James Cook

Picotazos de historia

164 años antes que James Cook: el descubrimiento de Australia también fue español

La famosa expedición del capitán Cook, que organizaron conjuntamente el Almirantazgo británico y la Real Sociedad Geográfica, siguió unas instrucciones secretas basadas en las cartas y la información que había escrito Prado siglo y medio antes

En 1607 encontramos a un viejo –se calcula que entonces tenía entre cincuenta y cinco y cincuenta y siete años– pero correoso oficial de artillería, veterano de las campañas en Italia y Portugal, experto artillero e ingeniero creador de piezas de artillería mejoradas que supusieron ventajas y ahorros en las fundiciones, principalmente en las de Sevilla y Málaga.

Este oficial escribió un Manual y práctica de la artillería, en 1591, que se consideró texto básico para la fundición y el manejo de las bocas de fuego. Poco después de esta fecha tenemos un informe suyo sobre el puerto de Rosas (Gerona), sus rutas estratégicas y los recursos de la zona.

También tenemos un compendio tardío de sus conocimientos en su Enciclopedia de la fundición, texto alabado durante los siglos XVII y XVIII como información práctica de un experto reconocido; pero hay dos textos suyos de tal importancia que la Corona y los reales consejos decidieron que debían permanecer secretos. La primera vez que fueron dados a conocer fue gracias a un inglés llamado Alexander Dalrymple, en 1767, y la primera vez que se imprimió uno de ellos fue en 1930. El oficial de artillería se llamaba don Diego de Prado y Tobar.

Los mencionados documentos son: Mapas y Cartas Hidrográficas del mar del Sur, fechado en 1606, y Relación sumaria del descubrimiento que empezó Pedro Fernández de Quirós…

Mapa de Australia por Pedro Fernández de Quirós

Los dos textos nos relatan e ilustran la expedición que organizó Pedro Fernández de Quirós con ánimo de explorar el mar del Sur (nombre que entonces se daba al océano Pacífico). La expedición la componían unas trescientas personas que embarcarían en tres buques: dos navíos –la Capitana, bajo el mando del propio Quirós, y la Almiranta o San Pedro, comandada por Luis Váez de Torres–; completaba la exigua flota un patache, de nombre Los Tres Reyes, bajo el mando de Pedro Bernal Cermeño. Diego de Prado, capitán e ingeniero, viajaba en la Capitana y era tenido por persona con la que contar, tanto en cosas de la mar como de la guerra.

La expedición zarpó del puerto de El Callao el 21 de diciembre de 1605 y, al llegar a la altura de las islas del Espíritu Santo (rebautizadas por los ingleses como Nuevas Hébridas y hoy república de Vanuatu), se separaron debido a una tormenta.

Quirós continuó navegando en la Capitana, con rumbo norte, buscando las corrientes que le ayudaran a navegar en dirección este. Alcanzaría las costas de California y desde allí navegó costeando hasta Acapulco.

Váez de Torres y Prado esperaron el regreso de Quirós durante dos semanas (hay algunas discrepancias en este punto y sobre los motivos de la separación, pero, como no afectan al resto de la narración, las vamos a obviar). Convencidos de que no volvería, cartografiaron las costas de Vanuatu junto con varias islas de los alrededores y pusieron rumbo hacia Filipinas. Durante la navegación encontraron un estrecho entre dos masas de tierra. Este estrecho se conoce como estrecho de Torres y separa Australia de Nueva Guinea.

Prado fue el primer ser humano que cartografió y dibujó las costas y la fauna de Australia o Australía del Espíritu Santo. Estos dibujos y cartas se encuentran actualmente en el Archivo de Simancas.

Continuaron navegando por las islas Molucas o de la Especiería, adonde llegaron justo a tiempo para ayudar al maestre de campo don Juan de Esquivel, que se encontraba en apuros al hallarse sitiado por una fuerza enemiga muy superior en la población de la isla de Tidoro (actual isla de Tidore, en las Molucas).

Continuaron navegando rumbo norte hasta que, el 22 de mayo de 1607, arribaron al puerto de Manila.

Quedó don Diego por esas tierras, ejerciendo cargos como justicia mayor de Cavite y otros, hasta que regresó a España en 1613. Pero mucho antes, en 1607, el mismo año en que tocó el puerto de Manila, había enviado a España las Cartas y la Relación que había escrito.

Mapa de 1606 de Diego de Prado de la Bahía San Pedro de Arlanza (Triton Bay, Nueva Guinea)

Como les mencioné antes, la Corona decidió que era más prudente declarar secretas las informaciones y noticias que daba don Diego, pues su conocimiento por parte de los enemigos de España podía poner en peligro las rutas comerciales entre América y Asia.

Así estuvo esta información hasta el año 1762, en que los británicos tomaron la ciudad de Manila durante la llamada guerra de los Siete Años.

La verdad es que los ingleses que capturaron estos documentos no les prestaron ninguna atención. Debieron de pensar que serían valiosos o interesantes y se los llevaron, pero nada más. La mejor prueba de la poca atención que despertaron fue que pasaron de mano en mano hasta que llegaron al mentado Alexander Dalrymple.

Este señor era hidrógrafo de la Compañía Británica de las Indias Orientales y debía de saber español. Lo curioso es que, en vez de comunicarlo inmediatamente a sus jefes o al Gobierno, publicó por su cuenta la primera traducción al inglés de la Relación de don Diego de Prado.

La famosa expedición del capitán Cook, que organizaron conjuntamente el Almirantazgo británico y la Real Sociedad Geográfica, siguió unas instrucciones secretas basadas en las cartas y la información que había escrito Prado siglo y medio antes. Mas ¿qué fue del intrépido castellano?

Regresó don Diego a España por una ruta que atravesó Persia, Venecia, Malta y Roma. En 1615 llegó a la Península. Contaba entonces con unos sesenta y cinco años de edad, al menos.

Tras volver a presentar una actualización de la Relación y las cartas, además de un informe del viaje de regreso, pensó que ya era tiempo de preparar su alma para la eterna morada.

Decidió ingresar en la orden de los Basilios, que había conocido en Roma y cuyo convento estaba en Madrid, en lo que hoy es la calle Desengaño. El convento fue víctima de las reformas urbanísticas del siglo XIX.

Once años le duró la vocación y, por una obra de teatro que escribió durante ese tiempo, titulada Hir buscando a quien me sigue, se debió de aburrir como una tenca.

Se ve que tanta paz no iba con su alma, ya que lo encontramos en 1626 –con unos setenta y seis años, más o menos– comandando la artillería en los Tercios. No cabe duda de que estaba feliz, pues prácticamente tuvieron que jubilarlo a patadas, a la aún tierna edad de unos ochenta y cuatro años, más o menos, en el año de gracia de 1634.

La aventura de don Diego no terminó aquí. Ingresó en la casa de Pompeyo Colonna, príncipe de Callicano, a quien aconsejó sobre fortificación, armamento, etc. La última noticia que tenemos sobre él es de 1645, en relación con unos pagos que, como consejero del señor príncipe, se le adeudan. Como pueden ver, estos correosos veteranos eran duros como piedras.