El instante decisivoFernando Quintela

Qué ocurre con nuestro voto cuando cae en la urna: la fotografía que resume unas elecciones

Esta es la mejor metáfora de unas elecciones: durante unos segundos el poder está literalmente en nuestras manos; después tendremos que convivir con lo que entre todos hayamos metido en la urna

El arranque del desastre de Pedro SánchezFernando Quintela

Una mano recia sostiene dos sobres sobre una urna transparente. En uno se lee «Diputados/as»; en el otro, «Senadores/as». Detrás, desenfocado, uno de los miembros de la mesa se inclina sobre la documentación. La fotografía corresponde a las elecciones generales del 26 de junio de 2016.

El PP de Mariano Rajoy ganó con 137 diputados; el PSOE de Pedro Sánchez obtuvo 85, su peor resultado hasta entonces. Meses después, Sánchez dimitió como secretario general tras aquel Comité Federal que convirtió Ferraz en un campo de batalla político y abrió el camino a la abstención socialista que permitió la investidura de Rajoy.

La imagen es sencilla, pero contiene uno de esos momentos que solo parecen pequeños porque estamos acostumbrados a ellos. Una mano, un papel y una caja. No es en sí mismo el instante decisivo de Cartier-Bresson porque lo que es decisivo de verdad sucede después de la fotografía, con el resultado.

Mientras el sobre permanece entre los dedos todavía existe una última posibilidad: retirarlo, cambiar de opinión, marcharse. Cuando cae dentro de la urna ya no hay marcha atrás. El voto se ha separado de quien lo emitió y pasa a formar parte de una voluntad colectiva.

El blanco y negro elimina cualquier distracción; la mano ocupa el primer término, nítida, áspera, poderosa; las diagonales de los sobres conducen hacia la ranura y la urna establece otra línea que atraviesa la fotografía.

El hombre desenfocado cierra el triángulo compositivo. Las sombras son duras, casi excesivas, pero aquí funcionan porque hay algo físico en votar: coger una papeleta, introducirla en un sobre, caminar hasta una mesa y depositarla. Una decisión íntima que termina convertida en una cifra.

También hay algo que a mí me sorprende y es anacrónico. En pleno siglo XXI, cuando movemos dinero, compramos, trabajamos o firmamos documentos desde un teléfono, la democracia española continúa confiando su momento esencial al papel, una caja de plástico y ciudadanos contando papeletas una por una.

En estos tiempos, en los que la inteligencia artificial parece incluso capacitada para exterminar la humanidad, este detalle en unas «simples» elecciones puede parecer rudimentario, pero no significa ausencia de control. El recuento de cada mesa es público; los sobres se extraen uno a uno, las candidaturas se anuncian y las papeletas pueden ser examinadas por vocales, interventores y apoderados.

Existen actas, reclamaciones y comprobaciones. Precisamente porque el sistema es manual puede resultar anticuado, aunque su lógica consiste en algo básico: que haya muchos ojos mirando. Yo, que lo he vivido en primera persona como miembro de una mesa, puedo asegurar que no todo es tan limpio como parece. Aunque sean fallos mínimos que parecen no tener importancia, uno más uno más uno… hacen bulto.

Eso significa que el sistema no está libre de errores o sospechas. Ningún sistema administrado por seres humanos lo está, pero la sospecha necesita pruebas para convertirse en fraude. En ese punto existe una responsabilidad democrática: vigilar, denunciar cuando corresponda y, al mismo tiempo, no confundir una irregularidad con la deslegitimación de todo el sistema.

Aquella urna de 2016 contenía además el principio de una historia política que nadie conocía todavía. Tras abandonar la dirección del PSOE, Sánchez recorrió España buscando recuperar el partido. El pequeño núcleo que lo acompañó acabaría popularizándose como el «grupo del Peugeot».

Ganó las primarias socialistas de 2017 y un año después llegó a la Moncloa mediante la primera moción de censura que prosperó en nuestra democracia: 180 votos a favor, 169 en contra y una abstención.

Con los años, algunas figuras relevantes de aquel entorno político han terminado investigadas en procedimientos judiciales. José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García han estado vinculados a causas por presuntos amaños de obra pública, con situaciones procesales diferentes y cambiantes: investigación y prisión provisional, conviene recordarlo, no equivalen a condena. Políticos de primera línea para Sánchez, en la cárcel. Un escándalo.

Pero prefiero que la fotografía termine alejándose de Sánchez y Rajoy. Incluso de los partidos.

Iñaki Gabilondo tituló en vísperas de aquellas elecciones una de sus intervenciones «Votar a ciegas», reflexionando sobre la dificultad de saber qué harían después los partidos con nuestro voto y qué pactos construirían con él. Amelia Valcárcel lo resumió años después con una frase todavía más real: «Democracia es votar».

Abstenerse también es un derecho, y quien no vota conserva intacta su libertad para criticar al Gobierno, pero votar añade algo diferente: participación y responsabilidad. Significa aceptar una pequeña parte de aquello que ocurra después, incluso cuando nuestra opción pierde.

La mano de la foto es la clave; no sabemos qué papeleta contienen los sobres, pero en este punto no importa. Puede estar votando a la derecha, a la izquierda o a cualquiera de las candidaturas. Y lo de verdad importante sucede unos centímetros más abajo: la mano se abrirá, el sobre caerá y ya no podrá recuperarse.

Esta es la mejor metáfora de unas elecciones: durante unos segundos el poder está literalmente en nuestras manos; después tendremos que convivir con lo que entre todos hayamos metido en la urna.