Esta pintura ilustra la legendaria fundación de The Blue Bottle Coffee House (Zu den blauen Flaschen o La Botella Azul), considerada una de las primeras cafeterías de Viena

Esta pintura ilustra la legendaria fundación de The Blue Bottle Coffee House (Zu den blauen Flaschen o La Botella Azul), considerada una de las primeras cafeterías de Viena

Picotazos de historia

El rey que quiso demostrar que el café era perjudicial y condenó a un preso a tomar tres tazas cada día

El café ha inspirado leyendas, prohibiciones, pasiones y extravagancias desde sus orígenes. Su expansión por Europa convirtió una simple infusión en todo un fenómeno social y cultural

Hace ya muchos años trabajé para la empresa colombiana Avianca. Me enviaron para hacer un curso a Santa Fe de Bogotá. Debo decirles que me impresionó muchísimo la belleza, diversidad y riqueza natural que veía a mi alrededor. También me sorprendió mucho la afición de los colombianos por el café. ¡Lo bebían por litros!

En Colombia, el café se consume en infusión; es como el antiguo café de puchero que conocimos en nuestra infancia. Allí toda oficina que se precie tiene a una señora cuya única función es la de preparar café y solícitamente ofrecerlo. «¿Le provoca un tinto?» es la amable y simpática expresión que usan. Y es que «tinto» es como allá le dicen al café solo.

Pues verán ustedes, a mí el café me gusta, y mucho, pero, siendo como soy de natural nervioso, por lógico motivo lo raciono al desayuno (uno y con leche) y al almuerzo (uno y solo). Allí yo era el raro, pues había personas que tranquilamente se bebían treinta o más tazas al día. Un día, cuando la amable señora me soltó su habitual «¿Le provoca un tinto?», se me escapó un «La náusea, señora. Eso es lo que me provoca».

Según una leyenda –por todos creída–, el café lo descubrieron unas cabras que triscaban por los montes yemeníes y que, tras el consumo de los granos del cafetal, se encontraban algo «espídicas».

La ciudad portuaria de Mocha en Yemen, 1692

La ciudad portuaria de Mocha en Yemen, 1692

La oscura infusión que empezó a prepararse con los granos, a principios del siglo XVI, fue acogida por los místicos sufíes del Yemen como medio para facilitar la concentración. Esta influencia permitió que se extendiera con rapidez la moda del consumo de la bebida a lo largo del Imperio otomano. Así vemos abrir la primera cafetería de la historia en el barrio de Tahtakale de Estambul, en el año de 1554.

El grano de la variedad yemení de café tiene, según los entendidos, un ligero regusto a chocolate. Este grano se embarcaba y partía para su comercio desde el puerto de Al-Mukha o, como lo conocemos los europeos, Moca o Moka. De ahí el nombre que se dio al café durante mucho tiempo y que se da cuando se le mezcla con chocolate para su uso en la repostería.

La bebida fue ganando adeptos o expandiendo mercado, pero también ganando detractores. Otra leyenda, sin ninguna documentación o referencia que la apoye, afirma que un grupo de estos últimos mojigatos elevó una súplica al Papa Clemente VIII para que prohibiera tan peligrosísima pócima del diablo.

El Santo Padre la probó para hacerse una idea de cuán terrible era el brebaje y se enganchó de inmediato. Así que dio su plácet a la bebida con el argumento de que «sería una lástima el permitir que solo los infieles se beneficiaran de sus virtudes». La bendición apostólica preparó el terreno para la siguiente fase: la creación de la feliz invención de la cafetería.

El Papa Clemente VIII

El Papa Clemente VIII

El primer establecimiento oficial para el consumo de café en Europa se abrió en la ciudad universitaria de Oxford en 1650. «Universidades de a un penique» se las llamó, pues dentro se podía encontrar a lo más granado de las eminencias universitarias departiendo alrededor de una humeante taza.

En 1683 le tocó el turno a Viena. La cafetería la abrió un polaco apellidado Kuleczycki, quien buscó la manera de rentabilizar los más de cien sacos de granos de café que se habían capturado en el campamento turco durante el sitio de la ciudad de Viena de 1683. Por cierto, los vieneses aprovecharon la circunstancia para inventar el cruasán (rebautizado por los franceses, que se apropiaron del invento) y que marida bien con el café, aunque no se moje.

