El instante decisivoFernando Quintela

«Aparezco como un calvo antipático»: la historia detrás del retrato de Saramago que el escritor detestaba

Un retrato es también una pequeña negociación entre quien desea reconocerse y quien pretende descubrir algo que quizá el retratado preferiría no enseñar

José Saramago, fotografiado por Fernando QuintelaFernando Quintela

Un Premio Nobel no está exento de comportamientos mundanos. Conocí a José Saramago antes de que el Nobel lo convirtiera definitivamente en Saramago, cuando todavía era posible llegar a su casa de Lanzarote sin sentir que uno estaba entrando en un santuario literario. Viajé hasta allí con Carmen Rigalt, periodista, escritora y durante muchos años una de las grandes columnistas españolas.

Carmen tenía miedo a volar, un miedo verdadero que combatía a su manera, medicándose hasta dejar de pertenecer del todo al mundo. Viajé muchas veces con ella y el ritual era siempre parecido: una hora antes del vuelo tomaba sus pastillas, me miraba y pronunciaba una frase por la que transfería su existencia a mis manos: «A partir de aquí soy responsabilidad tuya». Después subía en el avión como podía y en ocasiones bajaba en brazos, los míos o los de alguna tripulación comprensiva.

Aquel día aterrizamos en Lanzarote y fuimos directos a casa de Saramago. No eran todavía las dos de la tarde. José y Pilar del Río, su mujer, tenían preparada la mesa y nos invitaron a comer. Carmen, directa, libre de complejos y bajo los efectos de su particular aviación farmacológica, pidió una manta y se tumbó en un sofá del salón para dormir la mona.

Sin ceremonia. Sin importarle demasiado que aquel sofá perteneciera a uno de los grandes escritores de la historia moderna. Yo me senté a comer con ellos mientras Carmen dormía. La conversación fue sencilla, doméstica, mundana, y regresaba sin remedio a aquella mujer dormida en el salón, cuya naturalidad parecía divertir y desconcertar a nuestros anfitriones.

Terminamos de comer, y me marché al hotel esperando que Carmen despertara y me llamase. Pero llamó Saramago. Me propuso dejarla dormir y aprovechar entretanto para hacer las fotografías. Volví a la casa, monté el fondo, preparé la iluminación y comenzamos una sesión larga e íntima, incluso con su perro lanoso participando en algún momento.

Él opinaba, yo escuchaba y, como he hecho siempre al retratar, terminaba haciendo lo que consideraba conveniente. Un retrato es también una pequeña negociación entre quien desea reconocerse y quien pretende descubrir algo que quizá el retratado preferiría no enseñar.

La entrevista se publicó con una fotografía casi a doble página y un texto magistral de Carmen, en su línea. Meses después, Sebastião Salgado presentó Terra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Yo había coincidido con Sebastião en más de un destino y fui a verle. Estábamos juntos cuando se acercó Saramago. Salgado, educado como siempre, intentó presentarnos: «José, Fernando es un fotógrafo amigo». Saramago no le dejó terminar: «Le conozco, es un gilipollas».

Me quedé casi mudo. Sebastião, sorprendido, quiso saber por qué. La explicación llegó inmediatamente: «Me hizo una sesión de fotos en mi casa y publicó la peor, donde yo aparezco como un calvo antipático». No hubo tiempo para explicaciones y tampoco hacían falta. Yo había elegido aquella fotografía porque era la que consideraba mejor; él la detestaba porque no se reconocía en la persona que yo había visto.

Nunca volví a encontrarme con él.

La anécdota me ha acompañado porque contiene una de esas pequeñas lecciones que no aparecen en los libros. Saramago escribió sobre la condición humana, sobre nuestras contradicciones, cegueras, egoísmos y grandezas. En Ensayo sobre la ceguera imaginó una sociedad que deja de ver para obligarnos a mirar aquello que normalmente evitamos. En El Evangelio según Jesucristo discutió con Dios y con los hombres. Fue un intelectual comprometido con lo suyo, que no tiene por qué ser ni lo general ni lo mejor, incómodo, admirable muchas veces y discutible otras, como corresponde quizá a quien se pasa la vida pensando públicamente.

Pero aquel día no era un personaje literario. Era un hombre enfadado porque no le gustaba una fotografía. Y eso también era Saramago.

La fotografía tiene esa crueldad. El escritor puede corregir una frase hasta reconocerse en ella; el retratado no controla completamente aquello que otro descubre en su rostro. Richard Avedon lo sabía cuando acercaba a sus personajes a fondos desnudos hasta dejarles sin escenario donde esconderse. Irving Penn buscaba algo parecido encerrándolos visualmente entre dos paredes. El retrato no certifica cómo es alguien: registra el encuentro entre dos miradas.

En esta imagen Saramago ocupa prácticamente todo el encuadre. La calvicie, las enormes gafas, las arrugas, la mano sosteniendo el rostro y esa expresión entre cansada, inquisitiva y distante no necesitan decorado. Hay algo monumental y vulnerable al mismo tiempo. Quizá él vio al «calvo antipático». Yo sigo viendo a un hombre pensando.

Con los años recibió el Nobel, se convirtió en una referencia universal y murió admirado por millones de lectores. Yo conservé la fotografía y aquella frase inesperada en el Círculo de Bellas Artes.

Los ídolos también tienen pies de barro; por eso merece la pena fotografiarlos: no para derribarlos, sino para recordar que debajo de la obra siempre queda una persona.

Saramago fue un hombre ejemplar muchas veces. Conmigo, aquella tarde, no lo fue.