pues allí fundaría su nieto Alfonso X aquel enclave, de inicio bautizado como Villa Real, tal vez en memoria de aquel postrer encuentro entre su padre y su abuela.

En el transcurso del mismo, Berenguela había expresado su deseo, al encontrarse ya muy cansada, de recluirse en un monasterio.

A uno, el de las Huelgas Reales, en Burgos, fundado por su madre, Leonor, es adonde llegaron sus restos. Primero fueron depositados en un sencillo sepulcro, pero poco después fueron trasladados por una nieta suya que profesaba allí de monja, y mandaba bastante, junto a donde descansaban los de sus padres.

'Entrega de las llaves de Sevilla a San Fernando' atribuido a Juan de Espinal

'Entrega de las llaves de Sevilla a San Fernando' atribuido a Juan de Espinal

La mala nueva le llegó a su hijo cuando acababa de tomar el alcázar de Alcalá de Guadaíra, pues ya estaba acercándose a Sevilla, que era su objetivo y meta finales.

Sabía que iba a ser difícil, a pesar de su gran y bien engrasado poder militar, y que tendría que utilizar no solo fuerzas terrestres, sino también navales. De hecho, ya había comenzado a armar una flota que puso al mando del gran marino Ramón de Bonifaz. Dos años tardó en hacerlo, pero fue determinante para conseguir que Sevilla se rindiera.

Pero antes lo previo era lograr vencer a la flota musulmana e impedir que pudieran recibir refuerzos desde África. Tras arduos esfuerzos, se pudo neutralizarla y, al tiempo, fueron cayendo también los enclaves defensivos cercanos a la ciudad, que se encontró ya asediada por todos los lados en 1247.

Pero al poco vieron que seguían entrando víveres en ella por el puente de barcas del Guadalquivir desde la fortaleza de San Juan de Aznalfarache.

Fue ya a principios del año siguiente, cuando el príncipe Alfonso, junto con el infante de Portugal, se había unido ya al cerco junto a algunas tropas aragonesas que también llegaron, cuando se pudo rendir aquel castillo que tantos sinsabores les había dado.

Pero quedaba todavía por solucionar lo del puente de barcas, que, unido por gruesas cadenas de hierro, atravesaba todo el río. Después de un intento fallido de una poderosa y maciza nave por lograr romperlas, lo consiguió la del propio Bonifaz en una segunda embestida y Sevilla quedó definitivamente cercada y aislada del Aljarafe y de Triana.

Fue el golpe definitivo. La ciudad, perdidas las esperanzas de recibir refuerzos africanos, se rindió. El 23 de noviembre de 1248, el caíd de la ciudad entregó sus llaves a Fernando III.

Los siguientes años fueron empleados en someter a todos los enclaves que constituían los antiguos dominios del reino sevillano hasta la raya pactada con el reino de Portugal. Fueron cayendo uno tras otro, y aceptando la autoridad castellana, Jerez de la Frontera, Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Vejer de la Frontera, El Puerto de Santa María, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda, Rota y Trebujena.

La tarea parecía cumplida: Al-Ándalus había dejado de existir. Tan solo quedaba el reino de Granada, pero ya como vasallo de Castilla. Lo empezado en las Navas había concluido.

El tiempo demostraría que no iba a ser así y el rey Fernando alguna sospecha tuvo de ello y llegó a planear ponerle algún remedio. Entendió que, para poder culminarlo todo y poder estar tranquilos, era preciso pasar el Estrecho y tomar el control del otro lado. Vamos, conquistar el norte de África ahora que los almohades estaban casi deshechos y los amenazantes benimerines aún en proceso de consolidación.

Pero la cosa no pasó de ahí. Fernando III murió en el año 1252. Su hijo Alfonso algo intentó, pero las expediciones hacia Orán y Salé resultaron fallidas.

Las loas al rey Fernando, dado su poderío, fueron muchas en vida y aún más después de muerto, pero coinciden en que era un hombre «moderado en el comer y en el beber, buen jinete y cazador y muy respetado por todos».

Lo cierto es que no hay en la época ni diatribas ni acusaciones de atrocidades hacia su persona, como sí las hay de otros de su misma alcurnia y condición.

Murió en el Alcázar de Sevilla el 30 de mayo de 1252, rodeado por cuatro de los hijos habidos con Beatriz, encabezados por su primogénito Alfonso, su segunda mujer, Juana de Ponthieu, y los tres que tuvo con ella. Sabedor de la inminencia de su muerte, la afrontó con mucha entereza y fervor religioso, recibiendo el viático y los últimos sacramentos.

Ha quedado constancia de sus postreras palabras antes de expirar, que, a modo de oración, pronunció: «Señor: me diste reino que no tenía, y honra y poder que no merecí; dísteme vida, esta no durable, cuanto fue tu voluntad. Señor, gracias te doy y te devuelvo el reino que me diste con aquel provecho que yo pude alcanzar y ofrézcote mi alma».

Fue enterrado en la catedral de Sevilla, a los pies de la Virgen de los Reyes, una talla regalo de su primo, el rey Luis IX de Francia, que, como él, sería también ascendido a los altares. El nuestro lo fue en el año 1671 y es patrono de varias ciudades no solo en España, sino también en Hispanoamérica, destacando entre todas la de Sevilla, así como las de Aranjuez, San Fernando de Henares y Maspalomas (Gran Canaria). Es asimismo patrón del Arma de Ingenieros del Ejército de Tierra y de algunas universidades, como la de La Laguna, en Tenerife.

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