Tesoro recuperados de galeones españoles
Picotazos de historia
El Tesoro de Lima: el mito del oro español que nunca existió
Este mito, repetido durante más de un siglo, es un relato sin base documental que mezcla codicia, fantasía y disparates históricos
«El pobre sueña con encontrar tesoros». Esta frase se la dicen al escritor norteamericano Washington Irving durante su viaje por España y nos la repite en las páginas de sus Cuentos de la Alhambra. Esas historias de tesoros ocultos y riquezas escondidas son una constante que encontramos en todo lugar. Es una ilusión y una esperanza, pero también una fantasía.
En la península ibérica, los cuentos sobre tesoros se dividen básicamente en tres tipos: los tesoros de origen visigodo (Asturias, Castilla y León y Castilla-La Mancha, principalmente), los de origen árabe, que son más abundantes en la actual comunidad autónoma de Andalucía y las comunidades de la Comunidad Valenciana y Murcia, y los tesoros de origen judío, casi siempre referidos al tiempo de la expulsión (1492).
En el continente americano encontramos una gran cantidad de historias al respecto y muchas de ellas se dan en territorios que pertenecieron a la Corona de España. Y es que, aparte de las fantasías de riqueza con las que sueña el pobre, para los anglosajones las palabras spanish gold tienen un efecto tremendo dentro del imaginario popular.
Hoy les voy a traer a ustedes una historia de tesoros ocultos, pero también un cuento o invención producto de la delirante fantasía de un descendiente de la brumosa isla. Este cuento ha ido creciendo con el tiempo, ganando entidad y contaminando mentes ingenuas que han desperdiciado fortunas y vidas en la búsqueda de una quimera. Esta historia es un compendio de disparates, inexactitudes que forman una mezcolanza de ideas preconcebidas y que se llama «el Tesoro de Lima».
Les cuento lo que pueden encontrar publicado y no apedreen al cronista. En el año 1820, las fuerzas del general San Martín se acercan a Lima, capital del Virreinato del Perú. El virrey don Joaquín González de la Pezuela, antes de ser sustituido por el general La Serna, ordena la evacuación de la capital de todos los tesoros que ha acumulado la Iglesia —¡así como suena!— para evitar que caigan en manos de los rebeldes.
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El tesoro —que los fantasiosos y anónimos autores nos cuentan— se cuantifica en unas doscientas cincuenta toneladas de oro, plata y piedras preciosas. En el conjunto destaca una escultura de la Virgen María, de tamaño natural, fundida en oro macizo e incrustada de gemas de altísimo valor. En áurea versión de los siete enanitos, acompaña a la escultura otras doce, aunque de algo menor tamaño, que representan a los doce apóstoles.
Todas ellas, también de oro macizo. A este desfile se suman cruces, custodias, cálices, patenas y todo tipo de objetos relacionados con el culto. Además, se le suman todas las joyas de la Virgen de la Evangelización —imagen más antigua de la Virgen en Perú—, donadas por los fieles, junto con doscientas setenta y tres espadas enjoyadas depositadas a sus pies como ofrendas —sí, a mí también me parecen muchas espadas—.
El virrey, que para unos es Pezuela y para otros es La Serna, sacó el tesoro de la ciudad, trasladándolo al vecino puerto de El Callao. Una vez allí, lo embarcaron todo en un bergantín mercante que había sido contratado para llevar la carga.
Tanto el barco como el capitán y la tripulación eran ingleses, en concreto de Bristol. ¿Que por qué se eligió a un barco y capitán de esta nacionalidad? Pues todas las versiones afirman que por ser neutrales en el conflicto —¡qué!— y por la confianza en el cumplimiento de su palabra. El nombre del bergantín era Mary Dear y su capitán se llamaba William Thompson.
No existe registro en Bristol de ningún barco con ese nombre, pero sí hay una película, de 1959 y protagonizada por Gary Cooper, que se titula El naufragio del Mary Deare.
Por supuesto, el que en el puerto de El Callao hubiera, en ese momento, barcos y tripulaciones de la armada española no altera en absoluto a los que se inventaron el cuento. No hay que permitir que la realidad destroce una buena historia. Así que, siguiendo esa línea de pensamiento, el confiar la carga a un barco privado inglés, para ellos, era lo más normal del mundo.
De todas maneras, y como medida de precaución, acompañaba al tesoro una guardia de sacerdotes y algunos soldados.
Por supuesto, el capitán del Mary Dear se cargó a todos la primera noche y arrojó los cadáveres por la borda, huyendo con el tesoro.
Dueño de una enorme fortuna, pero temeroso de entrar en puerto alguno, el capitán Thompson puso rumbo a la isla de Cocos, a unos 550 kilómetros de las costas de Costa Rica. Allí enterraron el tesoro.
Tras esconderlo, el bergantín partió de la isla con tan mala suerte que fue interceptado por una fragata española —sin nombre, sin fecha ni nada de nada en todas las versiones—. Los piratas fueron condenados a la horca, pero se perdonó la vida del capitán Thompson y de su primer oficial, llamado Alexander Forbes, a condición de que mostraran el lugar donde habían enterrado el tesoro (les juro a ustedes que no existe un solo documento en los archivos españoles que haga mención a esto).
Por supuesto, una vez que les llevaron a la isla de Cocos, los ingleses escaparon —en estas historias los buenos son los piratas y los demás son tontos— y fueron recogidos por un ballenero (oportunamente inglés) que les llevó a su tierra.
Thompson se dirigió a la Isla del Coco, frente a la costa de la actual Costa Rica, donde él y sus hombres supuestamente enterraron el tesoro
Tanto el capitán William Thompson como el primer oficial Alexander Forbes jamás regresaron a la isla. El primero murió al poco de regresar a Inglaterra y el segundo emigró a Estados Unidos, haciendo una pequeña fortuna en California con un molino de harina que levantó allí.
Pues bien, desde 1880 la historia de «El Tesoro de Lima» ha ido creciendo dentro de una creciente comunidad de crédulos, al tiempo que el inventario del tesoro ha ido haciéndose más preciso y detallado para despertar la codicia del ingenuo.
El primer iluso documentado es un tal Augustus Gissler, quien vivió en la isla durante veinte años (1888–1908). Como durante ese tiempo fue el único habitante de la isla, el gobierno de Costa Rica le nombró gobernador honorario en funciones, caso de que recalara algún barco por allí. Gissler abandonó la isla en 1908, enfermo y arruinado. No había encontrado nada.
Desde entonces, las expediciones en búsqueda del supuesto tesoro se han multiplicado. Han aparecido mapas dibujados por el primer oficial Alexander Forbes —los pueden encontrar y comprar en internet— y que han estado en posesión de su familia durante generaciones.
Se han producido programas de televisión que hablan de este tesoro como «un hecho histórico indiscutible y profundamente documentado». Delirios, ya que la documentación a la que se refieren son los cuentos que se inventan y publican a partir de 1880.
Cada nueva publicación hará referencia a estas publicaciones anteriores, acrecentando la bibliografía, pero no aportando nada. Pero hagan ustedes la prueba. Entren en internet, especialmente en inglés, y se sorprenderán con las cosas que encontrarán en relación con el inexistente Tesoro de Lima.