Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos. La rendición de Granada de Francisco Pradilla (1882)
El desconocido papel del Gran Capitán en Granada: hablaba árabe, fue espía y negoció la rendición
Don Gonzalo fue designado para encabezar las negociaciones a fin de hacer rendir al bando musulmán, circunstancia que consigue gracias a grandes dosis de persuasión, firmeza, diplomacia y confianza, además de una gran cercanía con Boabdil
El 1 de septiembre de 1453 nacía en Montilla, Córdoba, Gonzalo Fernández de Córdoba, proclamado posteriormente por sus subordinados como «el Gran Capitán», uno de los más extraordinarios jefes militares de todos los tiempos. Su llegada al mundo se produce en pleno apogeo de la Edad Media; previamente, en 1451, había nacido la futura reina Isabel de Castilla y, en 1452, el que llegaría a ser posteriormente Fernando el Católico, circunstancia que los hizo coetáneos y que va a tener una importancia capital en el devenir de su vida.
Como en la mayoría de las personalidades señeras de nuestra historia, la figura de nuestro héroe aparece rodeada de un halo de misterio y leyenda. Del Gran Capitán queda para la eternidad el imborrable recuerdo de un inigualable líder de guerreros, salpicado de anécdotas como las de sus famosas «cuentas», la nota romántica de sus supuestos amores platónicos con la reina Isabel, su condición de espía y diplomático durante la Guerra de Granada, la relación de sus batallas victoriosas de la «Serie Asombrosa» —Ceriñola, Garellano y Gaeta— o sus desencuentros con el rey Fernando tras la muerte de la reina Isabel, su valedora y mentora.
Retrato del general Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), apodado el Gran Capitán
Nacido segundón de la casa de Aguilar, esta circunstancia suponía que tanto los honores como los privilegios correspondían al primogénito, su hermano Alfonso, de modo que a Gonzalo solo le quedaban dos salidas: la Iglesia o el ejercicio de las armas. Tras un escarceo con la primera, su destino estaba indisolublemente ligado a lo castrense.
En plena guerra civil castellana, su padre se alzó en armas contra el rey Enrique IV y, junto con otros miembros de la nobleza castellana, tomó partido por el infante don Alfonso, aspirante al trono castellano. El joven Gonzalo es enviado a la corte de don Alfonso, en Ávila, donde se convierte en paje del infante y allí pasa tres años fundamentales para su formación académica y castrense, coincidiendo con figuras tan insignes como Jorge Manrique o la futura reina Isabel, hermana del infante; pero en 1468 muere don Alfonso y el ya adolescente Gonzalo debe regresar a Montilla.
El Gran Capitán en el asalto a Montefrío. Obra de José de Madrazo
En Andalucía, adelantada de Castilla, la guerra civil presenta su máxima expresión, con la nobleza dividida en dos grandes bandos, que en Córdoba lideran dos parientes enfrentados: el señor de Aguilar, por un lado, y sus tíos y primos, agrupados en torno al conde de Cabra, por otro. En este enfrentamiento, Gonzalo será hecho prisionero en una escaramuza en la villa de Santaella. Su pariente, el conde de Cabra, lo capturará y lo mantendrá preso en su castillo de Cabra desde septiembre de 1474 hasta 1476.
En 1476, los Reyes Católicos, ya soberanos de Castilla y León, exigen a la nobleza el cese de los enfrentamientos y, por su mediación, Gonzalo es liberado de su cautiverio y requerido en su corte. Su estancia cerca de los reyes por un periodo de seis años será decisiva para su formación política. Durante este periodo, Gonzalo convive con Fernando el Católico, del que aprende las artes de la alta política, la diplomacia y la negociación, pero también mejora sus técnicas de combate individual.
Guerra de Granada
El papel de Gonzalo en la contienda va a ser crucial para el desenlace de la misma. Tras la caída de Loja, el 11 de mayo de 1486, donde participará a la cabeza de las huestes en el asalto final, haciendo alarde de un prodigio de valor al frente de los suyos, las victorias caen sucesivamente del bando cristiano en Tájara, Íllora, Montefrío y Baza, y en todas ellas el protagonismo de Gonzalo se fue incrementando.
