'Don Pedro I de Castilla consulta su horóscopo a un moro sabio de Granada llamado Ben-Agatim'. Obra de Federico González Tavé

Picotazos de historia

La misteriosa joya del rey Pedro I de Castilla que advertía del veneno y la traición

La legendaria Tabla de Oro de Pedro I, descrita por varias crónicas medievales y quizá vinculada al Príncipe Negro, sigue siendo una de las joyas más enigmáticas de la historia castellana

Es famosa y conocida la historia de cómo el rey Bermejo (Mohamed VI) de Granada fue desplumado por Pedro I de Castilla. Cuando el rey moro fugitivo se presentó ante él solicitando ayuda, lo que no esperaba es que el codicioso monarca castellano le arrebatara todo cuanto tenía y mandara hacerle matar para enviar su cabeza a la ciudad de Granada.

Una de las muchas piedras que le arrebatara fue un carbunclo (en realidad, una espinela), que el rey Pedro regalará a Eduardo de Woodstock, conocido en la historia como el Príncipe Negro. La piedra, que hoy adorna el frontal de la Corona Imperial del Estado y que se guarda en la Torre de Londres, fue parte del pago por su ayuda militar contra el díscolo hermanastro bastardo del rey de Castilla.

Detalle del retrato de la coronación de la reina Victoria, que muestra el rubí del Príncipe Negro en la corona

Entre los diversos cronistas que narraron estos hechos (el canciller Pedro López de Ayala, Froissart, Chandos Herald, etc.) vamos a separar tres que mencionan un objeto precioso y singular que ha entrado en la leyenda: la Tabla de Oro del rey Pedro I.

Las fuentes que tenemos son tres, y muchos señalarán que no muy de fiar. Tenemos la Chanson de Bertrand du Guesclin, de Jean Cuvelier; la Crónica del Rey Pedro de Castilla, de Pedro Gracia Dei (1465-1530), y la prosificación de la obra de Jean Cuvelier realizada por el obispo Guillermo de Estouville.

De los tres, es Jean Cuvelier el que aporta más información, ya que le dedica nada menos que ciento cuarenta y cinco versos, en los que se describirá la joya. Cuenta Cuvelier cómo el rey Pedro se vio obligado a abandonar la ciudad de Toledo y que cargó una carreta con valiosas posesiones, aparte del tesoro real, que sumaba varios quintales de oro acuñado. Es de suponer que entre los objetos y muebles preciosos que se cargaron en la carreta estaba la Tabla.

Retrato de Pedro I

Según Cuvelier, la Tabla está hecha del más puro oro. Cuando estaba plegada formaba una cruz y sus partes, unidas por medio de goznes de oro y plata, encajaban tan perfectamente que apenas podían verse las uniones.

El exterior estaba adornado con diamantes y piedras preciosas en profusión, pero no se describe su distribución o composición; en cambio, no duda en largarnos una aburridísima disertación sobre las propiedades mágicas de cada piedra, basándose en los escritos de Teofrasto, Plinio y Alberto el Grande.

Al abrir la Tabla se mostraban, en su interior, una serie de primorosamente trabajados esmaltes (posiblemente de Limoges y del siglo XIII) que representaban a los héroes Roldán, Oliveros y los Doce Pares de Francia de los cantares de gesta carolingios. Los esmaltes estaban realzados por más piedras preciosas que estaban engarzadas a su alrededor.

Se me ha olvidado comentar –mea máxima culpa– que, estando cerrada la Tabla, las caras del exterior estaban señaladas por dos piedras: una a cada lado, en el centro. En la cara del anverso, en el centro, había un purísimo carbunclo que despedía una gran luz que podía verse especialmente por la noche.

En el reverso, en su parte central, tenía engarzada, con una talla de tabla cuadrada como el famoso diamante «el Estanque» que adornó el Joyel de los Habsburgo españoles, una piedra tabal.

Hay que explicar qué era esto, pues son conceptos ya olvidados. La piedra tabal tenía la gran virtud de mudar el color –preferentemente se tornaba negra– frente al veneno y la traición. Básicamente era una variante de las piedras bezoar o del cuerno de unicornio, que todo rey o persona principal codiciaban en extremo, pues se tenía por cierto que protegían de maleficios, asesinatos y traiciones.

Otro dato que mencionan los mentados autores es que la Tabla tenía un peso desproporcionado a su tamaño, pero, aun así, era manejable, pues la Crónica nos explica cómo un caballero, de rodillas, presentó la Tabla a la princesa Juana de Kent, esposa del Príncipe Negro.

Pero ¿cuál podría ser el origen de tan extraordinaria presea? Don Cesáreo Fernández Duro realizó un estudio y descartó que fuera parte del botín capturado tras la batalla del río Salado (1340) o de cualquier otra victoria contra los sarracenos. Tampoco tiene relación con el rey Bermejo de Granada, ya que el canciller López de Ayala nos da una prolija relación de las joyas que le quitaron y dónde estaban escondidas. De encontrarse la Tabla entre ellas, no hubiera dejado de mencionarla.

Tampoco la encontramos en el inventario o testamentaria que realizó el rey Pedro I en Sevilla, con fecha de 18 de noviembre de 1362, con motivo de un nuevo testamento. El documento es anterior a la derrota de Montiel y descarta que la Tabla de Oro viniera a través de la línea de los reyes de Castilla por descendencia de Alfonso X el Sabio. De este ilustrado rey sí tenemos constancia testamentaria –de fecha de 22 de enero de 1284– de que legara varias «tablas» a diferentes miembros de su familia.

Pues bien, esta misteriosa tabla de posible origen francés (tal vez de los talleres de Limoges), de principios del siglo XIII (cuando surgen los cantares de gesta en Francia y se ponen en boca de los bardos y trovadores las hazañas y aventuras de Carlomagno y sus caballeros), debió de ser una de las piezas preciosas que se entregó al Príncipe Negro como pago por sus servicios, tras el tratado de Libourne (1364), en donde se fijó la cuantía y condiciones. Y esto se piensa por un inventario –fechado en 1399– de los bienes y joyas que poseía el rey Ricardo II de Inglaterra, hijo del Príncipe Negro.

Este inventario (signatura E 101/411/9, del Archivo Nacional de Kew) está escrito en francés y nos habla de «un broche llamado la Tabla de España, guarnecido de balajes (rubíes o espinelas), zafiros y perlas». También menciona el inventario «los broches de castillos». Estos son diversos broches y botones de oro finamente labrado que mostraban la heráldica de los castillos y leones, propia de los reyes y reinas de Castilla.

Otra opción, quizás la más probable, es que se tratara de una invención literaria. Un mito creado para ensalzar las enormes riquezas y la importancia de las joyas que poseía el rey Pedro I.

Un detalle: en el testamento del rey Pedro I se menciona «la corona de camafeos que fue de mi padre». Esta corona, que en realidad perteneció a Sancho IV y de él pasó a sus sucesores, la pueden admirar ustedes en el tesoro de la catedral de Toledo.