Atentado sufrido por los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda en 1906

Atentado sufrido por los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el día de su boda en 1906Eugenio de Mesonero Romanos

El secreto de los Borbones para sobrevivir cuando otras dinastías europeas caían: «Son reyes muy resistentes»

César Cervera sostiene que muchos monarcas fueron incapaces de separar su vida privada de la pública. En el caso de Alfonso XIII, esa mezcla llegó a convertirse en «un batiburrillo gigante, monstruoso» que debilitó tanto al Estado como a la propia dinastía

Durante siglos, las grandes dinastías europeas parecieron destinadas a perdurar. Habsburgo, Romanov, Hohenzollern, Borbones y otomanos protagonizaron un mundo de imperios y monarquías que, entre el siglo XIX y las primeras décadas del XX, comenzó a resquebrajarse. En El crepúsculo de los reyes (Esfera de los libros), el periodista y autor César Cervera recorre ese proceso a través de sus protagonistas, sus decisiones, sus grandezas y sus contradicciones.

El libro analiza cómo y por qué entró en crisis aquel mundo de reyes y grandes imperios, y qué ocurrió cuando unas sociedades en plena transformación comenzaron a cuestionar el orden establecido.

Como señala el autor en conversación con El Debate, «la gran virtud de las monarquías es que suelen ofrecer estabilidad y certidumbres en momentos de crisis y de cambios. En este caso no son capaces de adaptarse a ese aluvión de transformaciones y dejan de ofrecer certidumbres porque ni siquiera saben adaptarse a su propia realidad».

–El libro comienza con una escena muy poderosa: el último descendiente de la dinastía de Tamerlán, capturado por los británicos en 1857. ¿Por qué quisiste empezar precisamente por la caída de un imperio que, en principio, está fuera del núcleo habitual de historia de Europa?

–Tanto al principio como al final intento asomarme un momento a Asia, a otros continentes y otras realidades.

Empiezo con la India y termino con Bután, que es también una monarquía muy extravagante y un poco extraña. En algún momento, tuve la tentación de abrir el libro a más monarquías, porque muchos de los procesos que afectan a Europa ocurren exactamente igual en otros países de Asia. Por ejemplo, lo que sufre la monarquía japonesa es muy parecido a lo que van a sufrir otras monarquías obligadas a reinventarse después de la Segunda Guerra Mundial.

Me parece que era como una deuda que tenía pendiente con el resto del mundo.

También muestra cómo unos reyes a los que era complicadísimo acceder y que se creían ungidos por Dios, o en el caso de Alfonso XIII, ungidos por la historia, podían sangrar o incluso que podían ser asesinados.

Es verdad que había habido regicidios; los hubo siempre. Pero la costumbre de matar, de descabezar las monarquías, es algo propio del siglo XIX. La Revolución Francesa supone descabezar una monarquía. Y luego viene todo lo demás.

La desacralización de todo lo que tiene que ver con la monarquía, del acceso a los reyes, de las reverencias, es la siguiente fase de la caída de las monarquías. Una vez que piensas que puedes matarlos, que puedes tratarlos como a un cualquiera, como a un plebeyo, hablando en sus términos, lo siguiente es ya tumbarlos y ponerlos en la frontera.

Los Nueve Soberanos en Windsor para el funeral del Rey Eduardo VII, fotografiados el 20 de mayo de 1910

Los Nueve Soberanos en Windsor para el funeral del Rey Eduardo VII, fotografiados el 20 de mayo de 1910

–En el libro aparecen Napoleón III, los Hohenzollern, los Habsburgo, los Romanov, los otomanos y los Borbones. Son dinastías muy diferentes, pero todas afrontan su particular ocaso. ¿Qué factores comunes explican que un mundo monárquico que parecía tan sólido entrara en crisis?

–Para empezar, no era tan sólido como parecía. El siglo XIX los había dejado totalmente temblando, aunque en apariencia parecía que habían salido reforzados, que habían sobrevivido a las revoluciones: primero la Revolución Francesa y luego la revolución liberal. Cuando digo Revolución Francesa, incluyo también todo el torrente que supone Napoleón, que no deja de ser una vía primero republicana y luego dictatorial.

Las monarquías parecen salir muy reforzadas del siglo XIX, pero en realidad están en las últimas. Solo que fingen estar mejor de lo que están.

El siglo XX llega con toda una revolución de cambios: la Revolución rusa, precedida por la Revolución mexicana, que es también otro fenómeno absolutamente caótico; revoluciones, totalitarismos y dos guerras mundiales que cambian por completo el tablero de Europa.

Todo ese maremoto de cambios es algo que las monarquías, que ya están bastante heridas, no son capaces de soportar.

