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Batalla del Garellano (1503)

Batalla del Garellano (1503)

La gesta olvidada del «Sansón español» que combatió él solo contra un ejército francés

Desde joven se instruyó en el manejo de las armas, «destacando por un vigor natural muy superior al de los otros jóvenes de su edad», como señala Juan María Pérez Pérez en el artículo que le dedica

«Hombre sobresaliente, ejemplo de la transición entre el guerrero montado de virtudes caballerescas, el feroz condotiero del Renacimiento y el soldado de los tercios de la Edad Moderna». Así describe el historiador Juan María Pérez Pérez a Diego García de Paredes, conocido como «el Sansón de Extremadura».

Natural de Trujillo, cuna de caballeros y conquistadores, Diego García de Paredes se ganó un lugar destacado en la historia —y, sobre todo, en la tradición épica de las guerras de Italia— tras su célebre actuación en 1503 frente a las tropas francesas en el río Garellano. Según relatan las crónicas de la época, aquel día habría hecho frente prácticamente solo a un gran contingente enemigo, causando la muerte de centenares de franceses.

La fama de esta hazaña quedó fijada en la literatura del Siglo de Oro. Miguel de Cervantes lo recuerda en El Quijote como ejemplo de fuerza y valentía extraordinarias: «Diego García de Paredes fue un valentísimo soldado y de tantas fuerzas naturales […] que puesto con un montante en la entrada de un puente detuvo a todo un inmenso ejército que no pasase por ella».

Retrato de Diego García de Paredes, ilustración de la obra de Tomás Tamayo de Vargas

Retrato de Diego García de Paredes, ilustración de la obra de Tomás Tamayo de Vargas

Según recoge el Museo del Ejército en la entrada dedicada al también apodado «Hércules de España», en 1496, tras la muerte de su madre —hecho que le afectó profundamente—, partió hacia Italia para enrolarse como soldado de fortuna, en un contexto marcado por las campañas de Gonzalo Fernández de Córdoba en Nápoles frente a las ambiciones francesas sobre el reino, tradicionalmente vinculado a la Corona de Aragón.

Desde joven se instruyó en el manejo de las armas, «destacando por un vigor natural muy superior al de los otros jóvenes de su edad», como señala Juan María Pérez Pérez en el artículo que le dedica. Durante su etapa italiana entró al servicio del papado, y las fuentes tradicionales afirman que el Papa Alejandro VI Borgia, conocedor de sus aptitudes, le confió responsabilidades militares. En este marco habría participado en el asedio de Montefiascone, así como en las campañas de Ímola (1499) y Forlì (1500), en las que, según Pérez, «en esta campaña, la compañía comandada por Diego libró una feroz lucha contra las tropas del duque de Urbino de la que salió victoriosa».

El historiador detalla que, en pleno combate, García de Paredes animaba a sus compañeros gritando el nombre de España, un episodio que Lope de Vega evocó poéticamente: «Corriendo va la campaña / con ira soberbia y extraña, / y sirviendo espada en mano / al Pontífice Romano / va diciendo ¡España! ¡España!».

Este comportamiento le habría acarreado problemas con otros mandos pontificios. Según la tradición, tras una disputa fue acusado de traición por el capitán Cesare Romano, lo que desembocó en un violento duelo del que salió vencedor el extremeño. Poco después, descontento con la paga recibida, comenzó a ejercer como «soldado al mejor postor», una práctica habitual en la Italia de la época.

Esta etapa sería breve. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, reclamó de nuevo su servicio. Según recoge el Museo del Ejército, García de Paredes veía en él una figura casi paterna. A su lado participó en las batallas de Ceriñola y Garellano (1503), en las que volvió a destacar por su valor en el combate cuerpo a cuerpo.

«Le gran diable»

Tras la victoria española en Ceriñola, las crónicas señalan que los franceses intentaron reorganizarse junto al río Garellano. Fue entonces cuando, según los relatos, se produjeron tensiones entre el Gran Capitán y Diego García de Paredes acerca de la forma de actuar. Ofendido por un reproche que interpretó como una duda sobre su valor, García de Paredes, «con gran enojo», descendió del caballo, empuñó su montante y se dirigió hacia el puente construido por los franceses.

De acuerdo con la Crónica del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba —obra anónima del siglo XVI—, solicitó parlamentar con los mandos enemigos y, una vez entre ellos, inició un ataque repentino y feroz. Las crónicas describen cómo los franceses enviaron hasta 2.000 hombres para hacerle frente: «Peleando como un bravo león, empezó de hacer tales pruebas de su persona, que nunca las hicieron mayores en su tiempo Héctor, Julio César o Alejandro Magno, ni otros antiguos valerosos capitanes, pareciendo verdaderamente otro Horacio en su denuedo y animosidad».

Tomás Tamayo de Vargas, en su obra Diego García de Paredes y relación breve de su tiempo, ofrece una versión igualmente épica del episodio, describiendo cómo el soldado español sostuvo combate contra un campo entero de franceses, causando gran mortandad en las riberas del río:

«En el de Garellano, el español Diego García de Paredes, sin ayuda alguna, solo, no resiste, más acomete, y sustenta igual batalla contra todo un campo lleno de valentísimos soldados franceses, y de mayor nombre que los toscanos, en que hizo tal estrago que poblaba las riberas de cuerpos de franceses, los cuales siempre tuvieron el paso abierto, sin que derribasen el puente los españoles, con que se renovaba por puntos la contienda con la muchedumbre de enemigos».

Retrato de Diego García de Paredes, grabado de Tomás López Enguídanos

Retrato de Diego García de Paredes, grabado de Tomás López Enguídanos

Finalmente, la infantería española acudió en su auxilio y los franceses se vieron obligados a retirarse. Las fuentes tradicionales afirman que aquel día murieron más de 500 enemigos, algunos a manos de García de Paredes y otros ahogados durante la huida. Esta gesta consolidó su fama legendaria y, según la tradición española, le habría valido entre los franceses el sobrenombre de Le grand diable.

«Todos los imperios necesitan tener sus propios héroes, y en este caso España tuvo el suyo», concluye el Museo del Ejército en su entrada dedicada al Sansón de Extremadura.

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