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Retrato de Diego García de Paredes, grabado de Tomás López Enguídanos, 1791, a partir de un dibujo de José Maea

Retrato de Diego García de Paredes, grabado de Tomás López Enguídanos, 1791, a partir de un dibujo de José Maea

Picotazos de historia

Diego García de Paredes, el «Sansón de Extremadura» que luchó solo contra los franceses en un puente

La legendaria defensa del puente de Stamford por un guerrero vikingo tiene un eco español en la figura de Diego García de Paredes, el soldado extremeño que, acusado de cobardía, se lanzó casi en solitario contra los franceses en el río Garellano

Fuera de España es conocidísima la historia del guerrero berserker —guerrero nórdico que entraba en un estado de furia homicida— que, él solo, defendió el puente sobre el río Stamford, cerca de la ciudad de York, contra el ejército del rey sajón Harold Godwinson.

Este individuo, un gigantesco guerrero, se situó sobre el puente cerrando el avance del ejército enemigo, que había sorprendido al ejército del último gran rey vikingo: el terrible Harald Hardrada.

Al final, las tropas de Harold acabaron con el berserker, pero para ello tuvieron que alancearlo desde debajo del puente, ya que nadie se atrevía a acercársele y los cuerpos de cuarenta sajones, muertos a manos del vikingo, obstruían el puente. Se desconoce el nombre de este guerrero, pero desde entonces se ha ensalzado su valor y sacrificio.

Placa de bronce de la era de Vendel, encontrado en Öland con la representación de un berserker

Placa de bronce de la era de Vendel, encontrado en Öland con la representación de un berserker

Ahora me gustaría contarles una hazaña similar que no recuerda prácticamente nadie; y es que así de dejados somos y tanta desidia tenemos con nuestra historia los que vivimos en esta sufrida piel de toro. La historia la protagonizó un héroe al que llamaron «el Sansón de Extremadura» y «el Hércules de España». Sí, señores, me estoy refiriendo a don Diego García de Paredes.

Nace nuestro protagonista en Trujillo en el año de gracia de 1468, y finará de la manera más tonta —que narraré en otro artículo— en Bolonia en 1533. Fue soldado y tanta admiración despertó por sus hechos de armas y proezas físicas que fue la admiración de su tiempo. Nos dejó el militar una breve biografía titulada Breve suma de la vida y hechos de Diego García de Paredes, que dictó en su lecho de muerte.

Individuo de estatura media, la mayoría de las descripciones nos muestran a alguien corpulento aunque sin exageración, bien proporcionado. Nada de esto hacía sospechar la fiereza, voluntad y fuerza sobrehumana que ocultaba el individuo y que se encendía como un volcán cuando entraba en combate. Y otro rasgo que comentan la mayor parte de los biógrafos del militar es que era persona de trato amable, casi dulce, pero de humor melancólico —hoy hablaríamos de bipolaridad—.

Leal con los suyos, no permitía falta de respeto ni maltrato de palabra. En ese momento, el tono de su voz se transformaba, adquiriendo una frialdad y firmeza que hacía recordar a todos los que se encontraban cerca que tenían algo urgente que hacer en algún sitio distante.

Los diferentes biógrafos —Tamayo de Vargas, Muñoz de San Pedro, Suárez Figaredo, etc.— no se ponen de acuerdo en la fecha, solo en que fue unos meses antes de la famosa batalla del río Garellano —28 y 29 de diciembre de 1503—.

Batalla del Garellano

Batalla del Garellano

Diego García de Paredes está al mando de tres compañías más una unidad de caballería —tenía una coronelía— y, sabiendo que los franceses han construido un puente sobre el río, aconsejó a su comandante —don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán— simular una retirada a terreno más propicio para tentar a los franceses a atacar y así sorprenderlos en el contraataque.

Don Gonzalo interpretó mal lo que se le dijo —posiblemente solo oyó «retirada» o llevaba mal día por cualquier motivo— y se revolvió diciendo al coronel que si él, García de Paredes, tenía miedo, no era su caso.

La acusación de cobardía, proferida por su comandante, al que admiraba y respetaba muchísimo, provocó un cortocircuito en alguna parte de la mente del extremeño. Tomó un montante —espada larga de dos manos— que tenía y fue a caballo hasta donde los franceses habían construido el puente sobre el río.

Llegó. Bajose de la montura y, con paso calmo, avanzó por el puente hasta casi llegar a la orilla ocupada por los franceses. Los centinelas franceses le dijeron que no avanzara más. Paró a escasa distancia. Se identificó e indicó a los centinelas que avisaran al comandante del destacamento que defendía la zona para que convocara a todos sus oficiales en ese punto del río, pues tenía algo que comunicar.

Cuando llegaron los convocados, y es de imaginar que también bastante tropa movida por la curiosidad y lo extraño del suceso, se abalanzó —Diego García de Paredes— sobre ellos mientras blandía el pesado montante como si este fuera la más liviana de las plumas.

Superado el primer instante de sorpresa, se revolvieron los oficiales sobre aquel loco. Pues otra cosa no les entraba en la cabeza que pudiera ser. Se inició un terrible combate sobre el puente que recuerda al del solitario guerrero berserker.

García de Paredes luchó con fiereza y la estrechez del puente se volvió más angosta al ir obstaculizando el paso los cuerpos de los franceses abatidos. Por su parte, el trujillano no luchaba para mantener la posición; su rabia en el combatir indicaba que quería avanzar, ganar terreno para combatir contra todos. ¡Y al diablo las consecuencias!

Diego García de Paredes, conocido como "El Sansón de Extremadura". Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Diego García de Paredes, conocido como «El Sansón de Extremadura». Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

Alguien, en el lado español, se percató de lo que estaba sucediendo. Dio la voz de alarma y corrió la noticia: «¡Que nos matan a García de Paredes!». Y corrió tropa y oficialidad, ninguno dispuesto a que el trujillano combatiera solo.

Se generalizó la lucha, a la que, tras largo rato, consiguió poner fin la superioridad artillera de los franceses, que tuvieron sobrado tiempo para mover las bocas de fuego y trasladarlas a las cercanías, pero con mucho cuidado de no estropear el precioso puente que tanto les había costado construir. El último de los españoles que se retiró del puente fue el propio García de Paredes, protagonista de una locura muy propia de él.

Alabó el Gran Capitán el valor de su coronel y públicamente lo señaló como valeroso y esforzado, tal vez internamente arrepentido de sus ligeras palabras anteriores, que habían desencadenado tan radical decisión. Borró Gonzalo Fernández de Córdoba cualquier rastro de la ofensa al honor de García de Paredes y secretamente quedaba el general admirado y complacido de la loca reacción de su oficial.

Los cronistas hablan de que ese día murieron unos quinientos franceses. Muchos parecen y no resulta creíble, pero, aunque fueran solamente la mitad de la décima parte de ese número los franceses apiolados por el Sansón de Extremadura, la hazaña ya lo sitúa, a pie de igualdad, con aquel solitario guerrero vikingo que, él solo y durante un glorioso momento, detuvo a un ejército entero en Stamford Bridge.

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