'Friné frente al Areópago'

'Friné frente al Areópago'

Picotazos de historia

Friné, la mujer cuya belleza logró convencer a un tribunal de la Antigua Grecia

Eutías la acusó de «impiedad» contra los dioses. Esta era una acusación muy grave en aquel tiempo, una acusación que le costaría la vida al propio Sócrates

Hoy, con su benévolo permiso, quisiera hablarles de un asunto algo más ligero. Verán: el diccionario de la Real Academia define el término belleza como cualidad de lo bello o como una persona o cosa notable por su hermosura. Antoine de Saint-Exupéry nos explicó en El principito que la auténtica belleza es invisible a los ojos y que nace del amor, el tiempo y los vínculos («Domesticar es crear lazos», le dice el zorro al Principito) que creamos con personas y cosas.

Esta sería una visión actual de la belleza, como pueden ver, fuertemente influenciada por el libro del aviador, pero, para contarles lo que deseo, hay que tener clara la visión de este mismo concepto en un tiempo y lugar diferentes. Prepárense, que nos vamos a la Grecia del siglo IV antes de Jesucristo.

Para los habitantes de la Hélade, y en concreto para los de la polis de Atenas, la belleza estaba unida a los ideales de perfección física y moral. La belleza era una noción dual que unía lo físico con los valores más dignos de ser ensalzados. En el caso de los hombres era la areté, vinculada por Homero a la gloria, el valor y la guerra. Pero ¿qué pasaba con las mujeres?

'Friné ante los jueces', obra de Jacques-Louis David

'Friné ante los jueces', obra de Jacques-Louis David

La palabra griega que define el concepto de belleza era kalokagathia (unión de bueno y bello), pero esta noción era solo aplicable a los hombres. Las mujeres –las atenienses, pues las espartanas eran otra cosa muy distinta– estaban destinadas al cuidado de la casa y del marido y a la cría de los hijos, quedando su actuación limitada al interior del hogar.

Una notable excepción a esta regla general eran las hetairas, mujeres hermosas, inteligentes y cultivadas cuya compañía era buscada por los ciudadanos como iguales intelectuales y, en algunos casos, como consejeras en importantes asuntos públicos. Una de las más famosas fue Friné.

Hija de Epicles y natural de Tespia, tuvo que huir junto con su familia a Atenas después de que Tebas destruyera su ciudad natal (371 a. C.). Su verdadero nombre era Mnesarele (aquella que hace que la virtud sea recordada), pero debido a la pobreza en la que vivían se vio forzada a la prostitución y ese nombre no era bueno como reclamo, así que adoptó Friné (sapo). Dicen que era un mote irónico y cariñoso que le dieron sus compañeras por el color oliváceo de su piel.

Pues bien, en poco tiempo Friné consiguió tener completamente enloquecidos y subyugados a los dignos varones de Atenas. Orgullosa de la rotundidad de las formas de su cuerpo y de su belleza gustaba de pasear con vestidos muy ceñidos, lo que ponía licántropo al personal.

La muy traviesa, en las fiestas de Eleusis y durante las Posidonias, bajaba hasta la orilla, desnuda y con el pelo suelto, para bañarse en el mar. Apeles, el más afamado de los pintores de la antigüedad, extasiado ante la belleza deslumbrante que ante él se mostraba, pintó a su Venus o Afrodita Anadiómena o Venus surgiendo de las aguas. Esta obra perdida ha inspirado otras múltiples a lo largo de la historia. Tal vez la más famosa sea la Venus de Botticelli.

Friné tomó como amante al escultor Praxíteles, quien la usó como modelo en varias obras suyas. La más famosa de ellas es la Venus de Cnido. Otra de las esculturas que de ella hizo Praxíteles fue una de bronce dorado que instaló en el santuario de Delfos, lo que da una idea de la fama que había alcanzado y la riqueza que amasó en vida.

El historiador Anaxímenes de Lámpsaco, hijo de Arístocles, nos relata que un despechado examante de la hetaira la acusó ante el Areópago (consejo compuesto por los magistrados y arcontes de la polis que se reunían en concejo y tribunal en el monte de ese nombre). Eutías, que era el nombre del despechado y que, encima, era orador profesional, la acusó de «impiedad» contra los dioses. Esta era una acusación muy grave en aquel tiempo, una acusación que le costaría la vida al propio Sócrates.

Eutías se explayó en su discurso de acusación. Explicó con detalle las veces y maneras en las que la coqueta Friné se había comparado con la propia diosa Afrodita. Cómo durante las celebraciones en honor de Dioniso destacaba por su libertinaje y desenfreno. Habló de las escandalosas cenas que había presidido en su casa, provocativamente semidesnuda y obscenamente aguda e ingeniosa.

A estas acusaciones se añadían las típicas de «corrupción de la juventud», brujería, fabricación de filtros y pociones, etc. Los historiadores modernos sostienen la tesis de que si prosperó la acusación fue debido al resentimiento de ciertos ciudadanos hacia una meteca (residente no ciudadana y, por lo tanto, sin los derechos de estos), y además mujer, que en poco tiempo había adquirido más fama y fortuna que muchos de ellos.

El abogado defensor de la bella Friné fue el orador Hipérides. Dicen que este sabía que no era rival para la oratoria y el florido verbo de Eutías, por lo que siguió una estrategia de defensa peligrosa. Defendió a Friné con argumentos y razonamientos lógicos, probando la falsedad o la inverosimilitud de las acusaciones.

Cuando sintió que tanto el tribunal como el público –formado por los ciudadanos de Atenas– perdían interés en la argumentación y mostraban síntomas de aburrimiento, llevó a cabo una actuación audaz.

Otra versión del juicio realizada por Jean-Baptiste-Henri Deshays

Otra versión del juicio realizada por Jean-Baptiste-Henri Deshays

Cuando sintió que había llegado el momento, Hipérides llevó a Friné ante el tribunal que la juzgaba. Elevó el tono mientras invocaba la noción de kalokagathia y preguntó a todos si tal belleza no podía ser por intervención de la misma diosa. Y mientras decía esto quitó el broche del vestido de la bella, quedando esta desnuda ante todos.

Quedó la bella Friné gloriosamente expuesta y allí mismo fue absuelta por el unánime voto del tribunal y la asamblea de los ciudadanos. Y es que tan perfecta belleza, para ellos, solo podía ser un don divino, por lo que no cabía ofensa alguna a los dioses; en cambio, razonaron, lo que sí sería una grave ofensa sería el destruirla, el hacer daño a Friné.

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