Entre otras cosas porque la gran virtud de las monarquías es que suelen ofrecer estabilidad y certidumbres en momentos de crisis y de cambios. En este caso no son capaces de adaptarse a ese aluvión de transformaciones y dejan de ofrecer certidumbres porque ni siquiera saben adaptarse a su propia realidad. No están para sobrevivir a nada, vamos.

–¿Fue esa incapacidad de adaptación más determinante que las derrotas militares o las revoluciones para explicar el final de estas dinastías?

–Sí. Caen porque no son capaces de adaptarse y lo más grave de todo es que muchos de ellos ni siquiera lo intentan. Están tan abstraídos de su realidad cotidiana que esta no tiene nada que ver con la realidad política.

Hay casos muy claros en el libro. Guillermo II llevaba mucho tiempo merodeando por el polvorín de Europa y provocando incidentes diplomáticos, malentendidos y conflictos que no dejaban de aumentar las probabilidades de que estallara la Primera Guerra Mundial. Y cuando finalmente estalla, Guillermo II es la persona más alarmada y sorprendida de toda Europa.

Nicolás II, días antes de que estallara la Revolución rusa que va a acabar con el régimen de los zares, está escribiendo a su mujer diciéndole que está deseando que termine ya la tormenta que tiene bloqueado todo el tren logístico de los convoyes para poder, por fin, jugar una partida de dominó y volver a desestresarse.

Están abstraídos por completo. Además, en el caso de Nicolás II, lo cuento en el libro, está de hecho drogado, sedado, con una medicación muy fuerte de opio, hachís, cocaína y medicamentos que contienen estas sustancias.

Él está totalmente alucinado con su mundo. No está pensando en la Revolución rusa para nada. Son personas que no son capaces de reaccionar porque no están atentas, no son conscientes de lo precaria que es su situación.

César Cervera durante su visita en la redacción de El Debate

César Cervera durante su visita en la redacción de El DebateThorun Piñeiro

–Y en el caso de Alfonso XIII, ¿cómo analizas esa caída?

–Es un caso muy parecido, de total abstracción. De hecho, va a caer en unas simples elecciones municipales, que es lo peor que se podría decir de una monarquía como la de Alfonso XIII, que había resistido crisis, revoluciones e intentos de asesinar al Rey. Había sido, a pesar de todo, un reinado muy largo. Y, sin embargo, al final lo bajan del caballo unas simples elecciones municipales.

Él no pensaba que se estuviera jugando el trono en unas elecciones municipales. De hecho, cuando se marcha del país, todavía lo hace pensando que va a poder volver dentro de poco, que necesita tiempo para lamerse las heridas y regresar. Y, evidentemente, Alfonso XIII no vuelve; tampoco vuelven sus hijos.

Va a ser complicadísimo restaurar la monarquía en España. Él no es consciente de eso. Lo cuento en el libro: los Borbones siempre han ido un poco a contracorriente.

Cuando el resto de las monarquías se están cayendo, Alfonso XIII está muy estable en el trono, mirando alucinado la caída de sus pares durante la Primera Guerra Mundial. Y, sin embargo, en la posguerra, que es un periodo no especialmente conflictivo para los monarcas, él va a caer finalmente. Y luego, cuando ninguna monarquía está restaurándose en Europa, vuelve Juan Carlos al trono español. Por eso digo que siempre van un poco a contracorriente.

–¿Por qué las debilidades personales de los monarcas resultan tan importantes para entender bien la caída de los estados?

–Porque muchos de ellos, en realidad todos ellos, no son capaces de diferenciar su vida privada de su vida pública. No son capaces de separar una cosa de la otra.

Pasa en el caso de Alfonso XIII. Siempre se dice que la Segunda República investigó mucho si había estado involucrado en corruptelas, si había confundido la línea entre lo privado y lo público o si se había lucrado. La realidad es que rascaron mucho y encontraron muy poco sobre Alfonso XIII. No había robado dinero; al contrario.

Tenía una contribución del Estado bastante baja en comparación con otras monarquías europeas. Y, sin embargo, lo que Alfonso XIII sí hizo a lo largo de su reinado fue, por ejemplo, meterse en inversiones del metro o en inversiones mineras en el Rif. Al final, eran asuntos sobre los que tenía información confidencial por estar en la primera línea del Estado.

Y es eso: no sabía diferenciar dónde estaba la vida pública y dónde la privada porque para él era el mismo batiburrillo. Decía que hacía ejercicio y deporte por su salud y por la salud del Estado, para estar en forma.

Esto, en el fondo, pasa en todas las monarquías. Es un batiburrillo gigante, monstruoso, un torbellino que al final resulta destructivo para el Estado y para la dinastía.

Alfonso XIII es incansable en su ejercicio del poder, pero, claro, eso incluye viajes a París, algunos de Estado y otros para «pastorear mujeres», hablando en sus propios términos.

Este batiburrillo coloca a las monarquías en una posición muy débil. Cuando fallan en lo privado, es fácil que se las juzgue también por todo lo público.