En España, oficialmente, aunque la bebida se conocía desde hacía un siglo, fue introducida por los nuevos monarcas de origen francés que habían sustituido a la desaparecida rama de los Habsburgo. Pero aquí el café se enfrentó a una férrea defensa por parte de los seguidores del chocolate.

La primera cafetería de la que se tiene constancia la abrieron los hermanos Gippini en 1765: La Fontana de Oro en la Carrera de San Jerónimo. El Rey Carlos III, quien era aficionado al brebaje pero que no por ello desatendió sus obligaciones para con el chocolate, encargó que se hicieran experimentos para la aclimatación y cultivo del café en las islas Canarias.

Tertulias y debates políticos que se celebraban en cafés madrileños como La Fontana de Oro o el Café de Lorenzini

Tertulias y debates políticos que se celebraban en cafés madrileños como La Fontana de Oro o el Café de Lorenzini

Gracias a él los cafetales del Valle del Agaete en la isla de Gran Canaria son los únicos que se cultivan en Europa (sí, señores, son Europa y Ceuta también).

Otro detalle: la tertulia –costumbre hispana por antonomasia– no surgió con la invención de la cafetería. ¡Eso son infundios maliciosos! Es acervo natural de las gentes de la piel de toro, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, cuando no en el umbral de la propia Tartesos.

Es usanza y, como tal, hecha para perdurar, por lo que se adapta y amolda a las nuevas invenciones y modas, quedando estas sujetas a la tertulia que conviviría con fondas y tabernas, vino, chocolate, café, té y cubatas.

Es muy divertido comprobar las pasiones, a favor y en contra, que esta bebida ha levantado a lo largo de su historia. Tal vez el caso más extremo lo tengamos con el sultán Murad IV, quien prohibió su consumo —y el del alcohol y el tabaco— bajo pena de muerte, y eso que a su bisabuelo Selim se le conocía cariñosamente como «el Beodo». Afortunadamente, el buen Dios hizo justicia y Murad IV moriría, en 1640, de cirrosis hepática, pues se pillaba unas borracheras de órdago (¡el muy hipócrita!).

El sultán Murad IV

El sultán Murad IV

El Rey de Prusia y genio militar Federico II publicó, como monarca ilustrado que era, un manifiesto en contra del consumo de tal brebaje, que apartaba a los buenos y fieles súbditos suyos del benéfico consumo de la cerveza. Las hermosas palabras y razones continúan conmoviendo muchos corazones, arrancando lágrimas de emoción en curtidos rostros, durante los festejos de la Oktoberfest.

El genio Nikola Tesla postulaba que la ingesta de café provocaba un estado de excitación intelectual antinatural y lo rechazaba. Eso sí, no le importaba nada beberse una botella de aguardiente y tener relaciones extravagantes con una paloma.

Por el lado contrario de la ecuación tenemos a genuinos entusiastas, como fue el caso del escritor francés Honorato de Balzac, que era capaz de beberse cincuenta tazas diarias. Literalmente nadaba en café.

El filósofo Voltaire consumía otras tantas y, cuando un médico le advirtió de que se estaba matando lentamente, se burló del galeno señalando que llevaba más de cuarenta años haciéndolo. Voltaire murió a los ochenta y cuatro años. Pero el caso más curioso y divertido nos viene de Suecia.

En este reino gobierna el Rey Gustavo III de la dinastía Vasa. El monarca decidió llevar a cabo un experimento y, para ello, indultó a dos hermanos gemelos condenados a muerte por homicidio. Bajo supervisión médica, ambos hermanos ingerirían tres grandes tazones diarios, uno de café y el otro de té. La idea era ver cuál de ellos moriría primero, convencido como estaba el Rey de los efectos negativos de ambos brebajes.

Pues bien, la gracia del asunto está en que murieron todos –el Rey, los médicos, los supervisores, etc.– antes que los gemelos. Ambos vivieron hasta una edad muy provecta, siendo el primero en fallecer –a la temprana edad de ochenta y cuatro años, como Voltaire– el gemelo que consumía té. El que consumía café, cual conejito de Duracell, duró y duró y duró.

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