Entrada del Museo de Historia Natural (Londres)
Picotazos de historia
El misterio del «zafiro de Delhi», la supuesta piedra maldita del Museo de Historia Natural de Londres
«Quien lo abra, primero debe leer la advertencia (la carta fechada en 1904 y que estaba depositada junto con el estuche que contenía el zafiro); luego hará lo que desee con la joya. Mi consejo es que la tire al mar»
En el Museo de Historia Natural de Londres exhiben y pueden admirarse fantásticas colecciones de rarezas geológicas y, entre las más apreciadas, se encuentra la colección de piedras preciosas y joyas. Algunas tienen su propia historia, lo que despierta más interés; entre estas hay una que es mirada con cierto escepticismo y recientemente ha sido retirada.
Esta hermosa piedra –pues es bellísima– está engarzada en plata vieja y de esta pende, también en plata, un colgante en forma de círculo con una tau griega en su interior. En la parte de arriba del engarce tiene otras dos piedras de menor tamaño y calidad engastadas en lo que sería el enganche para llevar toda la pieza como broche o como colgante.
Zafiro de Delhi
La piedra central, que es conocida como «el zafiro de Delhi», tiene una historia terrible. Esta la conocemos por una carta, fechada en 1904, manuscrita por el escritor y erudito Edward Heron-Allen, el padre de Ianthe Theodora Muir (apellido de casada), quien fue la persona que donó la joya al museo.
Por cierto, el tal zafiro no lo es: se trata de una amatista purísima y de un hermoso e intenso color.
Heron-Allen fue un personaje muy conocido en la sociedad londinense de su tiempo. Tradujo del persa la obra de Omar Khayyan, fue abogado del Tribunal Supremo, presidente de la Real Sociedad Microscópica, miembro de honor de numerosas asociaciones científicas y académicas y escritor de novelas de misterio y de terror (no es tan raro: el sinólogo y diplomático Van Gulik es más conocido por sus novelas de detectives del juez Di que por sus muchas aportaciones al estudio de la cultura china).
Como les estaba contando, en 1943 falleció Heron-Allen dejando una sola hija como heredera (tuvo otra que premurió antes que él), quien donó la joya al año siguiente. A la donación acompañaba una carta del propio Edward. La nota explicaba que en el año 1890 compró a la hija del fallecido coronel W. Ferris el zafiro de Delhi.
Edward Heron-Allen
Su padre había estado en uno de los regimientos de caballería de Bengala durante el motín de los cipayos (1857-1858) –los famosos lanceros–. Fue durante su servicio allí cuando cogió la piedra de un templo dedicado al dios Indra, después de conquistar la población de Cawnpore –actual Kanpur–. Cawnpore fue muy conocida durante el motín por una terrible y cruel matanza de europeos (hombres, mujeres y niños) y mestizos que llevó a cabo el líder rebelde Nana Sahib.
La carta continúa explicando cómo la hija relató que desde entonces todo habían sido desdichas y mala suerte. Ella se veía obligada (y muy contenta) a desprenderse de esa reliquia familiar debido a la mala situación económica que había dejado su padre.
A pesar de la advertencia implícita, Heron-Allen adquirió la piedra. Pronto empezó a notar que los proyectos que intentaba fracasaban invariablemente. Que una sensación de mala suerte, de desdicha, le acompañaba.
Fotografía de una escultura en el extremo sur de la galería del templo Indra Sabha
Por dos veces intentó desprenderse de la piedra regalándola a conocidos y las dos veces le fue devuelta después de que los nuevos dueños sufrieran algún tipo de desgracia o percance.
Desesperado, arrojó el zafiro al Regent's Canal de Londres, pero, cual nuevo Polícrates –tirano de Samos que, según Heródoto, arrojó una sortija al mar que luego encontró en el interior de un pescado que le regalaron–, la piedra le fue devuelta por uno de los miserables que hurgaban entre el lodo del canal buscando algo aprovechable (mudlarks los llamaban). El que lo encontró sabía que esa persona tan erudita que vivía en St. John's Wood (Heron-Allen) apreciaría una piedra así.
El ya muy preocupado escritor guardó la joya en el interior de una caja de seguridad en un banco y se olvidó de la existencia de la piedra. Lamentablemente, para entonces la historia era conocida y ampliamente comentada, y es que las maldiciones relacionadas con objetos o personajes de la Antigüedad estaban de moda. Estamos en la década de 1920 y la maldición de la tumba del faraón Tutankamón genera todo tipo de historias que son ávidamente devoradas por los lectores de todo el mundo.
Edward Heron-Allen fallecería un 26 de marzo del año 1943. Su única heredera fue su hija Ianthe; una década antes había fallecido su hija menor, víctima de fiebres puerperales, junto con su nieto recién nacido. Al hacerse cargo de la herencia de su padre encontró una carta en la que el difunto expresaba su deseo de que la joya fuera donada al museo.
Así descubrió la hija la localización de la piedra, de cuya existencia sabía, pero de la que hacía décadas que su padre había dejado de hablar.
Se dice que en la nota donde indicaba su voluntad de donación también escribió una advertencia: «Quien lo abra (el estuche dentro de la caja de seguridad del banco), primero debe leer la advertencia (la carta fechada en 1904 y que estaba depositada junto con el estuche que contenía el zafiro/amatista); luego hará lo que desee con la joya. Mi consejo es que la tire al mar».
La historia es intrigante, ¿verdad? Qué lástima que sea pura invención. Durante décadas el Museo de Historia Natural exhibió con orgullo una auténtica y genuina piedra maldita, pero las modernas investigaciones les han dado un gran chasco.
Para empezar, en la ciudad de Cawnpore (Kanpur) no hay, y nunca hubo, un templo dedicado al dios Indra. Mal podía coger la amatista el entonces capitán Ferris de un templo que no existió.
Siguiendo la investigación, se miró a conciencia la documentación de los oficiales en los diferentes regimientos de caballería de Bengala (en total hubo diecinueve) y de las unidades de irregulares. No apareció nadie con el apellido Ferris en ninguna de las diferentes variantes por fonética (Ferrys, Ferres, Ferys, etc.).
Hoy se considera que todo fue una broma, y es que el señor Heron-Allen también tenía fama de ser un guasón impenitente. Pero hay un detalle más. En el año 1921 –prácticamente coincidiendo con cuando se hizo pública la historia– Heron-Allen sacó una novela de misterio/terror titulada El zafiro púrpura. La novela tenía un argumento que recordaba muchísimo a la historia del zafiro de Delhi.
En definitiva, el muy carota se inventó todo. Entretenía a sus amistades tras la cena y, solo entonces, con gran cuidado y exhortando a todos a que fueran muy cuidadosos con tan peligroso objeto, enseñaba la joya.
Conocedor de la naturaleza humana, sabía que en menos de cuarenta y ocho horas todas las casas decentes de Londres estarían repitiendo la historia que acababa de contar. En cuatro días todo Londres no hablaría de otra cosa y en diez días la noticia habría llegado a Nueva York. La verdad es que fue una ingeniosa forma de promocionar su novela al tiempo que embromaba a todo el mundo. Hasta a su propia hija.