Portada del libro 'El crepúsculo de los reyes'

Portada del libro 'El crepúsculo de los reyes'

–En el caso de los Borbones aparece en varios momentos del libro, incluido ese sugerente capítulo titulado «El rey que pasó de moda». ¿Qué significa que un rey o una dinastía se pasen de moda?

–La gracia de Alfonso XIII es que tiene un reinado muy largo y, sin embargo, hoy se le recuerda sobre todo por su caída. Nos olvidamos de todo ese periodo tan largo.

Durante mucho tiempo tuvo momentos de mucha popularidad, tanto en España como fuera de España. Agatha Christie habla de Alfonso XIII y, a pesar de su acreditada fealdad, estaba fascinada con el príncipe de España.

En Europa tenía muy buena planta, había una buena visión de Alfonso XIII. Y en España incluso gente con posturas republicanas, una vez delante de Alfonso XIII, ante lo encantador que era, lo agradable y comprensivo que parecía, acababa rindiéndose ante él. No voy a atreverme a decir quién lo citaba, pero se hablaba mucho de sus penetrantes ojos azules.

Gregorio Marañón, que era un republicano redomado, quedó totalmente fascinado con Alfonso XIII. Es verdad que fue un personaje que estuvo de moda.

Y, de repente, termina la Primera Guerra Mundial y ve que todos los reyes que tiene a su alrededor, aquellos a los que trataba como familiares –muchos lo eran y a otros los trataba como tales–, han caído. Es un juego que siempre ha existido en la monarquía europea: tratarse entre ellos como primos, tíos o sobrinos. En muchos casos el parentesco ya no era tan próximo, pero jugaban a ese juego.

Alfonso XIII había tenido muy buen trato en Europa, había sido muy bien recibido, tenía casa y palacio en todas las cortes europeas. De repente, se ve prácticamente como el único monarca en un campo de repúblicas. Siguen sobreviviendo ciertas monarquías, claro, pero digamos que el censo ha bajado mucho en pocos años.

Entonces se pasa de moda. Y va a caer en un momento totalmente inesperado, porque no están cayendo otras monarquías. Pero realmente podía haber caído antes o después: su momento ya había pasado.

También ocurre una cosa. Alfonso XIII sobrevivió políticamente durante mucho tiempo porque encarnaba la esperanza de que fuera capaz de hacer evolucionar el sistema, de pasar de un sistema liberal a una democracia. Cuando transcurren tantos años y tantas crisis, provocadas muchas de ellas por él –muchas crisis de Gobierno, muchas crisis políticas–, el pueblo español se da cuenta de que Alfonso XIII no va a ser una solución y no va a hacer evolucionar el sistema.

Por eso digo que se pasa de moda: se pasa de moda como solución y se convierte en un problema.

–De todas esas dinastías, ¿cuáles consiguen realmente sobrevivir?

–Todos son casos de caídas, salvo el de los reyes británicos, porque ahí lo que hay es un amago de caída. Con Eduardo VIII la monarquía estuvo muy cerca de caer, aunque hoy no seamos conscientes de ello.

La monarquía británica se enfrentó a su peor pesadilla, que era también la peor pesadilla de la sociedad británica: Hitler. Y a la propia pulsión favorable a Hitler que existía en el país, algo que Inglaterra ha intentado enterrar, pero antes de la Segunda Guerra Mundial había mucha gente favorable a Hitler.

Eduardo VIII era muy amigo de ciertos círculos nazis. Gracias a que hay un cambio de reinado, aparece rápidamente Jorge VI, que es todo lo contrario y está en el otro lado. Eso es lo que permite sobrevivir a la monarquía.

Entonces, salvo los reyes británicos, que sí van a sobrevivir, la otra dinastía que realmente sobrevive al final del libro es, curiosamente, la de los Borbones.

Yo suelo resaltar mucho que realmente merece un elogio y un análisis la supervivencia recurrente de los Borbones, la gran capacidad que tienen para volver al país, porque lo han tenido muy complicado para regresar. Esto habla muy bien de ellos o habla muy mal de los españoles y de su incapacidad para encontrar consensos más allá de volver a retomar la monarquía.

No lo sé muy bien, pero realmente es digno de análisis. El caso de los Borbones es algo único en la historia europea. Aunque ya analicé a la dinastía por separado, nunca había llegado a Juan Carlos, y el caso de Juan Carlos, su retorno, es totalmente inesperado.

En realidad, forma parte de la línea histórica de los Borbones: giros inesperados. Es el gran culebrón español, con llegadas y salidas que nadie espera. Nadie esperaba que Isabel II fuera a caer después de haber tenido un reinado larguísimo.

Nadie esperaba que cayera Alfonso XIII y también cayó. Nadie esperaba que volvieran los Borbones y volvieron. Son reyes muy resistentes.

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