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Antonio Pérez Henares
Historias de la historiaAntonio Pérez Henares

Juglares, los padres anónimos de las lenguas hispanas

Los juglares cruzaban las fronteras sin despertar sospechas y eran recibidos sin recelos, pero escuchaban lo que no alcanzaban otros oídos y, al tiempo que entretenían y contaban cosas de aquí y de allá

Juglares

Juglares

No conocemos sus nombres ni ellos los escribieron jamás. No sabían hacerlo, pero sí versificar, recitar y cantar. No conocemos cómo se llamaron, pero su voz y sus romances nos han llegado vivos hasta hoy. Ellos, los juglares, fueron los anónimos padres de nuestra lengua, esparciendo por los caminos y las villas, y ascendiendo a los castillos y las cortes, los hablares de las gentes de a pie con los que se entendía el pueblo llano y también los de arriba, aunque para las solemnidades los clérigos conjugaran el latín. No estaba sola.

El galaicoportugués, que el rey Sabio consideraba la más adecuada para cantarle a la Virgen María, o las lenguas occitanas, entre ellas el catalán, también conocido como limusín, por Limoges, ya existían también por aquel entonces.

Hoy el castellano, el español para el mundo, es la lengua materna de más de 650 millones de personas. Nunca, ni en el momento de mayor esplendor de Roma, habló latín tanta gente. La diferencia entre el trovador, más occitano, y el juglar, más castellano, es que los primeros, de mayor alcurnia, consideraban impropio de su condición cantar o recitar, a no ser que fuera en una tenida entre iguales e incluso en presencia del rey, pero sí firmaban sus octavillas y se las daban a juglares a su servicio para que las divulgaran entre el populacho.

Iluminación de las Cantigas de Santa María del siglo XIII

Iluminación de las Cantigas de Santa María del siglo XIII

Los juglares castellanos eran, bajo esa definición, plebe populachera y de mala condición. Hoy es bien cierto que algunos nombres de trovadores están recogidos en sesudos estudios de sabios historiadores, pero sus obras han caído en el más triste olvido.

Sin embargo, las de los anónimos juglares permanecen vivas y sus romances son tesoros de nuestra historia y memoria, parte de nuestro sentir, y que hasta ayer mismo nos contaban nuestros abuelos en una tarde de invierno al calor de la lumbre.

Por el mío, Valentín, me sé yo el de La loba parda, y ahí están el del prisionero de mayo y la avecilla que le cantaba al albor, el de los siete infantes de Lara, el de la infanta Urraca, el de las mocedades y amores del Campeador y, por supuesto, la piedra angular de la literatura española, nuestra Ilíada: el Cantar de mio Cid.

Compuesto por uno o por varios, llevado de boca en boca y por muchas, hasta, refundido en uno, ser pasado a tinta y recitado al completo, al cumplirse el centenario de su muerte, en el año 1199, en la abadía de Santa María de Huerta, cerca de Medinaceli, a orillas del río Jalón, hoy provincia de Soria y frontera con Aragón, y en presencia de su tataranieto, el rey Alfonso VIII, el de las Navas.

Pues tal parentesco tenían. Aunque nadie parezca quererlo saber ni que se sepa, derivado de la hija mayor del adalid castellano, Cristina, doña Sol en el Cantar, casada con un infante navarro y madre de García Ramírez el Restaurador, abuelo por parte materna del rey castellano y por la paterna de Sancho VII el Fuerte de Navarra, que también se hizo notar un tanto en las Navas.

Eran aquellos años del final del siglo XII muy difíciles para Castilla, tras la derrota sufrida en Alarcos cuatro años antes, y necesitaba a sus héroes. Los encontró en Rodrigo, el de Vivar, y en su «hermano» Álvar Fáñez, que de tal «Minaya» lo trataba. Había que juntarlos de nuevo para levantar a Castilla, fortalecer el ánimo y acunar la revancha. El Cantar fue el instrumento y los juglares, sus mejores heraldos por los pueblos y las plazas.