Su talento fue madurando a través de una serie de episodios en los que se entremezclan realidad y leyenda. Y, a pesar de que sus progresos y méritos han despertado recelos entre los nobles que rodean al rey, paralelamente van creando una aureola que le acompañará siempre.
En 1491, la campaña granadina entró en su recta final. En abril, los Reyes Católicos asientan sus reales a las mismas puertas de Granada, en un campamento que irá creciendo hasta convertirse en ciudad: había nacido Santa Fe de Isabel y Fernando.
En la capital nazarí, las luchas intestinas permanecen, a las que se une el hambre. Don Gonzalo es designado para encabezar las negociaciones a fin de hacer rendir al bando musulmán, circunstancia que consigue gracias a grandes dosis de persuasión, firmeza, diplomacia y confianza, además de una gran cercanía con Boabdil, apoyada, entre otras circunstancias, en su conocimiento de la lengua árabe.
El día 2 de enero de 1492, el Rey Chico, acompañado de cinco jinetes, llega a la aldea de Armilla, donde lo esperan los Reyes Católicos. Con ellos está el Gran Capitán, que será testigo privilegiado y merecido de la rendición de Granada.
El pendón de Castilla y la cruz de Santiago son enarbolados en la torre de la Vela de la Alhambra. Gonzalo Fernández de Córdoba, el segundón de la casa de Aguilar, era ya uno de los personajes más importantes y famosos del extenso reino de Castilla, ahora unificado con el de Aragón bajo la doble corona de Isabel y Fernando.
Primera campaña de Italia (1495-1498)
Entre agosto y septiembre de 1494, Carlos VIII, rey de Francia, atravesaba los Alpes con el propósito de ocupar el reino de Nápoles, perteneciente a la Corona de Aragón. Los Reyes Católicos designaron a Gonzalo Fernández de Córdoba jefe de la expedición española que habría de oponerse al ejército más poderoso de Europa, al que logrará derrotar aplicando las enseñanzas extraídas durante la Guerra de Granada.
A la victoria en Atella (1496) se unirá la conquista del puerto de Ostia, punto principal de abastecimiento para Roma (1497), y la de la isla de Cefalonia (1500), derrotando a los turcos, verdadero azote en el Mediterráneo.
Segunda campaña de Italia (1501-1503)
En agosto de 1499, nuevamente, un enorme ejército francés volvió a cruzar los Alpes, cayendo sobre la Lombardía y amenazando el territorio napolitano. La abrumadora inferioridad de fuerzas del Gran Capitán le obligará a refugiarse inicialmente en varias plazas fuertes, a la espera de recibir refuerzos que le permitan presentar batalla. Durante este periodo evita las batallas campales y se dedica a realizar hostigamientos y escaramuzas al más puro estilo de la Guerra de Granada.
Sin embargo, una vez recibidos refuerzos, se involucrará en una serie de batallas que constituirán la denominada «Serie Asombrosa»: Ceriñola (abril de 1503), Gaeta (julio de 1503) y Garellano (diciembre de 1503), en las que, aplicando tácticas revolucionarias en combinación con la utilización del fuego y el terreno, derrotará a la hasta entonces invencible caballería pesada francesa.
Virrey de Nápoles
Finalizada la campaña, en diciembre de 1504, Fernando el Católico nombra virrey de estos territorios al Gran Capitán. Tras intensos años de guerra, había que afrontar la ardua tarea de pacificar el país.
Es en este momento cuando el insigne soldado cede su espacio al sagaz político. A pesar de los problemas de índole institucional, social, política y administrativa, Gonzalo logra llevar a cabo una intensa reforma político-administrativa y de pacificación entre los distintos clanes rivales de la nobleza napolitana.
Pero en el rey Fernando comenzaban a aflorar los primeros síntomas de desconfianza, cuando no celos, por la ingente tarea desarrollada por el virrey.
Con la promesa real de la concesión del Maestrazgo de la Orden de Santiago, en el verano de 1507, Gonzalo Fernández de Córdoba abandonó Nápoles con dirección al puerto de Valencia.
La revolución de los asuntos militares
Tras sus victorias en Nápoles, el Gran Capitán va a consolidar un modelo de fuerza que durante casi dos siglos iba a dominar Europa, basado en una nueva e invencible máquina guerrera.
