El expresidente francés Valéry Giscard d’Estaing

El expresidente francés Valéry Giscard d’EstaingEuropa Press

Así arruinaron los diamantes de Bokassa la carrera política de Giscard d’Estaing

La torpeza comunicativa del presidente y su incapacidad para explicar el origen y el valor de los regalos lastraron su reelección en 1981

El 20 de septiembre de septiembre de 1979 tropas de élite del Ejército francés derrocaron, por medio de una operación impecable, al sátrapa Jean-Bedel Bokassa, autocoronado Emperador de Centroáfrica dos años antes bajo el nombre de Bokassa I en una ceremonia ridícula –caracterizada por una cutre estética napoleónica– cuyos fastos consumieron un tercio de los presupuestos de un país sumido en la pobreza. La masacre de niños y las acusaciones de manducación de carne humana que pesaban sobre Bokassa I –por entonces el dictador más sanguinario de África tras la caída, meses antes, del ugandés Idi Amin Dada– agotaron la paciencia de la antigua potencia colonial, que seguía siendo potencia d de tutela de Centroáfrica.

Un episodio del que el presidente de Francia y ordenante del derrocamiento, Valéry Giscard d’Estaing, procuró sacar el máximo provecho político y diplomático. Sin embargo, la alegría iba a ser de corta duración: el 10 de octubre, el semanario satírico Le Canard Enchaîné titulaba: «Cuando Giscard se embolsaba los diamantes de Bokassa». En páginas interiores, Le Canard reproducía el facsímil de una orden firmada personal por el peculiar emperador a la Oficia de Diamantes de Centroáfrica para que entregase «una muestra de 30 carates» a «Monsieur Valéry Giscard d’Estaing, ministro de Economía y Finanzas de la República francesa», el cargo que ocupaba en abril de 1973, fecha de la orden de Bokassa.

Empezaba de esa manera un culebrón que resultaría siendo devastador para Giscard d’Estaing. El culpable iba a ser él mismo.

En un primer momento, el presidente de Francia, en contra del criterio de sus principales consejeros –el secretario general del Elíseo, Jacques Wahl, el asesor áulico Jean Sérisé y el jefe de Prensa, Pierre Hunt–, se negó a reaccionar a esas gruesas acusaciones. El escándalo se agudizó la misma tarde del 10 de octubre al dedicar Le Monde una doble página a las informaciones publicadas por Le Canard y a glosar las recurrentes cacerías de Giscard d’Estaing en África, a los intereses económicos de su familia en ese continente y a sus estrechas relaciones políticas con Bokassa como ministro de Economía y Finanzas y como presidente de la República.

Por fin, poco antes de las 8 de la tarde, Hunt envió, tras aceptarlo a regañadientes el jefe del Estado, un ambiguo comunicado a los medios. El mensaje: ni el carácter ni el valor de los regalos «mencionados por ciertos órganos de prensa» que ver con la realidad. Giscard d’Estaing, que admitió indirectamente la entrega de las muestras, había perdido la oportunidad de dar unas explicaciones cifradas sobre los regalos que podría haber dado carpetazo final al asunto.

La aparición del cadáver del entonces ministro de Trabajo

Pero prosiguió en la senda de la torpeza. Mientras, el ambiente político se había enrarecido aún más con la aparición, en la mañana del 30 de octubre, del cadáver del ministro de Trabajo, Robert Boulin, al lado de un estanque situado en un parque público cercano a Versalles. Giscard d’Estaing no estimó oportuno asistir al entierro de un político que le había profesado una lealtad sin fisuras. El caso Bokassa, por otra parte, sigue sin resolverse 47 años después.

Quien sí seguía «resolviendo» el caso Bokassa por revelaciones sucesivas era Le Canard. La situación se hacía cada vez más insostenible para un Giscard d’Estaing que, por fin, el 27 de noviembre, mes y medio después de la publicación de las primeras informaciones sobre los diamantes, se dignó a dar explicaciones en una entrevista televisiva emitida en directo. Uno de los entrevistadores era Alain Duhamel, que sigue en activo a sus 86 años, y que nunca ha sido especialmente hostil a Giscard d’Estaing. Para este último, fue otra oportunidad perdida: exhibiendo su cara más antipática, mandíbula apretada y apariencia general lívida, el presidente de la República se limitó a contestar: «A la pregunta relativa lo que habría recibido como ministro de Economía y Finanzas, opongo el desmentido categórico y, me permito añadir, despectivo». Nueva prestación fallida sin explicarse sobre el fondo.

El caso se agravó con la encarcelación preventiva, en abril de 1980 y durante siete meses, por «inteligencia con el enemigo», de Roger Delpey, un francés próximo a Bokassa, al que el poder giscardiano acusaba de ser la fuente de Le Canard. El tiempo se encargaría de precisar que la «garganta profunda» del semanario satírico era Maurice Espinassse, otro francés del entorno de Bokassa.

Giscard d’Estaing, a partir de ese momento, y a menos de un año de los comicios presidenciales de 1981, a los que concurría para ser reelegido, quedó atrapado en una espiral maléfica de la que ya no podía salir. El caso de los diamantes «cambió completamente a Giscard», señala el periodista Georges Valence en la biografía que dedicó al presidente de Francia entre 1974 y 1981.

Se pudo comprobar en el debate televisivo de celebrado entre las dos vueltas de la elección presidencial. Giscard d’Estaing, henchido de soberbia, intentó acorralar a su contrincante François Mitterrand sobre la cotización del marco alemán de aquel día, a sabiendas de que las cuestiones monetarias no eran el punto fuerte del político socialista. Réplica de Mitterrand: «Usted no es mi profesor y yo no soy su alumno, soy simplemente su contradictor en este debate». Giscard d’Estaing, antaño genio de la comunicación política, caía noqueado en directo.

Poco después Mitterrand confesó que «podría haberle preguntado sobre la cotización del diamante». No fue necesario: los carteles electorales de Giscard d’Estaing ya llevaban tiempo «adornados» con fotos de diamantes en el lugar de sus ojos. Todo por una muestra insignificante de 30 carates, de poco valor en el mercado internacional, que ni quiso ni supo explicar.

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