Un abad Per, Pedro, puede que de aquel mismo monasterio, fue la firma primera que tenemos del manuscrito más antiguo que se conserva. Los nombres de los primeros que lo cantaron, tal vez hasta un siglo antes, no parece probable que lleguemos a conocerlos nunca.

Pero no puede ni va a faltar aquí el homenaje a quien sí sabemos que, además de contar y cantar sus versos, ya los escribió en nuestra lengua e hizo gala de hacerlo así. Fue un monje llamado Gonzalo de Berceo, a caballo entre el siglo XII y el XIII, siervo del Creador en el antiquísimo monasterio de Yuso, o sea, de arriba, de San Millán de la Cogolla, donde dicen que están enterrados los descabezados infantes de Lara y un trío de las más viejas reinas navarras de las que tenemos noticias.

Su cuarteta, que ha pasado muy merecidamente a la historia, nos detalla muy a las claras la razón exacta de por qué el castellano acabaría por sustituir al latín incluso entre los clérigos.

«Quiero fer una prosa en román paladino/ en el cual suele el pueblo fablar a su vecino/ Ca non so tan letrado por fer otro latino/ Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino».

Todo dicho y explicado con la exactitud, precisión y sencillez de la lengua que ya desde la misma cuna empezaba a alumbrarnos.

Juglares había ya en el siglo X y seguro que antes por León, por Castilla, por Navarra y Aragón. Juglares de plaza en plaza, de feria en feria, de castillo en castillo y de camino en camino, y muchos hacia el de Santiago, porque ya era el más transitado y donde se podía obtener mejor dádiva. Seguían también a las huestes y los reyes.

Los inteligentes Alfonsos, del VI hasta el X, que reinaron en León y Castilla, y, en Aragón, su primo el II de aquella corona, no solo les dieron cobijo, sino que disfrutaron de sus servicios y hasta de sus nuevas y recados. Los juglares cruzaban las fronteras sin despertar sospechas y eran recibidos sin recelos, pero escuchaban lo que no alcanzaban otros oídos y, al tiempo que entretenían y contaban cosas de aquí y de allá, también las llevaban a quienes podían pagarlas.

Alfonso VI, el conquistador de Toledo, gustó mucho de su compañía y no faltaron en su corte itinerante, y más aún cuando posaba en alguna de las ciudades por las que más afición tenía. Les tuvo tal estima que en su querido Sahagún fundó una escuela para formar a jóvenes en tales artes. Sin embargo, en el Cantar salió muy mal parado. El romance cidiano es muy deudor de Castilla y, cuando tomó forma definitiva al final del siglo XII, con León había muy poco cariño. Los inexistentes infantes de Carrión obtuvieron el papel de los malos y cobardicas.

El siguiente Alfonso, el VII, llamado el Emperador, es el que hizo de su corte un destino de los juglares más reputados no solo de las Españas, sino también de las Occitanias. La creciente riada hacia Compostela de grandes y linajudas familias de todo el sur, la franja más culta y avanzada de los reinos francos, tuvo en ello mucho que ver.

Los dos juglares más famosos de todos aquellos territorios, el gascón Marcabrú y su rival Alegret, pugnaron entre sí por su favor. Cantaron grandes alabanzas a su magnificencia hasta que pensaron, sobre todo el primero, que merecía más por ello y, como no se lo dieron, lo puso a escurrir luego.

Un juglar entretienen a los nobles en la corte real en esta miniatura de las Cantigas de Santa María

Un juglar entretienen a los nobles en la corte real en esta miniatura de las Cantigas de Santa MaríaBridgeman Images

No lo notó mucho el rey, pues otros de buena voz y hasta mejores versos tenía como amigos. Y el que más leal le era, y no solo por interés, era el gallego Palla, el más grande de los segreres galaicos, que así les mentaban. En esa lengua trovaba y mucho agradaba escucharlo al rey, pues aquella tierra fue su cobijo y donde, desde muy niño, había sido criado, protegido y apoyado hasta que consiguió ceñir la corona.