El ejército medieval adaptado a la guerra de conquista en Granada se transformó paulatinamente en un ejército moderno, modular y expedicionario, capaz de acudir a diferentes frentes según las necesidades.
Entre octubre de 1495 y febrero de 1496, los monarcas promulgaron tres ordenanzas militares de gran importancia, que sentaron las bases de una organización de largo alcance y que afectaban al reclutamiento, el armamento y la tesorería, pero realmente no fue hasta la Real Ordenanza de 1503 cuando se dio carta de naturaleza como «gente de ordenanza» a lo que hasta entonces había sido una heterogénea mezcla de Guardas Reales, huestes, milicias concejiles, mesnadas, tropas mercenarias y extranjeras al servicio de la causa común de la recuperación del suelo patrio tras la invasión árabe, y que es considerada como el origen de nuestro actual Ejército de Tierra.
El nuevo ejército emergente se transformará en un instrumento de la política del Estado moderno. Pero la verdadera revolución militar la liderará el Gran Capitán al trasladar el protagonismo en el campo de batalla de la poderosa caballería pesada francesa a una infantería provista de armas de fuego, mediante el empleo combinado de la maniobra, el obstáculo, el terreno, la artillería, los zapadores, la logística y la sanidad en campaña.
Además, aportó una adecuada organización y encuadramiento de las unidades basados en una rigurosa y estricta disciplina sustentada en el liderazgo de unos cuadros de mando profesionales y de contrastado prestigio.
Muchos autores coinciden al afirmar que las innovaciones militares que puso en práctica don Gonzalo Fernández de Córdoba a lo largo de sus campañas en Italia representaron una auténtica revolución del arte de la guerra y el tránsito de la Edad Media a la Moderna en la forma de concebir, planear, dirigir y ejecutar las operaciones militares.
La reina Isabel, su gran valedora
Aunque las diferencias entre el rey Fernando y el Gran Capitán empezaron a manifestarse de una manera más clara en los días posteriores al fin de la Segunda Campaña de Italia, será la muerte de la reina Isabel la que precipitará su caída en desgracia.
A lo largo de la historia, las figuras insignes de Isabel la Católica y Gonzalo Fernández de Córdoba aparecen siempre unidas. Doña Isabel mostró siempre una gran predilección por el Gran Capitán; a ella se atribuye su designación para mandar la primera expedición a Italia, dándole preferencia sobre todos los grandes del reino.
A la muerte de su mentora, las cosas cambiaron radicalmente en la corte para don Gonzalo, que debió enfrentarse a toda clase de calumnias y campañas orquestadas contra él, en las que se entremezclaban multitud de intereses e infamias de todo tipo.
Legado y caída del Gran Capitán
El Gran Capitán es, sin duda, una de las figuras más señeras de nuestra historia. Sus extraordinarias dotes de liderazgo y sus magníficas cualidades humanas y profesionales lo hacen ser un referente para todas las generaciones posteriores.
La aplicación de nuevas tácticas, técnicas y procedimientos, junto con la de los nuevos principios del arte de la guerra, establecieron las bases de los ejércitos que dominaron Europa durante más de un siglo y medio y que sentaron las de los ejércitos modernos.
La muerte de la reina Isabel y los infundios y mentiras vertidos de manera interesada por cortesanos allegados al monarca aragonés sobre su persona respecto a la gestión del reino de Nápoles le valieron primero los recelos de Fernando y, posteriormente, su pérdida de favor, obligándolo a regresar a España con promesas sobre privilegios que se le otorgarían a su retorno, pero que se trocaron en un destierro encubierto en Loja, tras sufrir sucesivas decepciones al ser vetadas por el propio monarca sus propuestas para ejercer el mando de expediciones militares frustradas.
Su triste muerte en Granada pone de manifiesto, una vez más, esa persecución cainita de que son objeto los hombres brillantes, producto, la mayoría de las veces, de la envidia más recalcitrante.
Pese a su brillante trayectoria de soldado, estadista y diplomático, su figura fue denostada y vilipendiada por un monarca al que no hizo más que respetar, servir y obedecer hasta el último aliento de su vida y a cambio de lo cual recibió ingratitud y engaño, cuando no desdén.
- Antonio Ruiz Benítez es General de División (retirado) del Ejército de Tierra.