Nunca lo olvidó. Ni tampoco el afecto y apoyo de su primo el conde de Toulouse, Alfonso de Jordán, príncipe de los trovadores occitanos y muy admirado por los juglares españoles. Vino a su coronación en León y a Santiago fue por dos veces en peregrinación.

De aquel momento de la entronización imperial y en la cúspide de su poder, cuando le rindieron vasallaje los reyes de Navarra y Portugal, príncipes musulmanes y señores de la Occitania francesa, se puede incluso leer una maravillosa crónica y, a través de ella, contemplar un inaudito y maravilloso desfile de juglares que, allí venidos de todos lados, se dieron cita para la ocasión.

Lo recreé para mi novela El Juglar y no me resisto a reproducirlo aquí. La juglaresca en toda su salsa y esplendor. El cortejo de los juglares.

El Juglar

El Juglar

Precedidos por un abrecalles con un gorro inmenso tocando una campanilla, dando saltos y haciendo cabriolas, venían por delante dos, vestidos con sus galas mejores, a cual de ellas más chillonas de color, subidos en sendos pollinos, muy bien enjaezados, tocando el uno un doble tambor mientras el otro hacía sonar a todo pulmón un ronco albogue de cuerno de vaca con boquilla de caña. Cuando se cansaban de oírse, cambiaban, y el uno echaba mano a un carracón y el otro a una chifla para que el ruido no cesara ni un momento.

Los escoltaban a ambos lados acróbatas, contorsionistas, saltimbanquis, uno que danzaba sosteniendo sobre su cabeza en vertical un gran madero, unos que jugaban con mazas, otros con bolas.

Entre ellos saltaban y bailaban danzaderas y trotonas de pies ligeros y vestidos volanderos con castañuelas, crótalos, platillos, tarrañuelas y panderetas. Los hombres llevaban prendas muy ceñidas al cuerpo, de color verde los más, con caperuza azul y botines de piel muy fina y muy ajustada al pie.

Un poco detrás, para no espantar a los asnos, venía un grupo con un oso sujeto por la nariz con una argolla, que bailaba al son de una dulzaina, una vihuela y un tamboril que tocaban cada uno de los miembros de la familia que vivía a costa del animal. A ratos la hija mayor, de muy esbelto cuerpo y aún mejores piernas, enlazaba sus manos con las garras del plantígrado, erguido sobre sus patas, y danzaban los dos.

Miniatura de unos juglares en las Cantigas de Alfonso X de Castilla

Miniatura de unos juglares en las Cantigas de Alfonso X de Castilla

A lo largo del cortejo, corriendo de atrás adelante o de delante atrás y metiéndose entre la multitud, venían personajes estrambóticos con disfraces, caperuzas de las que colgaban cascabeles, enormes mangas que les caían desde los codos hasta los tobillos, dando gritos, profiriendo burlas, haciendo risas y asustando niños, que se dejaban asustar poco, amenazándolos con vejigas de cerdo infladas y prendidas en palos.

Dos de ellos, los de mayor altura y corpulencia, portaban cada cual un largo bastón de cencerros como símbolo de orden y autoridad e intervenían, no para calmar el estruendo, sino para cuando este bajaba algo y era preciso volverlo a aumentar.

El grueso del desfile ya no traía tanto orden, pues cada cual venía un poco a su aire y gusto, juntándose unos con otros.

Desfilaban juglares de todo tipo, edad y condición. Quienes tocaban instrumentos de viento iban por delante con añafiles, trompetas y bocinas, seguidos de quienes llevaban flautas de hueso y madera, zamponas, dulzainas, chirimías y gaitas gallegas y astures.

Los de cuerda se habían retrasado un poco, tal vez para poderse hacer oír algo mejor, e iban con trajes un poco más cuidados, a cuadros unos, jugando con los colores y todos los tonos del azul, rojo, amarillo y verde, pero con predilección por los más vivos y alegres.

Ilustración del siglo XIV del Rey David y músicos de la Biblia de Olomouc

Juglares tocando varios instrumentos como una gaita, un violín y un triángulo en una iluminación de la Bilbia de Olomouc, 1417.

Había quien tañía una lira, quien un arpa pequeña, también fídulas y salterios, algún cedrero y muchas cítaras y vihuelas y otros tantos rabeles, laúdes, bandurrias y guitarras. En ocasiones, varios se ponían de acuerdo, juntos iniciaban unos acordes comunes y una voz se elevaba por encima iniciando un cantar.

No había un juglar en el reino —habían llegado hasta del lejano Toledo— que, pudiendo acudir, hubiera dejado de ir ese día a León.

Si no faltaban reyes, duques, condes, magnates y caballeros, no podían dejar de venir ellos. La capital hervía de gentes y ellos la hicieron bullir, reír y cantar. Era un día grande para los grandes y no estaba de más que lo fuera un poco para los humildes y que los juglares consiguieran algo también para sus bolsillos. El oso tenía que comer.

El siguiente Alfonso en el trono de Castilla, de nuevo separada de León, fue el VIII, el Rey Pequeño, que le llamaron los musulmanes y quien les acabó por quebrar el espinazo en las Navas. De muy chico casó con Leonor de Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra y nieta del duque Guillermo, trovador y rijoso que se declaraba en sus versos como «trinchador de donas», y que pareció haber sufrido el castigo del apóstol al caer fulminado por un repentino ataque justo en la misa al llegar a Santiago.

Un trovador canta acompañado de dos juglares en una miniatura del códice Manesse, siglo XIV

Un trovador canta acompañado de dos juglares en una miniatura del códice Manesse, siglo XIVBiblioteca de la Universidad de Heidelberg

Por la crónica de la recogida de Leonor en Burdeos y de su llegada a España a través de los Pirineos aragoneses, con Navarra estaban mal las cosas, sabemos que en el cortejo castellano había juglares de renombre: uno de Albarracín, un Ruiz de Azagra, que sería reconocido por su heroísmo en la famosa batalla, formó parte de la comitiva y, además de la espada, demostró también saber blandir la lengua y la pluma.

Al encontrarse los españoles con los trovadores más renombrados de Gascuña y de Toulouse, que acompañaban a Leonor, tuvo lugar un «tesón», esto es, una tenida entre ellos donde se zaherían con ironía, sarcasmo y hasta mucha mala leche los unos a los otros, y supo salir airoso de aquella lid. Por la crónica de tal viaje conocemos el nombre de muchos de ellos, en su día muy notables y celebrados.

Llegados a Aragón y en Tarazona, donde tuvo lugar la boda, luego repetida en Burgos, se les unieron allí otros también muy notorios, pues en la corte de este otro Alfonso, el II de esa corona, primo del castellano, joven también y tan aficionado a las rimas que era conocido como el Trovador, eran siempre muy bien recibidos.

Era un lugar de los más reconocidos y de noble condición de aquel reino y con larga fama como propicio a los cortejos y amoríos, que también eran luego motivos de alfilerazos de los que no se libraba ni el propio soberano por abusar de tal condición a la hora de tomar ventaja sobre sus rivales en tales asuntos. Él se defendía, pero no colaba demasiado. Al cabo, era el rey.

Alfonso con su esposa Sancha de Castilla.

Alfonso con su esposa Sancha de Castilla.

La corte castellana de Alfonso y Leonor, como la de sus parientes y antecesores, nada tenía que ver con la imagen oscura, siniestra y atrasada que de la España cristiana se ha querido trasladar, ni incluso con la que se tiene de la Edad Media como un periodo de negrura, ignorancia y tristeza absolutas y totales.

Los reinos hispanos y los señoríos occitanos, en ocasiones parte de los territorios de estos reinos, eran la parte más avanzada, culta y emergente de Europa; la barbarie y las servidumbres medievales extremas estaban más hacia el norte, y lugar de encuentro de juglares y músicos.

Estos iban y venían por el camino de Santiago, desde Toulouse, Zaragoza, Pamplona, hasta Burgos, para luego seguir por León hasta Compostela. Fue, sin duda, también el camino de los juglares.

Las juglaresas

Y de las juglaresas, que también las había y en todos los estratos.

No conocemos tampoco sus nombres, pero más bien parece que lo suyo eran los instrumentos musicales y las imágenes de la época nos las muestran de continuo tocando cítaras y arpas. Conocemos también a las bailarinas y tañedoras de las tropillas de los juglares populares, pero no tenemos una Eloísa hispana para darle réplica escrita a su Abelardo, que vivieron por aquel entonces; ahí nos ganan los galos.

Pero sí al menos un pasaje de nuestra historia muestra a un nutrido grupo de damas, linajudas a lo que parece, acompañando nada menos que a la emperatriz Berenguela, la esposa de Alfonso VII, en lo alto del alcázar toledano, acallando con su música y cantos el griterío musulmán que quería asaltar la ciudad.

Alfonso VII estaba intentando recuperar el castillo de Oreja, la última fortaleza en el Tajo, que tomaron los almorávides tras Uclés y que les permitía tener paso para atacar localidades cristianas al otro lado del río. Estaba bien defendido y mejor pertrechado, y sus aguerridas tropas, mandadas por un eficaz adalid.

El cerco se estaba alargando demasiado y encima llegó la noticia de que un poderoso ejército moro había salido de Córdoba para acudir en su ayuda. La evidente intención era que Alfonso levantara el cerco y se dirigiera hacia allá, donde además se encontraba la emperatriz. Pero no cayó en la trampa. Tan solo envió un destacamento de arqueros que serían mucho más útiles y mortíferos arriba en las almenas toledanas que desde debajo de las de Oreja.

Juglaresa

Juglaresa

Llegado el ejército musulmán ante los muros de la ciudad, encontraron a esta muy bien guardada, con caballeros, ballesteros y peones que guarecían almenas, torres y puertas. Intentaron atacar las torres frente a San Servando y no pudieron ni siquiera tomar la primera ni atravesar el Tajo. Redoblaron al siguiente día el ataque y tan solo consiguieron sufrir muchas bajas.

Y aquella tarde la reina Berenguela hizo que en el más alto lugar de la más alta torre del alcázar, frente al cual los generales moros tenían posadas sus tiendas y desde donde daban los asaltos, se colocara un trono.

En él se fue a sentar, con sus mejores galas, al tiempo que les hacía llegar a los atacantes una misiva que los llenó de vergüenza: «¡Venís contra mí, una mujer! No ganáis honra, sino que os cubrís de deshonor. Si queréis luchar como hombres y contra hombres, id a Oreja, donde se encuentra mi marido, el rey Alfonso. Allí os está esperando con sus armas y sus mesnadas dispuestas».

Miraban los jefes moros a la torre del alcázar y oyeron que desde allí llegaba una música que hizo que las tropas que atacaban comenzaran a mirar asombradas hacia aquel lugar de donde salía. Entonces contemplaron que, flanqueando a la reina, había un gran número de mujeres, de muy buenas ropas vestidas y con mucho colorido en sus trajes y tocados, que cantaban acompañándose de tímpanos, cítaras, címbalos, salterios y otros muchos instrumentos.

El ruido de la batalla fue decayendo y al final cesó, sustituido por el sonido armonioso de la música, acompañado por el coro de voces femeninas, que se elevaba por encima del latido de la guerra y se unía al rumor del agua del río al pasar por el valle.

No hubo más ataques ni intentos de asalto, que en cualquier caso habrían resultado muy costosos e inútiles al encontrarse la ciudad muy fuertemente defendida, y acabaron retirándose. En Oreja, Alfonso apretó aún más el cerco y, al cabo, viendo que nadie los socorrería, pidieron el amán y partieron hacia el sur entregando la codiciada plaza.

La victoria tuvo como colofón el añadido de Berenguela y sus damas cantoras, y fue luego motivo para los juglares y durante varios siglos fue un recurrente cantar: «Todas visten un vestido, todas calzan un calzar».

Esa estirpe de los Alfonso y su gusto por los versos, los relatos y las músicas acabaría por culminar en el X de la dinastía, al que por algo llamaron el Sabio. Su obra sería definitiva para la resurrección cultural de España y de Europa.

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